Retomando la Agenda 2030 sobre el Desarrollo Sostenible de la ONU, este artículo explica por qué es indispensable implementar nuevos esquemas de interacción económica que privilegien el bienestar comunitario y del entorno, más allá del beneficio individual acentuado por la dinámica capitalista actual.

 

 

Se afirma que un crecimiento es antieconómico cuando “los costes ambientales y sociales son superiores a los beneficios derivados de la producción”. Es decir que si miramos con objetividad la contaminación de nuestras ciudades, la deforestación de nuestros bosques, la pérdida de la variedad de los cultivos y los abismos de injusticia económica que separan a los muy ricos de los muy pobres, notaremos que en muchas aspectos el sistema capitalista ha sido antieconómico, sobre todo desde que se adoptó el petróleo y el carbón como las principales energías para generar electricidad y mover los vehículos automotores. Su constante uso parece haber convencido a una gran cantidad de personas que son enteramente necesarios y que cambiar por otra forma de energía, como la solar, por ejemplo, que aun mueve automóviles —en general a bajas velocidades, pero con mucha eficiencia—, sería un “retroceso”. Sin embargo, los retrocesos son lo más adecuado cuando el siguiente paso podría ser caer en el abismo.

 

El caso alimentario

Un ejemplo de cómo los patrones de consumo se han pervertido reside en los alimentos, pues, como señala el Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), “el consumo de una gran proporción de la población mundial sigue siendo insuficiente para satisfacer incluso sus necesidades más básicas”. Los datos son alarmantes: 1,300 millones de toneladas de alimentos se desperdician al año, mientras que 2,000 millones de personas —es decir, 25 por ciento de los habitantes de este planeta— padecen hambre.

Esa desproporción puede ejemplificarse con la siguiente escena: cuatro personas acuden a un restaurante y se les sirve un gran platón rebosante de alimentos. Uno de ellos come a reventar, otros dos se alimentan moderadamente, y el último, a pesar de que el hambre lo taladra, no toca nada del plato. Sin embargo, sobre la mesa ha quedado medio kilo de comida que los otros simplemente toman y la arrojan a la basura.

Estas alucinantes y absurdas diferencias que dominan la economía globalizada han quedado inmortalizadas no sólo en libros tan importantes como El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty, sino hasta en películas recientes como El hoyo (2019, España), una fábula del celuloide que, a pesar de su brutalidad y su exageración, quizá apenas se dibuje como un reflejo pálido de la realidad de nuestro siglo, éste en el que nos queda más remedio que vivir y actuar.

 

Algunas soluciones

La Organización de las Naciones Unidas, en su Agenda 2030, firmada por más de 180 países, ha argumentado que “la mayor causa del deterioro continuo del ambiente global es el patrón insostenible de consumo y producción, particularmente en países industrializados, lo que es extremadamente preocupante, agravando la pobreza y la desigualdad”. Por ello, en este sentido, hay cinco puntos medulares para cambiar esos hábitos:

  1. Proporcionar información al consumidor. Esto representa, entre otras cosas, optimizar los nuevos etiquetados que advierten sobre la comida chatarra y sus consecuencias, en aras de restringir su consumo y obligar a las empresas a mejorar su producto.
  2. Racionalizar los subsidios ineficientes a los combustibles fósiles que impulsan el consumo antieconómico. En este sentido, México debería alentar, más que ser maquilador, una industria automotriz limpia (eléctrica o solar) que termine con la “velocidad” que ha significado su dependencia al petróleo y dejar éste para la creación de artículos plásticos más duraderos y reciclables.
  3. Impulsar compras públicas sostenibles que no propicien la petrolización.
  4. Realizar edificaciones y construcciones sostenibles, que actúen como un organismo autosuficiente.
  5. Promover el turismo sostenible, incluyendo el ecoturismo, y no sólo procipiar la diversión y el exceso.

 

Lecciones del Covid-19

Si una enseñanza ha dado la pandemia del Covid-19 son las fallas de los sistemas que nos gobiernan y a los que nos arrojamos día tras día sin cuestionar, metidos como estamos en la obtención de “crecimiento”. La sociedad actual parece haber apostado por la velocidad para su funcionamiento, en ocasiones dejando de lado cualquier rastro de sentido común. La rapidez de la producción, de llenar los estantes de tiendas monopólicas de satisfactores (que en ocasiones sólo son tapones inútiles para los vacíos emocionales de los individuos) y la celeridad para adquirirlos, ocuparlos y desecharlos, en ciclos que despojan cada vez a más a la Tierra de sus recursos naturales, someten a sus criaturas, incluido el ser humano, a un estrés vital irresponsable.

No obstante, el frenón laboral que representó en su primer momento la actual pandemia ha puesto en jaque esta visión. Con los ingresos de las clases medias y bajas detenidos, fueron pocos los países que estuvieron preparados para ayudar a sus ciudadanos más allá de recluirlos en sus hogares. La maquinaría de los pagos, las deudas y los abultados números de los créditos no se detienen y el polo magnético de los grandes capitales atrae y se come a los pequeños. El dinero es la energía acumulada de nuestros trabajos y, al mismo tiempo, una gran tomadura de pelo que ha hecho a muchos preguntarse si acaso las ganancias con que se construyen palacetes y que se pierden en frivolidades no podrían haber paliado los sufrimientos de millones de personas mediante un mejor sistema de salud pública en el que se invirtiera más para la investigación.

Como sea, los beneficios imprevistos que recibió el planeta en medio de esta pandemia (capa de ozono restablecida, avistamiento de animales que se creían extintos, espontánea solidaridad de las personas, días con mejor calidad de aire) plantean preguntas radicales: ¿se puede establecer una economía que no sea de depredación y “crecimiento” a toda costa? ¿Cuáles son los valores que se deben alentar en una sociedad de estas características? Aunque han aparecido ideas (como evitar las compras inútiles y de un solo uso), la solución no es sencilla, debido a lo acostumbrados psicológicamente que estamos a llevar una vida social sin previsión, por lo cual la Agenda 2030, que propone una serie de medidas que los países deben acatar, espera el final de esta década con la incertidumbre de saber si conseguiremos alcanzar formas más responsables de interacción económica, en las que se privilegie una visión de bienestar comunitario y del entorno y no sólo individual.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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