¿No es un contrasentido esto de un bosque sin árboles? Se puede pensar que sí, porque los diccionarios dicen que un bosque es “un sitio poblado de árboles y matas”. ¿Quieres saber por qué, entonces, El Gran Chaparral es un bosque?

 

En el Gran Chaparral no hay árboles. Matas sí hay; de hecho, el nombre de chaparral se usa para designar un lugar poblado por matorrales de poca altura. Lo de gran, en el caso que relato aquí, tiene que ver, por un lado, con su extensión geográfica, y por el otro, con que allí hay plantas muy altas, tan grandes como árboles.

Pero además, la idea de bosque nos remite también a la maraña y el entrecruzamiento, a la espesura y lo denso. Así, teniendo en mente estas otras ideas del bosque no resulta inadecuado el uso metafórico de esta palabra; porque cuando nos adentramos en el chaparral la profusión de la flora nos sumerge en una espesura, y la maraña es lo primero que vemos, pues muchas de las plantas que allí habitan se exhiben como un breñal de espinas, puntas, cortezas duras, embrollos del ramaje. Así que, de algún modo, un bosque y este sitio poblado de matas, aunque sean relativamente chaparras, vienen a ser algo muy parecido.

 

Un poco de ecología

El bosque sin árboles al que me refiero es el Saguaro National Park, un área natural protegida que está dividida en dos zonas por el trazo urbano de Tucson, la segunda ciudad más poblada del estado norteamericano de Arizona. Con una superficie de 1,300 kilómetros cuadrados, el Valle de Tucson tiene en su fondo un promedio de 700 metros de altura sobre el nivel del mar, pero en las serranías que lo circundan hay cimas que alcanzan cerca de 3,000 metros. Así, en las alturas de ese gradiente predomina el bosque de pinos y otras coníferas; al descender, su parte media se caracteriza por las agrupaciones de robles. Pero por debajo de los 1,200 metros de altitud el agua empieza a escasear y entonces los pastizales y los matorrales del desierto son los que imperan.

El Valle de Tucson forma parte de un gran ecosistema que ocupa porciones de los estados de California y Arizona, en Estados Unidos, y Baja California, Sonora y Sinaloa, en México. Se le conoce como Desierto de Sonora y se le considera uno de los más inmensos (poco más de 300,000 kilómetros cuadrados) y calurosos (temperaturas de casi 40 grados centígrados en el verano) del mundo. En este desierto son varias las especies de flora y fauna que los biólogos llaman endémicas, concepto que significa que esos seres sólo existen en un determinado lugar del planeta. La necesidad de adaptarse a las condiciones del medio ambiente ha hecho que en el Desierto de Sonora, falto de agua y extremoso en clima, los agallas y las colas de los sapos se convirtieran en pulmones y patas, para respirar fuera del agua y para saltar mejor; o que las tortugas hayan olvidado el mar, dejando atrás sus aletas sustituidas por extremidades que les ayudan a caminar mejor en tierra. Esta metamorfosis se manifiesta quizás más sorprendentemente en el mundo vegetal.

Nuestras evocaciones más comunes del desierto nos llevan a imágenes donde el verdor está ausente y la vida es casi inexistente. Pero eso no es realmente cierto, pues basta que caiga algo de lluvia para que unas pocas horas después las hojas reverdezcan y las flores coloridas aparezcan anunciando la renovación. En su milenaria evolución las plantas del desierto aprendieron a mantenerse como dormidas durante gran parte del año, protegiendo su sueño con corazas espinosas y reservando en ventrículos interiores el agua y los nutrientes posibilitadores de su desarrollo.

 

El Gran Chaparral

De todas esas plantas el saguaro es sobresaliente, ya sea que lo enfoquemos como una especie vegetal o como un símbolo. Si nos centramos en lo primero, podemos resaltar que su nombre científico, Carnegiea gigantea, nos refiere a su gran tamaño (la otra parte del término es en honor a Andrew Carnegie, un filántropo que financió estudios botánicos). Los saguaros del Desierto de Sonora se elevan por encima de todas las otras plantas del chaparral alcanzando alturas de 20 metros o más. Sus ramas se bifurcan en tres o a veces más, pero siempre dibujando formas que singularizan a cada ejemplar. El saguaro es la especie más grande de todas las plantas clasificadas como pertenecientes a la familia de las cactáceas (más comúnmente llamadas cactus), y al igual que otros gigantes, su crecimiento requiere longevidad. Si consideramos que esta planta crece tan sólo unos pocos centímetros cada año, bien podemos deducir que algunos de los especímenes más grandes y viejos del Saguaro National Park eran unos pequeñines hace unos dos siglos y medio, cuando ni México ni Estados Unidos existían y los indios llamados apaches, pápagos y seris eran los únicos que sabían cómo aprovechar los rojos frutos que nosotros llamamos pitahayas, ya fuera para comerlos frescos o para elaborar, tras fermentarlos, un vino con el que acompañaban sus celebraciones y sus rituales.

