En México, alrededor del 42% de la población vive en la pobreza y sólo 53% tiene suministro diario de agua en su vivienda. Y a nivel mundial, las cifras no son mejores: cerca de 750 millones de personas viven con el equivalente a menos de dos dólares por día. En contraste, menos de 30 personas poseen la misma riqueza que la mitad de la población mundial. ¿Es posible acabar con esta desigualdad?

  

 

Hacia 1884 el poeta veracruzano Salvador Díaz Mirón escribió en su célebre poema “Asonancias” una frase que apuntaba al corazón del porfirismo: “Nadie tiene derecho a lo superfluo/mientras alguien carezca de lo estricto”. Y finalizaba con un remate contundente: “Y la Equidad se sentará en el trono de que huya el Egoísmo, y a la ley del embudo, que hoy impera, sucederá la ley del equilibrio”.

A más de un siglo y cuarto de ese breve escrito, la “ley del embudo” sigue campeando no sólo en nuestra sociedad mexicana sino en el mundo. Según las cuentas más optimistas una de cada nueve personas vive en situación de pobreza extrema: sin comida, sin hogar, en condiciones insalubres, desposeídos de derechos y sin el apoyo de programas sociales. El 88 por ciento se ubica en regiones de África y Asia, y como si se tratara de una pandemia silenciosa, tres millones de niños y niñas mueren cada año a causa de la malnutrición. La pregunta obligada es si esa condición es evitable. Y si lo es, ¿cómo conseguirlo?

 

El mito de la meritocracia

Muchas personas tienen la noción de que la pobreza sólo es solucionable mediante el trabajo y de forma individual. Es decir, que si el individuo trabaja “echándole ganas”, “con una visión financiera integral que le permita administrar sus recursos”, estará dando los pasos correctos para salir de la pobreza y hasta llevar un tren de vida que le faculte para darse ciertos lujos.

Sin embargo, esta visión de optimismo rampante choca contra diversas realidades. Cuando se habla de pobreza, los estudios serios no se enfocan solamente en los muy bajos ingresos de las personas, sino que toman en cuenta variables como la geografía y sus recursos, los grados de estudio y el acceso al alimento, a la información y al conocimiento y a un entorno formativo idóneo. Por si fuera poco, las pocas habilidades emocionales y de autoestima que pueden desarrollarse en un ambiente tan adverso conllevan a la repetición del modelo sin trazas de salida. Estudios recientes indican que aproximadamente 74 por ciento de quienes nacen pobres en este país mueren pobres.

Además, debe tomarse en cuenta la contraparte y quizá lo que siempre queda oculto en su debate: la riqueza extrema. Si, por un lado, la pobreza se extiende a 800 millones de personas, por el otro la riqueza suficiente para terminar con esas condiciones se encuentra en unas cuantas manos. ¿Por qué no se ha finalizado con la pobreza si objetivamente puede llevarse a cabo? El investigador Francisco Checa señala con pesimismo que “los pobres son y han sido siempre necesarios —económica, social, política, moral, religiosa y militarmente— para la supervivencia del mundo moderno; un mundo que camina, como siempre (al menos desde el siglo XVI), guiado por los dictámenes que interesan a las clases dominantes, que en la actualidad no son otras que las clases (= intereses) internacionales de las multinacionales”.

 

En México

El papel de México en este problema es medular y es su compromiso nacional e internacional, tanto del Acuerdo 2030 de la ONU (en sus ejes “Hambre cero” y “Eliminación de la pobreza”) como del consabido “Primero los pobres” del actual presidente.

El país registra hasta 2018 que 41.9 por ciento de la población se encontraba en pobreza, esto es, casi una de cada dos personas. Para superar eso, el plan en el país se alinea con los acuerdos internacionales y tiene diversos objetivos: atender de manera prioritaria y focalizada la erradicación del hambre y la desnutrición, fomentar la adopción de hábitos de consumo responsables, aumentar la productividad sostenible del sector agrícola, impulsar un modelo de aprovechamiento sostenible de los recursos naturales, ampliar los mecanismos de apoyo para los productores de pequeña escala, aumentar la presencia de productos mexicanos en el mercado mundial y fortalecer las políticas de apoyo diferenciado para la agricultura familiar, campesina, indígena y afromexicana.

La meta es ambiciosa, quizá factible, pero en el fondo la estadística es demoledora: en 10 años el país sólo alcanzó a reducir la pobreza 2 por ciento. Se necesita un gran acuerdo político para dar saltos de 10 por ciento cada año hasta cumplir con la meta. Resulta indispensable examinar los ejemplos ofrecidos por Lula da Silva y Dilma Rousseff en Brasil, en cuyos mandatos la pobreza se redujo 75 por ciento.

 

Desde la propia trinchera

Los ciudadanos de a pie tienen mucho que hacer para alcanzar estas metas también. La forma de colaborar para la erradicación de la pobreza y el hambre cero puede darse desde distintos frentes. Si en persona no puede hacerlo, puede delegar dicha acción a través de donaciones, casi siempre deducibles de impuestos, a las organizaciones sociales relacionadas con el Acuerdo 2030.

Otra manera muy sencilla y potencialmente beneficiosa es evitando el desperdicio de alimentos. A través de una organización más funcional, la familia puede aprender a llevar un plan nutricional consistente que ayude a balancear porciones y prevenir que se pierda comida. Cada vez que se desperdicia alimento, se le está exigiendo al sistema que produzca más en balde, lo cual, sumado de poco a poco, lleva a cantidades groseras de desecho. Es momento de cerrar ese ciclo desde nuestros hogares.

Sobre todo, hay un punto importante que debe combatirse desde la ética personal: la noción de que “los pobres son pobres porque quieren”. Es necesario sensibilizar a las personas sobre lo injusto de esta apreciación en un mundo desigual y que esta ideología sólo contribuye a la segregación, la humillación y la discriminación de grupos sociales.

A este mundo nadie ha pedido llegar, pero todos tienen un lugar. Garantizar que todas las personas accedan a lo básico es apenas el principio del “equilibrio” enunciado por el poeta Díaz Mirón, y que se vuelve una meta imprescindible de solucionar si lo que se quiere es que la civilización humana perdure y evolucione hacia lo mejor de sí misma.

  


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

© Voy vengo 2016 Todos los derechos reservados - Política de Privacidad