Dos jóvenes enamorados, a pesar de la oposición de sus familias, deciden casarse de forma clandestina y vivir juntos. ¿Podrá el amor triunfar al final de esta historia? Nunca está de más revivir una de las tragedias más conocidas en la literatura, obra de William Shakespeare, que se ha convertido en un clásico indiscutible que no te puedes perder.

 

 

Londres, 1600

La gente se arremolinaba a las puertas de El Globo, aquel enorme edificio cercano al río Támesis, en Londres, y se apresuraba a entrar en busca de un buen lugar cerca del escenario. Desde su nombre, ese teatro celebraba los tiempos modernos. Ya habían transcurrido poco más de 100 años del encuentro con América y en la conciencia europea el mapa del mundo había tomado forma esférica. Por ello, El Globo se asumía abarcador, digno representante de la plenitud del Renacimiento inglés. La idea del local era exponer ante el mayor número posible de personas las historias más bellas (trágicas o divertidas), con musicalidad y con presencia en las tablas e incluso con enseñanzas provenientes del mundo antiguo. Los autores de las diferentes compañías retomaban y ornamentaban tradiciones, cuentos y consejas de los países del continente para presentarlos a un variopinto grupo de espectadores que se acomodaban expectantes en el patio central, en la galería y en los palcos.

Tras bambalinas, los miembros de la compañía teatral Los Hombres de Lord Chamberlain creían que El Globo se llenaría: más de 3,000 personas estaban ingresando al recinto con boleto pagado y sus entusiasmadas voces se elevaban hasta alcanzar el cielo que se distinguía a través del techo abierto del teatro. Todos sabían que en caso de lluvia la función se suspendería.


Las funciones de teatro en 1600 se llevaban a cabo en las mañanas y en las tardes de los fines de semana de los meses veraniegos, para evitar los chubascos y para aprovechar la luz del sol.

 

Una historia ampliada

Los temas históricos resultaban excepcionalmente populares, en parte porque las intrigas y los asesinatos de la Roma y la Grecia antiguas no habían perdido vigencia entre la propia nobleza de la eras isabelina y jacobina (1558-1625), enfrascada en sus luchas religiosas internas que habían costado la vida de varios nobles. Pero esta vez la ficción teatral no trataba de monarcas históricos, sino que presentaba nuevamente, para beneplácito de los que querían conocer las consecuencias del amor puro, la historia de los desgraciados amantes de Verona.

La anécdota central no era nueva. Mateo Bandello la había escrito en Italia hacia 1554 y había sido traducida al inglés por Arthur Brooke en 1562. A pesar de lo anterior, los asistentes a El Globo ansiaban ver, montada por la misma compañía que la había vuelto famosa, la versión más completa, mejor lograda, más auténtica… La versión conseguida por el genio de William Shakespeare.

Qué importaba que el papel de Julieta tuviera que interpretarlo un muchacho maquillado, pues las leyes puritanas prohibían que las mujeres tomarán parte de la actuación. Qué importaba que el diseño de los decorados fuera demasiado simple. Qué importaban las incomodidades de los cuerpos que permanecían de pie las cuatro horas de función o los cuchicheos de la gente que comentaba lo que iba ocurriendo. Qué importaba, en resumidas cuentas, que ya les hubieran contado tantas veces esa historia...

Lo fundamental era que nunca lo habían dicho con esas palabras: en la obra del señor Shakespeare esa historia se expandía. Además de añadirle complicación a la trama, había penetrado más allá del mero argumento esgrimido por todos y había hecho, sólo con palabras, más palpable a los sensibles de espíritu, la enseñanza sobre la imposibilidad de ponerle freno al amor, como quien en vano quiere ponerle puertas al campo o muros al mar.


Una trama complicada

El telón se abrió en medio de aplausos y la pintura mural al fondo hizo que los presentes olvidaran el Támesis cercano y los llevó a Verona, frontera natural entre los Alpes y las tierras bajas italianas; los condujo a enterarse del odio remoto de dos nobles familias, que incluso era aprovechado hasta para justificar tontas peleas de criados y de sus amos en plena calle. Sólo la voz del príncipe de la ciudad era capaz de detener aquellas tropelías que causaban desasosiego en la urbe.

En ese contexto, brota de pronto una mirada en un baile de máscaras: un flechazo arrebatador, la corriente eléctrica de encontrarse (de saber que se ha encontrado al otro), pero reconocerse enfrentados por el destino… Una Capuleto, otro Montesco… Y la afirmación que resume todo: “Lo que llaman rosa tendría igual aroma con otro nombre”. ¿Se pierden las cualidades inherentes al ser humano aunque pertenezca a un linaje enemigo? Envalentonado por la osadía del amor, Romeo escala la barda de la casa de Julieta y se esconde detrás de los árboles, para escuchar su voz, que le confía sus penas al viento… Y allí se revela Romeo y Julieta lo reconoce. Ante la inconstante luna se juran amor, se ponen de acuerdo para una boda secreta, se despiden. Al día siguiente, fray Lorenzo consuma el deseo matrimonial de los muchachos (quizá en ello se encuentre el remedio a la enemistad familiar) y ante Dios quedan unidos.

Pero el destino, que en sus vidas encontró un ejemplo para el resto de los mortales, traza otros derroteros: una boda arreglada para Julieta, peleas que terminan en muerte y en exilio para Romeo. Una primera y última alborada los sorprende juntos antes de partir… Y luego, para evitar el pecado de casarse por segunda ocasión, la simulación… Un potente veneno que hará dormir a Julieta cuarenta y dos horas, fingir la muerte, encontrar al otro lado del camino a Romeo y huir, huir lejos, y vivir su amor sin obstáculos de odios de sangre.

 

¡Detente, Romeo! ¡Detente, Julieta!

El público atravesaba diversos estados de ánimo durante la presentación: se reía del ama de llaves de Julieta o se molestaba hasta los gritos con el primo Teobaldo, desaprobaba la actitud del sacerdote pagano, pero, sobre todo, escuchaba con gusto y avidez la cadencia del “verso blanco” con que estaba construida la obra, los matices de cada personaje, la sabiduría amorosa que brotaba de cada frase enternecida de los dos amantes. ¿Cuántos no, queriendo evitar que Romeo fuera víctima del error, le gritaban al actor: “¡Aguarda, Romeo! ¡No está muerta! ¡Detente!”? Pero esos gritos no impedían que el personaje consumara su suicidio, que la muerte fuera el límite de un amor volcánico y puro… Porque todo salía mal: las cartas aclaratorias del plan se pierden y Romeo es avisado de la “muerte” de Julieta y acude a verla a la cripta una última vez antes de acompañarla al más allá, ingiriendo él mismo veneno. Y ella, al despertar de su sueño inducido, se da muerte al comprender lo que ha pasado...
Cuando se cerraba el telón, la gente salía del teatro con el alma en un hilo. Las gotas de lluvia parecían un tributo del cielo a aquel doloroso final y los espectadores tenían la certeza de que alguien debía hacer lo que estuviera de su parte para salvaguardar aquellas geniales obras de la posibilidad de desaparecer.

 

Tras la muerte de William Shakespeare, en 1616, sus amigos imprimieron en tres volúmenes el conjunto de su obra. Gracias a esta noble previsión, su obra ha llegado a nuestros días.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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