Así como las empresas y las personas buscan utilizar energías limpias, también ha surgido la búsqueda de una moda sostenible, que se consolida como una de las principales tendencias del tercer milenio.

 

Hoy en día el fenómeno conocido como fast fashion se ha impuesto como una manera de poner las tendencias de cada momento al alcance prácticamente de cualquier bolsillo; prendas muy vistosas de una calidad medianamente aceptable que son producidas literalmente para “usarse y tirarse”.

Desafortunadamente, el daño colateral de este modelo de consumo es tan grande que ha colocado a la moda como la segunda industria más contaminante que existe, tan sólo un puesto después de la industria alimentaria.

Pues bien, poner los conceptos de la moda al alcance de cualquier bolsillo siempre fue el sueño de los grandes diseñadores. De hecho, así nació la revolución prêt-à-porter durante los años sesenta del siglo XX que aspiraba a que la moda fuera una experiencia incluyente y no el privilegio de unos cuantos.

La masificación de la moda fue impulsada por genios como Yves Saint Laurent, Paco Rabanne y Sonia Rykiel, entre otros. Sin embargo, ninguna de estas leyendas de la moda pudo imaginar que, décadas después, la democratización del diseño sería una más de las amenazas que enfrenta el planeta.

En el glamoroso mundo de la moda ha crecido la conciencia de que el ritmo desenfrenado de los cambios estilísticos es un peligro para el medio ambiente. Esto ha hecho evidente la necesidad de cambiar las prácticas de la industria contemporánea del vestido.

Así como las empresas y las personas buscan utilizar energías limpias, también ha surgido la búsqueda de una moda sostenible. De hecho, ésta es una de las principales macrotendencias del tercer milenio, probablemente la más vital de ellas, ya que de reducir la huella ecológica de la moda depende el futuro de generaciones venideras.

Más aún, de la mano de la sustentabilidad viene la responsabilidad social: existe una revolución silenciosa en el ámbito de la moda que condena a los talleres y a las fábricas que esclavizan a sus empleados y los mantienen en condiciones infrahumanas de trabajo, todo para ofrecer productos a precios más competitivos.

 

Cambiando la manera como se concibe la moda

Si bien la moda es la causante de un grave problema de contaminación, también tiene el potencial de convertirse en un agente del cambio. Para ello el punto de partida es aplicar el principio de las tres R promovido por los ambientalistas: recortar, reutilizar y reciclar.

 

Recortar

La solución más sencilla es consumir menos y conformarse con pocas prendas de vestir que tengan mucha calidad y, por lo tanto, una larga vida útil. Sin embargo, vivimos tiempos en que el cambio por el cambio se ha establecido como un valor cultural, por lo que rápidamente surge el aburrimiento y la necesidad de la novedad.

Estas razones culturales hacen poco plausible la solución de consumir menos en el corto plazo. Es necesario volver a educar al público en su forma de percibir y de consumir la moda, lo cual tomará tiempo.

 

Reutilizar

La manera de dar una segunda vida a los estilos surgió a principios del tercer milenio con el advenimiento de las “modas retro”, las cuales permiten rescatar prendas de otra época para contextualizarlas en el momento presente.

Así se volvió glamoroso todo lo que viniera del pasado, apreciando su historia y su diseño, al grado de que se llegaron a cotizar a altos precios prendas antiguas de las grandes firmas de alta costura.

 

Reciclar

A través del diseño es posible deconstruir los desechos de la moda, convirtiéndolos en materia prima para hacer nuevas piezas. El reciclaje puede convertir el grave problema de las toneladas de ropa que se desechan anualmente en la solución. Valiéndose del diseño, la industria de la moda puede subsistir durante varias décadas en lo que se encuentran soluciones más definitivas y la cultura da un giro hacia un consumo más responsable.

 

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