¿Qué tipo de trabajos debemos crear para enfrentar los desafíos actuales que enfrenta nuestro planeta? Como nos recuerda el autor, no todo empleo es digno si se enfoca en la destrucción sin renovación, en enriquecerse a costa de la salud o en generar malos hábitos alimenticios.

 

Los objetivos de desarrollo sostenible planteados por la Organización de las Naciones Unidas (y que una aplastante mayoría de países miembros aceptó convertir, dentro de sus propios territorios, en los retos alcanzados para 2030), incluyen, entre aspectos como abatir el hambre y la pobreza, un elemento que a los más pesimistas se les antoja asimismo una fantasía: el trabajo decente y el crecimiento económico.
Conviene repensar muy seriamente ese punto en las condiciones de la actualidad, pues a lo largo de la historia ha sido muy diferente el abordaje de lo que representan el trabajo y los trabajadores. Perspectivas ingenuas lo dibujaron como “un castigo divino” infligido a la humanidad por causa de los “pecados” de sus padres y que había que tolerar incluso sus más degradantes formas para obtener la salvación. Este tipo de pensamiento, aunado a la violencia efectiva del más fuerte contra el más débil, justificó lo “natural” que eran, por ejemplo, las sociedades esclavistas que, sobre las espaldas reventadas de miles de hombres y mujeres, edificaron maravillas de la maquinaria religiosa (como las pirámides egipcias o mesoamericanas y las catedrales del Nuevo Mundo) para responder a los intereses (terrenales y del más allá) de las élites.
Con la transformación radical que significó la Revolución industrial para el planeta, voces pioneras de las ciencias sociales definieron el trabajo como actividades que “transforman la naturaleza para obtener un beneficio” y en el que, bajo la lógica del poder, se ejerce una explotación del hombre por el hombre, por lo que se mantiene una desigualdad social. La búsqueda de “trabajo digno” ha sido impulsora de los grandes movimientos obreros que desde el siglo XVIII han exigido mejores condiciones de trabajo, salarios y derechos (como el de huelga) frente a empresarios que buscaban a toda costa beneficios excesivos para sí mismos. Los tres siglos que han pasado desde entonces han terminado por extender un mejor planteamiento de la situación: jornadas laborales más reducidas, salarios más altos y mejores condiciones de vida.
Pero no ha sido suficiente, sobre todo para una sociedad empobrecida que aspira a consumir con el mismo desenfreno que las clases altas. La abolición de la esclavitud en la mayor parte del mundo no puso en cero a la economía, por lo que sus efectos (altas concentraciones de personas despojadas y sin medios de producción ni posibilidades legales de trabajo, así como racismo y clasismo) continuaron. Y siguen de manera que toleran condiciones laborales que no dejan de ser vejatorias: niños que se ven obligados a trabajar en lugar de ir a la escuela, mujeres embarazadas que son despedidas y aun así temen represalias, personas mayores a las que se les niegan prestaciones (por no mencionar otros delitos de más alto impacto, como la trata de personas). Se abarató la mano de obra y se obligó a contratarse “libremente” a la gente en un mundo gobernado por fuerzas opuestas en busca de la “nunca suficiente ganancia”, cuyos efectos más desagradables son notorios: contaminación, pobreza, marginación, sometimiento del ser al tener…

 

Cambios para una nueva humanidad
La pandemia del coronavirus ha vuelto a hacer evidente que la mayoría de los seres humanos son conscientes de que en ocasiones especiales es necesario seguir algunas reglas básicas para beneficio de todos. Y la emergencia mundial, tanto ecológica como humana (más allá del coronavirus), plantea cambios radicales en nuestra concepción de las “reglas” que impulsan nuestra forma de extracción, producción, consumo y desecho. ¿Cómo influye el trabajo en la deforestación? ¿Cómo afecta la ganancia exacerbada en las políticas públicas? ¿Cómo puede la desigualdad económica retrasar las decisiones que buscan el equilibrio ecológico?
Aunque es indispensable el respeto a los derechos laborales, en todos los sentidos, se debería evitar pensar que todo empleo es decente por el solo hecho de hacerse bien y ser legal: es necesario hacerse cargo de las consecuencias negativas que producen esas actividades. El descontrol histórico de los cambiantes estilos de vida (y consumo) que ha transitado la humanidad poco a poco ha ido pasando la factura a nuestra sociedad actual. En la conciencia general que despierta entre los individuos se ha comenzado a aceptar como fundamental el cambio de ideas y costumbres del capitalismo si acaso queremos “heredar un mundo”. Mucho de lo que en otro tiempo se consideró “encomiable” (como amasar grandes fortunas, urbanizar bosques y playas, crecer continuamente, producir hasta el agotamiento, es decir, la cultura del “triunfo a cualquier precio”) hoy se entiende incluso como un obstáculo para alcanzar el equilibrio global, nuestra meta más urgente.
Por lo anterior, no todo empleo es digno si se enfoca en la destrucción sin renovación, en la mera especulación, en enriquecerse a costa de la salud y los malos hábitos alimenticios de las comunidades, etcétera. Se debe reorientar, con base en la ética individual y en la exigencia conjunta, un nuevo modelo que abogue por la extracción responsable (que no busque agotar recursos); por una producción rentable para la comunidad laboral, no sólo para individuos; por un consumo prudente, maduro, consciente de quién fabrica qué cosas, y, por último, por una forma de desechar, mediante la cual se reduzca el desperdicio, se recicle y se reuse lo más posible.
El nuevo tipo de trabajo no sólo debe asegurar el sustento presente y futuro del trabajador y de su familia, así como la seguridad social, sino que también debe responder con acciones contundentes ante la sobreexplotación del planeta que él mismo pudiera llegar a provocar. Parece que 10 años es muy poco tiempo para alcanzar una meta tan compleja. Quizá lo sea, pero también parece ser la última oportunidad a tiempo que tiene esta humanidad para evolucionar de una manera pacífica y a largo plazo hacia un mejor modelo de vida.

 



* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

© Voy vengo 2016 Todos los derechos reservados - Política de Privacidad