La zonas arqueológicas de Monte Albán y Teotihuacán están separadas por una distancia de casi 500 kilómetros. ¿Sabes qué motivó a un grupo de zapotecas a emprender el recorrido hasta la ciudad de los dioses, allá por el año 600 de nuestra era, en el ocaso de las culturas de la época clásica del México prehispánico? Descúbrelo en esta travesía.

 

Cerca del año 600 de nuestra era

Sin lugar a dudas, el pueblo zapoteca era grande y poderoso, y los jóvenes que habitaban lo que hoy se conoce como Monte Albán sólo tenían que mirar alrededor para constatarlo. La capital zapoteca destacaba en los valles centrales de Oaxaca por sus esplendorosos templos pintados de blanco y rojo, con bajorrelieves en sus muros cuyos glifos retrataban las deidades del agua, de la tierra y de murciélagos, además de indicar los reinos vecinos que rendían tributos y las historias de conquista y guerra que los habían llevado a ser una verdadera potencia de la zona. Tan sólo el Edificio J, que tiene forma de flecha y que con su punta, al parecer, sigue de cerca el paso de la estrella Capella, era uno de esos monumentos que los visitantes de la zonas del centro y los mayas solían admirar con reverencia. Por eso, a algunos zapotecas jóvenes no les parecía posible que, a pesar de su grandeza, se encontraran en esa crisis.

El dios Sol se había abatido sin piedad sobre el pueblo, aplastando sus cosechas de maíz, calabaza y frijol, marchitando los ríos y las plantas, y llevando al pueblo a una auténtica desesperación. ¿A quién se podía culpar por esa ausencia de Cocijo, el dios de la lluvia, conocido también como Tláloc? Las señales eran variadas y confusas: había quien recontaba viejas leyendas que ya predecían esa sequía, y otros que la achacaban a luces en el cielo nocturno, y no faltaba quien ponía la responsabilidad en la conducta de los príncipes y los sacerdotes. Por eso sería enviada a Teotihuacán una embajada para llevar las ofrendas necesarias de un gran rito que debía restaurar las paces en el mundo superior y devolver la lluvia a la tierra.

En camino

La red de carreteras actuales se superpone con naturalidad sobre los antiguos caminos prehispánicos. Entonces, quienes pretendían pasar de Oaxaca hacia el centro del país debían transitar por la senda más “sencilla”, es decir, por la zona de valles que se abre paso entre las montañas oaxaqueñas hasta llegar a ese lugar donde se dividen, como en pinza, tanto la Sierra Madre Occidental como la Sierra Madre Oriental. Como en la actualidad, los poblados de mayor importancia con que los viajeros se encontraban eran Nochixtlán y Cerro de Minas, ubicado en el actual pueblo mágico de Huajuapan de León. Este último también representaba los límites fronterizos del imperio zapoteca. Dichos pueblos eran pequeñas comunidades que se extendían cerca de los ríos y alrededor de edificios donde, al parecer, se realizaban cultos dedicados al dios del fuego.

Cuando la embajada pasó por estas aldeas, los pobladores dieron bienvenidas, votos de agradecimiento, intercambios de obsequios; hubo danzas rituales y luego se le permitió descansar a la comitiva en su avance hacia las tierras que ya estaban bajo el dominio directo de sus aliados teotihuacanos. Antes de partir hacia el norte, los pobladores también ofrecieron algunos regalos de su parte para la ofrenda que llevaban a la ciudad de los dioses.

La ciudad más antigua

Tras haber dejado atrás el actual Izúcar de Matamoros y su valle, que habían estado habitados desde el periodo Preclásico, la embajada continuó rumbo el norte, guiándose por el perfil distante del Popocatépetl, “la montaña humeante”, hasta llegar a Cholula, la eterna, considerada la ciudad prehispánica más longeva de Mesoamérica, ya que a partir de su fundación, a principios del milenio pasado, nunca ha dejado de estar habitada y funcional. Por el tiempo en que la comitiva fue recibida por los sacerdotes locales, Cholula también resentía la sequía, aunque de manera más moderada. No en balde estaba ubicada en un altépetl por el que descendían varios de los ríos más importantes de la región.

La pirámide de Cholula era enorme y majestuosa. En los apuntes del explorador alemán Humboldt se lee su sorpresa: “La base de la pirámide de Cholula es dos veces más grande que la de Keops, pero su altura excede en muy poco la de Miserino”.

Los más jóvenes de quienes acompañaban la embajada zapoteca quedaron gratamente sorprendidos al notar una característica que era común a Monte Albán. También en el centro de una de sus plazas, si una persona daba una palmada, el eco regresaba cargado de los sonidos que en la naturaleza hacen los pájaros y los insectos.

Entrada a la ciudad de los dioses

El camino más corto hacia Teotihuacán consistía en atravesar el Paso de Cortés, justo entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Desde aquel punto los embajadores contemplaron la imponente laguna que 500 años más tarde vería nacer y crecer a la poderosa isla de Tenochtitlan, que entonces era un paraíso de la naturaleza donde sólo algunos poblados se destacaban en la ribera, mientras parvadas de garzas volaban de un lado a otro en busca de peces.

Los más viejos de la comitiva conocían, además, que en aquella zona dormía para siempre, bajo la seca manta de lava del volcán Xitle, una de las civilizaciones más esplendorosas que hubiera existido: Cuicuilco, la de la pirámide circular, como los remolinos que levantaba el viento. Su fatal destino era como un recordatorio de lo que podía pasarles a ellos mismos si no se apresuraban. Navegaron con ayuda de los locales hacia el norte y de allí avanzaron los pocos que kilómetros que los separaban de la majestuosa Teotihuacán, que parecía un gigante hormiguero de personas.

Tras presentar sus respetos a los sacerdotes teotihuacanos, se dirigieron al oeste de la Pirámide del Sol, donde se encontraba el famoso barrio zapoteca habitado por comerciantes, albañiles de estuco y ceramistas. Una vez allí, luego de más de dos meses de camino, todos esperaban con ansiedad que las ofrendas fueran gratas a los dioses para restaurar el equilibrio del mundo.


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

© Voy vengo 2016 Todos los derechos reservados - Política de Privacidad