Continuando nuestra serie de artículos sobre la Agenda 2030 sobre el Desarrollo Sostenible de la ONU, en esta ocasión el autor aborda uno de los problemas más graves a los que se enfrenta la sociedad global en la actualidad: la explotación de los recursos marinos y terrestres.

 

 

La forma de explotación de los recursos marinos y terrestres es uno de los problemas más notorios a los que se enfrenta la sociedad global. Están bajo cuestionamiento los modelos tradicionales en los que se ha basado la actividad pesquera y forestal, así como la responsabilidad del turismo y la manera en que se han manejado los desechos de las ciudades, que por costumbre se vierten a los ríos y, a la larga, finalizan en los océanos. Tal como lo ejemplificó una campaña francesa que ponía rótulos en las alcantarillas: “El mar comienza aquí”. Y se podría añadir que el bosque también, por los kilómetros de tránsito a través de tierra que realizan las aguas negras, afectando a la fauna y a la flora de manera alarmante. 

Entre los 17 puntos de desarrollo sostenible que los países miembros firmaron para tener cumplidos en 2030, los relativos a la vida marina y a los recursos forestales impactan con mayor fuerza en nuestro país. Sus 11,122 kilómetros de litoral costero, bañado por los océanos Atlántico y Pacífico, y sus 600,000 kilómetros cuadrados de bosques, selvas y pastizales, nos sitúan en un grupo de naciones con responsabilidades muy serias de conservación. Los objetivos son tan claros y lo han sido desde tantos años atrás que sorprende cómo los gobiernos (no sólo el de México) nunca han hecho nada por enmendarlos. La respuesta es indignante: la sociedad neoliberal, que triunfó tras la caída del cuestionable “socialismo real”, cree sólo en el valor de extracción y se ha olvidado por completo de cerrar el círculo de uso de las mercancías, por lo que la disposición final de materiales peligrosos se ha hecho en condiciones perjudiciales no sólo para la flora y la fauna, sino también para la propia vida humana, poniendo el valor de la ganancia sobre ésta. Es necesario el cambio de paradigma de fondo, para que esta situación se revierta y se restaure el equilibrio de la naturaleza que la actividad humana ha roto en los ámbitos pesqueros y forestales.

 

Cifras rojas

Con respecto a la vida submarina, la ONU señala la importancia que tiene el mar, pues absorbe hasta 30 por ciento del dióxido de carbono producido por los seres humanos, lo que amortigua de cierta manera el impacto del cambio climático. Sin embargo, hasta 40 por ciento de los océanos está muy contaminado o sobreexplotado, por lo que la diversidad de especies animales que los habían habitado durante millones de años se ha visto reducida en más de 50 por ciento. ¡Más de la mitad de la vida marina en menos de un siglo! Es imposible negar la responsabilidad humana en esa tragedia, sobre todo cuando más de 3,000 millones de personas dependen de actividades relacionadas con el mar para su existencia. La sobreexplotación pesquera y sus métodos no sólo dañan a los peces que buscan, sino que también afectan a otros. La vaquita marina, en nuestro Golfo de California, sin duda es la especie representativa de este peligro, pues su población se ha visto reducida a unos cuantos ejemplares debido, más que a una cacería propiamente en su contra, a que queda atrapada en las redes de enmalle de los grandes botes pesqueros, muchos de ellos ilegales. El día que un gobierno pueda declarar fuera de peligro a la vaquita se podrá decir que ha habido una “transformación”. 

En lo que atañe a la conservación de los hábitats terrestres, las consideraciones del citado organismo internacional calculan que, si se basan en la naturaleza, las soluciones climáticas podrían reducir hasta 33 por ciento el CO2 para 2030. Asimismo, es importante la protección del agua dulce, proporcionada hasta en 80 por ciento por las regiones montañosas. Es imperativo, por lo tanto, rescatar muchos de nuestros cauces fluviales y desarrollar, como sociedad, métodos de desecho de residuos más eficaces y con menor impacto.

 

Cómo contribuir desde México

Se dice popularmente que los mexicanos somos reacios al cambio. Con justa razón histórica se ha desconfiado de los órdenes establecidos y no ha sido sino hasta que las desgracias nos visitan que reaccionamos y podemos ser solidarios. Pero esta vez la desgracia ha sido tan sutil, aunque continua, que nos hallamos al borde del precipicio casi sin notarlo y debemos actuar no sólo reactiva sino preventivamente para evitar mayores pérdidas. El hecho de ser un país megadiverso debería ponernos a la vanguardia de la conservación de sus ecosistemas. Es cierto que mucho de lo que se debe hacer depende de instancias gubernamentales, pero también las personas podemos influir.

Tres ideas de ejemplo:

  1. Seguir las normas básicas y avanzadas del consumidor. No sólo se trata ya de reciclar, reusar y reducir el desperdicio, sino de preguntarse de dónde procede el producto que consumo, qué tanto estoy de acuerdo con las prácticas de su actividad, quiénes están detrás de él. Lo importante es que las actividades que atentan contra la ecología no obtengan recursos económicos, hasta que cambien sus procedimientos por otros sustentables. 
  2. Compartir datos, ideas, posturas. Vivimos en una época que se horizontaliza cada vez más a pesar de lo que pudiera esperarse. Con todas las limitaciones de las redes sociales, hacen llegar la voz del ciudadano común a una gran audiencia y pueden servir como vehículo para informar sobre estos problemas. Esa voz puede ser la tuya. Comparte o genera información responsable sobre el tema.
  3. Vigilar el cumplimiento de leyes a favor del ambiente. Como la reciente prohibición de las bolsas de plástico de un solo uso. La medida, que se ha ido adoptando por los congresos locales, ha generado debates a menudo infantiles sobre la “incomodidad de llevar las compras en la mano”. Pero si consideramos que gran parte de la contaminación por plásticos procede de éstos, es indispensable cambiar nuestras costumbres, cargar siempre con una bolsa de mandado y promover ese cambio en negocios y locales. 

Los Estados actúan conforme a las actividades de las personas que los integran. El cambio de cada individuo, desde su circunstancia propia, única, valiosa, suma al beneficio de todos y, en general, de quienes en un futuro heredarán esta Tierra, a la que hemos puesto en jaque.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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