La serie "Rutas prehispánicas", que este año trae para ti los caminos que recorrieron comerciantes, mensajeros y viajeros en las ciudades del México antiguo, presenta en esta ocasión las rutas mayas. ¡Acompáñanos a descubrirlas!

 

Ciudad de Cobá, Quintana Roo, época clásica

Antes de partir por el sacbé (“camino blanco”), los comerciantes se encomendaban a Ek Chuak, el dios que en las inscripciones mayas era representado unas veces con el bulto de los mercaderes y otras con la lanza de los guerreros. Para esos sitios y aquellos tiempos, con el peligro de aquel oficio que los enviaba a regiones que se hallaban a varios días de camino, sin duda se requería el amparo de un dios preparado para luchar ante cualquier imprevisto.

Los comerciantes quizá pasaban lista de que todos sus productos estuvieran allí, en la espalda de los cargadores que los acompañaban: cerámica de cocina, collares para el arreglo personal, vestimentas de pieles de jaguar curtidas, sin olvidar las cargas más preciadas: los artefactos reflejantes, esto es, los espejos; esos artículos que con mucha frecuencia se tiende a asegurar que los indígenas prehispánicos no conocían y por los cuales habían sido convencidos de que los conquistadores poseían alguna especie de aura sobrehumana. Pero lo cierto es que, en relación con los espejos, se pasa por alto que incluso los olmecas los producían con finalidades muy terrestres, como el arreglo personal, y con propósitos ultraterrenos, como adentrarse a regiones mágicas. Y en esto de adentrarse a regiones mágicas cualquiera puede hacer la prueba de contemplarse fijamente en un espejo al menos tres minutos y notará que, lentamente, pero sin duda, se produce una extraña sensación en el observador de que ocurren raros “movimientos” del otro lado, como si el rostro reflejado cambiara o, incluso, como si ese rostro no fuera el suyo.

Fabricando esa magia

Los mayas, quienes en la época clásica se distribuían desde el montañoso sur de Guatemala hasta las planicies de la península de Yucatán, fueron hábiles fabricantes de estos artículos de lujo, cuyos principales consumidores fueron reyes, sacerdotes e integrantes de la nobleza (aunque no eran exclusivos de las élites, dado que los arqueólogos los han hallado en contextos más humildes). Con estos espejos, los dirigentes pretendían develar los designios secretos de los dioses y comunicarse con ellos.

El proceso de fabricarlos comenzaba en la Sierra de las Minas, al sur de Guatemala, donde se buscaban placas de pirita, un mineral derivado del hierro. Al ser lustrada con pericia y mucha paciencia, éstas placas terminaban por adquirir cualidades reflejantes y eran adosadas, junto con otras, en mosaico, sobre una piedra, para que tuvieran mayor soporte y no se fragmentaran, un evento siempre probable.

Sobre lo anterior, el investigador Kidder y su equipo afirman: “Somos de la opinión de que nada de lo producido en la América aborigen compite con estas placas, en términos de su meticulosa y hábil fabricación. Inclusive es difícil estimar el número de horas-hombre necesarias para hacer todos y cada uno de estos objetos”. A pesar de lo anterior, otros investigadores han aseverado que en la elaboración de un espejo de este tipo se podían emplear hasta 160 días de trabajo continuo.

Además, al mismo tiempo los mayas habían desarrollado otro tipo de espejos (llamados “compuestos”), de producción más rápida, pero de menor durabilidad, que seguramente eran adquiridos por el pueblo común, aparte de sus cualidades mágicas, para poder contemplar cómo se les veían sus vestimentas, collares, aretes y otros adornos. A diferencia de los “uniformes”, los espejos compuestos eran fabricados con polvo de pirita molida y otros materiales mezclados en bloques de arcilla, puestos a hornear como la cerámica y después pulimentados hasta que adquirían las propiedades de reflexión deseadas.

 

Sacbé

Los mayas conformaban una cultura uniforme que compartía coincidencias dialectales, dioses y creencias. Sin embargo, cada ciudad maya era, en sí misma, un “país” distinto, con sus propios gobernantes, lo cual conllevaba una rivalidad latente que a veces se saldaba mediante guerras y vasallajes, pero en los que los intercambios de productos no podían faltar.

En la época clásica, algunas ciudades habían establecido caminos que las unían, lo cual constituía un gran avance social, pues mantenían una ruta de intercambios comerciales y ayudaban a que los viajeros no se extraviasen en la selva que los rodeaba (ya que en la región plana de Yucatán es difícil establecer puntos de referencia que orienten al viajante). Algunos investigadores les conceden un fuerte simbolismo religioso, pues esos caminos podían haber sido usados para llevar a cabo procesiones rituales.

Desconocemos cuál era el nombre con el que se les conocía a estas “carreteras” en la Antigüedad, aunque en la lengua maya moderna se les identifica como “sacbe'ob”, en plural, y “sacbé”, en singular, que significa “camino blanco”. Estaban elevados sobre el terreno y cubiertos por estuco blanco; su anchura podía ser de cuatro a 20 metros. Entre los más conocidos destaca el de 18 kilómetros que une la ciudad de Kabah con la gran Uxmal, con arcos de piedra en cada extremo que marcaban su principio y su fin.

Más lejos

Sin embargo, los comerciantes de Cobá de la época clásica recorrían un camino que conectaba su ciudad con la de Yaxuná, cuya medida se calcula en 100 kilómetros. Salían de los recintos sagrados de la urbe y, tras pasar las chozas del pueblo, avanzaban a través de la peligrosa selva en aquella “carretera” durante días y noches. A veces, una piedra con inscripciones en el camino podía indicarles en qué punto se encontraban. ¿Los ayudarían a medir los peligros que los esperaban en aquellos senderos, como ladrones de poblados enemigos, animales salvajes o el clima extremo de la península, donde se formaban huracanes sin aviso previo? No lo sabemos. Lo cierto es que tras completar su recorrido, cuando desde la lejanía comenzaban a vislumbrar la ciudad de Yaxuná, el sacbé comenzaba tomar una pendiente de ascenso, que debía mostrarlos hasta cierto punto imponentes a los ojos de quienes los recibían. De allí quizá se dirigían hacia algún templo dedicado a Ek Chuak, donde ofrecían regalos y tributos a los sacerdotes, como un espejo, donde éstos pudieran penetrar en el destino que siglos más tarde terminaría por enterrar aquellas grandes civilizaciones en la selva.


* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

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