Publicada en el año 1307, la “Divina comedia” es un poema compuesto por más de 14,000 versos distribuidos en 100 cantos que relatan el viaje de su autor, Dante Alighieri, por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, mostrando los sufrimientos o la gloria que esperan al ser humano más allá de esta vida como resultado de sus acciones. Se trata de uno de los clásicos que todo el mundo debe leer al menos una vez en su vida. Si aún no lo has hecho, comienza a adentrarte en él con este artículo.

 

 

Un “libro de los muertos”

El mundo de la Edad Media en los años 1300, como el de hoy, estaba lleno de mensajes contradictorios sobre la realidad. Se requirió de un poeta, en aquella época, para unificarlos en un discurso congruente.

Ideas ya desmentidas por la ciencia (como los horóscopos o que la Tierra sea plana) eran parte de la mentalidad de la mayoría de los europeos de aquellos años. Las diferencias sociales resultaban, como en la actualidad, abismales, incluso en el lenguaje: mientras la mayoría del pueblo ya no hablaba latín, entre la gente letrada se empleaba con abrumadora regularidad para todo lo sublime, como el arte y las misas. El pueblo, en los templos, captaba la generalidad del mensaje evangélico, pero quedaban muchos vacíos en la historia que las supersticiones se encargaban de llenar.

Aunque existía el libro del Apocalipsis y su descripción sobre el fin del mundo, no había un “libro de los muertos” que estableciera (por ejemplo, entre los egipcios) los suelos que habían de ser transitados para llegar al “lugar de la muerte”.

La Commedia sería el poema en el que, con el lenguaje del pueblo, Dante Alighieri (Florencia, 1265-1321) indicaría una geografía unificada de lo ultraterreno para uso de la cristiandad y establecería la ruta que el alma ha de enfrentar una vez desprendida del cuerpo. Sin el velo del cuerpo, el alma es capaz de apreciar y someterse a la justicia del Creador.

 

El abismo, la montaña y el cosmos

A lo largo de los últimos 17 años de su vida, Dante dedicó su labor creadora a dar musicalidad y firmes bases religiosas y filosóficas a los versos que iba trazando en lengua vernácula. El viaje comienza con el autor a la mitad de la vida, extraviado en la selva, amenazado por fieras. Hay quienes dicen que dichas bestias (un león, una pantera y un lobo) son representantes de pecados relacionados con la emoción y las pasiones.

La metáfora de la selva no puede ser más exacta: un ecosistema en el que no hay seguridad en nada, pues allí lo más fuerte (no lo justo) es lo que triunfa y se impone. ¿Qué oponer al peligro que representa la selva? El conocimiento y la sabiduría, encarnados en la figura de Virgilio (70-19 a.C.), son la luz que evita que Dante sea destrozado por los demonios y las fieras.

La obra retrata tres regiones bien definidas por las que irá atravesando el poeta. Primero está el abismo del infierno, después la montaña del purgatorio y, por último, los reinos estelares donde se encuentra el Creador.

 

Sin escape

La parte más agobiante del trayecto es, sin duda, el infierno, el lugar donde no existe esperanza para quienes atraviesan su puerta. También es la que ha cosechado más éxito entre sus lectores a lo largo de los siglos.

Antes de adentrarse a aquella región, el poeta pasa por dos zonas relativamente tranquilas: primero entre los indecisos, los tibios, los que no pecaron pero tampoco hicieron bien. Almas tan despreciables por su cobardía que ni siquiera tienen cabida en ninguna parte del “más allá”. No se libran, sin embargo, de sufrir el picoteo infinito de abejas, como si en su veneno les quisieran inyectar una decisión que no tuvieron en vida.

El segundo lugar es el limbo: hogar de todos aquellos que, a pesar de ser justos, vivieron en estado de paganismo y no conocieron al dios cristiano revelado. Allí se hallan los grandes pensadores de la Antigüedad clásica, cuyas obras representan la fuente autorizada del conocimiento de la época de Dante.

A partir de este punto, el poeta avanza por un abismo donde son constantes la pestilencia, la podredumbre, la suciedad y el dolor. Entre demonios y bestias (como el Can Cerbero) camina entre desiertos de cuerpos enflaquecidos, remolinos de almas grises, podrideros de sombras, cruza por petrificados bosques donde en forma de árboles secos los pecadores padecen hasta la eternidad el castigo de sus culpas.

Todos esos sufrimientos siguen una lógica religiosa muy clara: allí se castiga a todas las personas que jamás se arrepintieron de cometer cualquiera de los siete pecados capitales: gula, ira, envidia, avaricia, soberbia, lujuria y pereza. Reconoce entre las almas torturadas algunas de sus conciudadanos, incluso de sus enemigos personales, y de unos se alegra mientras que de otros se apiada. No todos los que sufren esos tormentos están muertos: hay almas que ya se pudren en las llamas del infierno mientras sus nocivos cuerpos vivos aún continúan sobre la Tierra, habitados por un demonio sustituto.

Sofocado por todas esas visiones donde la redención es casi una lotería imposible, Dante sale del abismo, del reino del grito eterno, y llega a los pies de una montaña.

 

“No mires atrás”

Se trata de la montaña del Purgatorio, alrededor de la cual ascienden caminos que conducen, a través de los pecados capitales, a una cima donde se encuentra el Paraíso Terrenal. El camino ya no es de castigo, sino de penitencia. Allí se encuentran los personas que tuvieron tiempo, así sea en el último segundo, de haberse arrepentido y de haber pedido perdón sincero por sus pecados. No por ello se libran de expiarlos.

El propio Dante es tatuado con siete P en la frente con una espada por el ángel custodio. Cada una de estas letras se irá borrando conforme avance por los senderos ascendentes de la montaña. También recibe una advertencia general (que sigue siendo un consejo válido 700 años después): “No vuelvas la vista atrás”, una sentencia inmediata que advierte la pérdida de todo avance en su camino si recae en los errores del pasado. Allí encuentra a reyes purgando sus penitencias, pero también halla a algunos de sus amigos, lo cual es motivo de alegría por saberlos salvos.

 

El éxtasis de la luz

Cuando alcanza el Paraíso Terrenal, Dante se despide de Virgilio para dar paso a una nueva guía que le mostrará las regiones aéreas del paraíso: Beatriz. Se sabe que el poeta florentino estuvo enamorado casi en silencio de Beatriz Portinari, quien murió 30 años antes de la finalización del Paraíso, sin conocer jamás quizá esa atracción que despertaba.

Si Virgilio representaba a la sabiduría que se requería para discernir el camino justo a través de las tentaciones, Beatriz simbolizaba al amor, el lente adecuado para poder apreciar a Dios. En esas regiones, dominadas por la Luna y los planetas conocidos de entonces, las almas virtuosas (sabios, guerreros de la fe, contemplativos, incluso iracundos perdonados) enceguecen con placer repetidamente la visión del poeta, pues sus miradas se dirigen amorosas hacia Dios. Dante, como ser vivo no puede apreciar tanta magnificiencia sin quedar nublado para acceder más allá.

El poeta murió el mismo año que dio fin a su poema, quizá esta vez con los ojos abiertos a la totalidad.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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