Alcanzar el Polo Norte, ese punto terrestre situado en el océano Ártico donde el mar está cubierto por un casquete de hielo, ha sido el sueño de numerosos exploradores. Te invitamos a conocer más de aquellos aventureros que lograron cubrirse de gloria conquistando esa inhóspita región.

 

 

El lejano Polo Norte

Alcanzar el hogar moderno de Santa Claus, la tierra de Ymir y los gigantes de hielo nórdicos, el reino de las auroras boreales, donde la vida se adaptó de maneras totalmente imprevistas a la adversidad, resultó un reto casi imposible para los aventureros que se animaron a buscar un paso por sus congelados senderos. Los cascos destrozados de los barcos que encontraron su fin aplastados por el hielo quedaron como recordatorio de la pequeñez del hombre frente a los climas hostiles. No obstante, eso no fue impedimento para que los pueblos saami (los lapones), los inuit (los esquimales) y al menos 40 grupos indígenas a lo largo de la costa septentrional de Siberia, se adaptaran con éxito a aquella frontera blanca y hoy día, a través del Consejo Ártico, sean los principales actores en el mantenimiento de este importante lugar. Sin embargo, a pesar de los miles de años que habitaron la zona, ni siquiera ellos se atrevieron a adentrarse hacia el punto más al norte del planeta. Sorprende saber que al comenzar el siglo XX aquellos parajes continuaban sin haber sido profanados por el pie del hombre.

 

Exploraciones modernas

Ante esta situación, desde finales del siglo XIX, exploradores de varias partes del mundo organizaron expediciones con el fin de llegar a aquellas regiones remotas. Ser el primero en lograrlo garantizaba la fama de por vida, premios y distinciones, y ofrecía una justificación para reafirmar el orgullo nacional.

En 1909 el estadounidense Robert E. Peary, tras algunos fracasos, aseguró haber alcanzado el Polo Norte geográfico en abril de ese año, acompañado de un grupo de inuits y de otro compatriota. En contraste, otro explorador, Frederick Cook, aseguró que él lo había hecho un año antes. Durante un tiempo la disputa entre ambos alcanzó una gran difusión, y aunque el reconocimiento lo obtuvo Peary, aún hoy en día persiste la duda acerca de si verdaderamente el estadounidense llegó a los 90 grados de latitud norte. Lo anterior debido, sobre todo, a la distancia de 400 km que éste afirmaba haber recorrido en cuatro días sólo en trineos de perros y los análisis que se han realizado de sus fotografías y de sus propias anotaciones. Para mayor afrenta, hay quien afirma que en realidad su acompañante, el afroamericano Matthew Henson, fue la primera persona en pisar el punto más septentrional del mundo.

Debido a esta polémica, hay historiadores que señalan a Roald Amundsen, expedicionario noruego, como el hombre que tuvo la fortuna no sólo de haber conquistado en 1911 el Polo Sur (un par de semanas antes que la desventurada expedición del capitán inglés Robert Scott, cuyos miembros morirían en la nieve), sino también el Polo Norte, durante una travesía realizada en el dirigible Norge en 1926. Sin embargo, esta hazaña aérea también tuvo sus detractores, pues, técnicamente, Amudsen no había “pisado” la meta, porque nunca bajó del dirigible. Sería un grupo de científicos soviéticos quienes, alejados de la idea de conquista, incluso sin pensar en ella, llegaron allá en una avioneta en 1948 y bajaron a buscar, mediante un sonar, montañas debajo del casquete de hielo. Pero como llegar por aire le restaba el aura aventurera a esa experiencia, sería hasta 1969 (el mismo año de la conquista de la Luna) cuando el británico Wally Herbert tuvo el privilegio de ser considerado el primer hombre que fehacientemente probó haber llegado vía terrestre a ese lugar.

 

“Biblioteca” preocupante

A lo largo del tiempo, el Polo Norte ha sido un ecosistema cambiante y resistente. No en todas sus épocas estuvo congelado. Diversas investigaciones estratigráficas, llevadas a cabo mediante la técnica de perforar capas de hielo a grandes profundidades y extraer tubos de hielo en el que se puede “leer” cómo ha sido el clima a lo largo de más de varios millones de años, han revelado que incluso hubo épocas remotas en las que careció de hielo. Estos cambios han obedecido a momentos quizá de mayor actividad solar; sin embargo, en la actualidad la evidencia señala que la actividad humana es la que más influencia ha tenido en las variaciones climáticas de los últimos 40 años.

Tan sólo en el periodo que va de 2015 a 2019 se han registrado los años más calurosos de los que se tienen datos, lo cual ha provocado que durante el verano el hielo se redujera de forma alarmante.

Las previsiones sobre un deshielo total de la zona norte del planeta no son nada tranquilizadoras y tendrían las consecuencias que todo mundo conoce: inundaciones en las partes bajas de las costas y una mayor explotación de las tierras altas, así como desplazamientos de personas por los diversos territorios, lo que pondría mayor presión a nuestras sociedades apáticas e individualistas.

 

A la conquista de la esperanza

Al final de esta década convulsa y al comienzo de la nueva, es imprescindible instrumentar acciones en el cambio global de conciencia que se requiere para superar el grave problema ecológico que nuestra eficiencia como sociedad ha propiciado. No sólo corre peligro el hogar de san Nicolás, sino miles de especímenes de flora y fauna que podrían extinguirse en los próximos lustros. Estas acciones deben ser consistentes y basadas en la responsabilidad personal, en el desarrollo comunitario de la cultura de la paz y la no violencia, así como en formas de inteligencia colectiva que impulsen el cambio radical en nuestra relación económica con la naturaleza.

La esperanza se funda en la lucha contra el conformismo, la apatía y la rutina así como en la promoción de formas más humanas de comprensión, de empatía y de solidaridad.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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