Entramos a la recta final del año y desde este mes los supermercados empezarán a ofrecer todo tipo de artículos relacionados con la Navidad. “¡Pero si apenas estamos en octubre!”, me dirás. Así es. Sin embargo, habrás visto que desde agosto y septiembre aparecieron los productos relacionados con el Halloween y el Día de Muertos, y en cuanto pasen esas fechas saldrán de las bodegas los artículos navideños. ¿Te has fijado que en los últimos años las cadenas comerciales han adelantado la llegada de la Navidad al menos un par de meses? Todo sea por las ventas.

Los calendarios comerciales han desplazado paulatinamente al calendario gregoriano —vigente desde 1582 y utilizado de manera oficial en casi todo el mundo—. Sus fechas están claramente definidas: Día de Reyes, Día de San Valentín, Semana Santa, Día del Niño, Día de la Madre, Día del Padre, vacaciones de verano, Halloween, Día de Muertos, Buen Fin, Navidad, Año Nuevo… Y alrededor de estas celebraciones giran las campañas, promociones, descuentos… todo con el único fin de que consumamos los productos y servicios que —como nos han convencido los anunciantes— necesitamos para ser felices.

Ya en 1965 el filósofo y humanista alemán Eric Fromm hablaba del homo consumens, refiriéndose al hombre cuyo objetivo principal es consumir cada vez más para compensar su vacío interior, la pasividad, la soledad y la ansiedad. Evidentemente, cuanto más consume, más se convierte en un esclavo de necesidades cada vez mayores.

Sobre este tema, hace unos días, en una entrevista con el periodista Joaquín López-Dóriga, el rector de la Universidad Panamericana, José Antonio Lozano, afirmaba que en los últimos cuatro o cinco años han comenzado a detectar un nuevo problema entre la población universitaria —que con seguridad se presenta también en otros grupos de edad—: confusión e incapacidad para tomar decisiones no sólo a nivel escolar sino a nivel personal.

¿A qué se debe esta crisis? Al bombardeo de información publicitaria que recibimos cada día. De acuerdo con estudios citados por el rector, una persona común y corriente recibe entre 3,000 y 5,000 mensajes publicitarios al día, cantidad que se puede triplicar si se suma la publicidad presente en las redes sociales (si crees que la cifras son exageradas, te invito a dedicar cinco minutos de tu día a percibir con atención todos los mensajes publicitarios que te rodean). Esta embestida de la publicidad hace que el cerebro comience a aislarse y vea disminuida su capacidad de razonamiento y de toma de decisiones, convirtiéndonos en presas fáciles de intereses políticos, comerciales, etcétera.

Frente a esta realidad, que no va a mejorar, ¿existe alguna alternativa para no sucumbir ante la vorágine consumista? El mismo rector Lozano sugería algunas pistas: desconectarse por media hora o una hora diaria del teléfono celular, fomentar la lectura, dedicar media hora diaria a reflexionar… Su propuesta es un reto nada fácil de lograr. ¿Quieres intentarlo ante la embestida comercial de fin de año? Hagámoslo como una buena forma de evitar una crisis personal a largo plazo y comenzar a recuperar nuestra humanidad.

 

Cordialmente,

Luis Arturo Pelayo

Director Editorial

 

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