La zona arqueológica de Paquimé, localizada a 260 km al noroeste de la ciudad de Chihuahua, en la región de Casas Grandes, constituyó un importante centro de comercio en el que se intercambiaba sal, conchas, cerámica, cobre y las veneradas guacamayas. Pero ¿cómo llegaron estas aves hasta Paquimé? Remontémonos al año 1130, en la región que hoy comprende el estado de Tamaulipas, para descubrirlo.

 


Las guacamayas aparecieron de súbito frente a los hombres agazapados detrás de los árboles. Su vuelo de exuberantes alas extendidas parecía trazar colores en el aire. El contraste entre las plumas rojas y amarillas recordaba el deslumbramiento del sol en los ojos cerrados, seguido de un azul que se confundía con el cielo claro. Era, sin duda, un símbolo del universo.
Un momento después, al pisar sus nidos, una de ellas caía en la trampa, mientras las demás gritaban alrededor sin saber qué hacer. Cuando los hombres se acercaron a su presa, las aves volaron a otras ramas haciendo un escándalo de voces agudas y enfurecidas.
—Perdónanos, pero le pedimos al “dueño” de esta selva que nos permitiera capturarte.
Y los pajareros se quedaron toda la tarde cerca del ave hasta que ésta, derrotada por la resistencia de las cuerdas, dejó de luchar.

En El Sabinito
El comerciante de pájaros de El Sabinito pensó que ése era el animal que tanto deseaban los hombres del desierto, quienes apreciarían en su justa medida aquel sagrado espécimen que solía ser sacrificado poco después del ritual del juego de la pelota, ya que era un atributo del dios del calor y el fuego. Incluso esculturas de esta ave aparecen en los aros de Xochicalco (Morelos), Copán y Piedras Negras (en el área maya). Además, las plumas rojas, azules y amarillas eran muy valoradas para elaborar penachos, tapices, instrumentos musicales, así como flechas y adornos.
A la mañana siguiente, el comerciante embarcó con una veintena de hombres por el río Soto La Marina hasta alcanzar, un par de noches después, la Laguna Madre, en Tamaulipas (que representa a su vez el punto de unión con los pueblos del río Bravo, pues éste también desemboca allí). Remaron a través de la laguna hipersalina más grande de Norteamérica: del lado izquierdo, la exuberante vegetación les cerraba la visión y, del lado derecho, una breve línea de arena los separaba del inmenso Golfo de México.

  • El Sabinito es un sitio arqueológico que se ubica en las estribaciones orientales de la sierra de Tamaulipas. Esta ciudad representó una frontera natural entre las culturas huastecas, con amplios contactos con Mesoamérica, y con los grupos seminómadas del norte, a quienes se conocía como “chichimecas”.

 

Ollas de hermosos patrones
El mercader remontó la corriente del río Bravo hasta alcanzar el punto final de su travesía: el actual Matamoros/Brownsville, un caserío donde los pobladores los recibieron sin mucho aspaviento, pero tampoco con hostilidad. Después de todo, conocían a aquellos hombres y generalmente habían hecho tratos en condiciones favorables con ellos. Intercambiaron productos, como la guacamaya, que estimaron más valiosa porque aún estaba viva. Y mientras los de El Sabinito regresaban a su hogar con ollas pintadas de hermosos patrones, los mercaderes de Matamoros/Brownsville se dispusieron a seguir transportando aquellos artículos raros hacia las grandes ciudades río arriba, así como sus propios productos de concha, pluma y piedras preciosas.

 

  • El río Bravo/Grande es el tercero más extenso de Estados Unidos. Sus fuentes se encuentran en Nuevo México, a pocos kilómetros de ciudades tan importantes como Cañón Chaco, de filiación anazasi, emparentados culturalmente con varias de las civilizaciones que se desarrollaron en Chihuahua, Coahuila y Sonora, y cuya alfarería destaca por sus figuras estilizadas.

 

El río Bravo 

El nuevo grupo partió una semana después en una barca ligera, a pesar de lo cual el viaje a través del río era lento, ya que se hacía a contracorriente y en ocasiones los bancos de arena disminuían la profundidad del río y hacían difícil su tránsito. Durante una gran parte del trayecto el paisaje fue sobre todo planicie y sólo allá al fondo se veía la columna vertebral de la Sierra Madre Oriental, como un imponente camino infinito de montañas. Los días se volvieron semanas en aquel oponerse a la corriente, pasando por los caseríos de Reynosa/McAllen, Nuevo Laredo/Laredo, Piedras Negras/Eagle Pass, donde intercambiaron presentes con familiares y amigos, así como mensajes para los ausentes y mercancías con los comerciantes que los invitaban a sus casas.
Éstas eran pocas, regularmente constituidas por un fogón redondo y un par de habitaciones que, a veces, podían estar enterradas o edificadas con muros de adobe y que servían tanto de hogar como de almacén. En un rincón, la guacamaya, temerosa, observaba todo ese trajinar mientras se acostumbraba a su cautiverio.


Cactus y plantas medicinales
La actual Ciudad Acuña, en Coahuila, fue la parada final del grupo de mercaderes que había partido de Matamoros. Allí, a cambio de varios atados de cactus y plantas medicinales, dejaron la guacamaya en manos de los habitantes locales, quienes se propusieron conducirla aún más al norte.
A partir de Acuña se volvió frecuente que el río se deslizara durante interminables kilómetros entre altas paredes desgastadas por la erosión. En algunos puntos los viajeros aún podían apreciar pinturas rupestres cuyos autores habían desaparecido con el tiempo. No sólo los hombres reverenciaban aquel río: incluso la guacamaya sintió aprensión por aquel lugar y soltó un grito: el eco de su voz se repitió con tenebrosa regularidad.
Los cambios de paisaje eran tan bruscos que no podían dejar de atribuírselos a los dioses. El contraste entre el oasis que años después se conocería como Ciudad Juárez/El Paso y el gran desierto que se extendía al sur, era prueba de lo anterior.

 

Varios bultos de maíz
El ave multicolor resultó un excelente trueque un poco más arriba del río, donde las montañas de la Sierra Madre Occidental se encontraban con el río Bravo, en la actual ciudad estadounidense de Las Cruces. Un grupo de mercaderes venidos de Paquimé accedió a dar varios bultos de maíz a cambio de aquella belleza de la naturaleza.
Los paquimeses siguieron el corredor natural de las montañas en dirección sur hasta encontrar la Laguna Victoria, afluente del río Casas Grandes, que los llevó muy cerca de su ciudad, donde fueron ovacionados por haber conseguido un nuevo ejemplar que se integraría a la esplendorosa colección que se mantenía en la Sala de las Guacamayas.

 

  • La relación de las guacamayas con Paquimé (900-1350 d.C.), la ciudad prehispánica más importante del norte de México, parece haber sido muy profunda, pues a pesar de que no son oriundas de la zona, los paquimeses consiguieron reproducirlas con éxito. Aunque algunos investigadores han postulado que las guacamayas son una prueba de los contactos entre los mayas y las culturas del norte, también se debe considerar que la distribución de esta ave se dilataba desde el Amazonas hasta la zona meridional y costera de Tamaulipas. En la actualidad, debido a la destrucción de su hábitat y al comercio ilegal, existen dos enclaves aislados en México donde aún pueden hallarse: la Selva Lacandona en Chiapas y la Selva de los Chimalapas en Oaxaca.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, y autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016) y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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