En su papel de símbolo, el saguaro es uno de los más distintivos de la épica del Far West. Aparece innumerables veces en los filmes del género western. Ya sea que a su lado descanse un bucólico mexicano más bien protegido por el sombrero de alas anchas que por la escasa sombra proyectada por su tronco sin follaje, o que un apache se mimetice con el saguaro para tender la emboscada, o que sirva de increíble parapeto para que tanto héroes como villanos disparen sus balas sin ser alcanzados por las del contrario. Y ciertamente, ya sea mayor o menor la credibilidad que se dé a estas imágenes, es indudable que muchas de las historias que esa épica refleja, exagera o hasta desvirtúa, tuvieron lugar en el bosque sin árboles. Por eso, entre 1967 y 1971 se filmaron en locaciones del Saguaro National Park los 99 capítulos de una serie tipo western que ha contado con una numerosa audiencia. Ese programa televisivo se llamaba precisamente El Gran Chaparral y mucho de su atractivo se basaba en la belleza de los lugares donde se filmó y en que sus relatos tomaban partido por una relación más justa y equilibrada entre “gringos”, mexicanos e indios que se disputaban las tierras y los recursos naturales del chaparral.

 

Un poco de historia

Para los estándares de las ciudades de los Estados Unidos, Tucson es sin duda una de las más antiguas. Sus orígenes se remontan a 1775, cuando allí se estableció el Real Presidio de San Agustín de Tucson, uno de los fortines militares que defendían la frontera norte de la Nueva España. Pero la ocupación hispana del territorio ya había comenzado desde los inicios de ese siglo XVIII, cuando el famoso misionero jesuita Francisco Eusebio Kino eligió un sitio a unos cuantos kilómetros de la ciudad actual para fundar lo que con el tiempo se convertiría en la misión de San Xavier de Bac, considerada una de las primeras joyas arquitectónicas del país vecino.

Resistiendo tanto el acoso de los temidos guerreros apaches como el relegamiento al que le sometían las políticas metropolitanas, Tucson se mantuvo como puesto avanzado de la colonización hispana durante otros 80 años, primero como población novohispana y luego como mexicana, cuando nuestro país obtuvo su independencia. Pero en 1854, seis años después de perder la guerra contra Estados Unidos, el gobierno de Antonio López de Santa Anna cedió todavía más territorio de nuestra nación. Por medio del Tratado de la Mesilla el gobierno estadounidense adquirió tierras que le permitieran realizar un trazado más fácil y barato de la red ferrocarrilera que se tendía con el objetivo de conectar la industrializada costa del Atlántico con California (donde en 1849 se descubrieron opulentos filones de oro); así los puertos que como San Francisco daban acceso al océano Pacífico servirían de excelentes bases para el comercio con el continente asiático.

Tucson quedó entonces a unos 100 kilómetros de la línea fronteriza establecida por aquel tratado (misma que hoy sigue constituyendo el límite entre los dos países). Una vez que llegó el ferrocarril y se acabó con la resistencia india encabezada por los apaches, el modesto poblado de la era hispana se convirtió a lo largo del siglo XX en la gran ciudad que hoy tiene cerca de un millón de habitantes y se considera uno de los lugares de mayor crecimiento demográfico en Estados Unidos. Con el objetivo de preservar la singularidad y la riqueza del paisaje y su biodiversidad, en 1933, el Ejecutivo federal de Estados Unidos decretó la creación del Saguaro National Monument. Tres décadas después se agregaron al área natural protegida original otros 62 kilómetros cuadrados para formar el Tucson Mountain District, es decir, la porción del parque natural que se ubica al oeste de la ciudad. Finalmente, en 1994, todo este conjunto fue elevado de categoría al decretársele como Parque Nacional, medida que le confiere un mayor presupuesto financiero y más rigor en la protección de sus recursos naturales.

En el Saguaro National Park también se encuentran vestigios arqueológicos que cubren un periodo entre los 3,500 años antes de la era cristiana y hasta el siglo XIX. Así, se pueden ver desde lugares con antiguos pictogramas (signos pintados en las rocas) y petroglifos (signos grabados en las rocas) hechos por los primeros pobladores de Arizona hasta restos de minas, ranchos y hornos para fabricar cemento y ladrillos que corresponden a los tiempos de la conquista del Lejano Oeste. Como institución, el Saguaro National Park cuenta con una importante colección de piezas y artefactos que documentan las actividades prehistóricas e históricas realizadas por los grupos humanos que han habitado el área; los más de 12,000 objetos catalogados que componen la colección son un valioso material para la investigación arqueológica, histórica y etnográfica.

La visita al Saguaro National Park puede realizarse de varias maneras, ya que la tarifa normal de acceso tiene una duración de una semana e incluye la entrada a las dos secciones (el trayecto entre ambas requiere atravesar la ciudad, cosa que puede llevar alrededor de una hora). Lo más sencillo (si uno va en carro) es ir a la parte este del parque y efectuar allí un recorrido de 13 kilómetros por un camino de terracería que se llama Cactus Forest Scenic Loop Drive, lo cual permite gozar las vistas panorámicas y admirar un poco del ecosistema desértico. Pero para los interesados en adentrase más en el área también hay opciones, ya que se pueden obtener permisos para realizar ciclismo o senderismo —y acampar— a lo largo de rutas que conducen de ida y vuelta hasta las montañas. De cualquier forma, visitar este “bosque sin árboles” conforma una experiencia inolvidable.

 


* Egresado de la ENAH como antropólogo, con especialidad en lingüística y especialmente dedicado a la investigación sobre la historia de México.

 

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