La ciudad de Lhasa, capital del Tíbet, está rodeada por las montañas del Himalaya y es considerada por el budismo tibetano como su lugar más sagrado. Durante la primera mitad del siglo XX diversos exploradores occidentales quisieron llegar hasta ella, cuando el Tíbet era un reino prohibido para los extranjeros. En este artículo el autor nos relata el viaje de una mujer que logró descifrar sus misterios.

 

1924: Lhasa, ciudad prohibida a los extranjeros

El palacio de Potala, un impresionante conjunto de edificios divididos en blanco y rojo, fue lo primero que captó la atención de la francesa Alexandra David-Neele. Y esa imagen le indicó el término de sus sufrimientos. Por fin había llegado al “techo del mundo”, la ciudad ubicada en la parte más alta del Himalaya (3,650 metros sobre el nivel del mar), escasas veces vista por europeos y jamás por una mujer de ese continente. En el idioma local Lhasa es “Tierra de la Nieve”.

Aquella era la ciudad que velaba en espíritu y persona Avalokitesvara (“el Señor que Mira el Mundo”), dios de la compasión. Desde el siglo XVI hasta principios del XX, este númen se había encarnado en 13 hombres, llamados dalai lama. Es decir, era el propio dios el que estaba sentado al trono, y durante casi 400 años rigió el reino teocrático de los lamas bajo preceptos budistas. El “camino óctuple” dictado por Siddartha Gautama, piedra fundamental de la filosofía budista, era usado como cohesionador social. Sin embargo, en 1910, los conflictos políticos con China hicieron huir al treceavo dalai lama hacia la India, por lo cual el último gran reino gobernado por un “hombre-dios” quedó sin dirigencia por un tiempo, hasta que pudo volver.

En esa circunstancia, visitar al dalai lama en su refugio de la India se convirtió en una obsesión para Alexandra. Contra todo pronóstico, y tras mucha insistencia, el mandatario tibetano aceptó entrevistarse con la francesa. De esta reunión surgió el deseo de conocer la ciudad, pero había un impedimento para hacerlo. Las malas experiencias con británicos y chinos habían propiciado que el ingreso de extranjeros estuviera prohibido. Por más que Alexandra intentó acercarse, fue rechazada y devuelta desde la frontera.

 

La emoción del viaje

Alexandra David-Neele fue una pionera en muchos sentidos. Cercana a la primera ola del feminismo, abogó por el voto de las mujeres y por su libertad. Aunque se casó, su matrimonio no prosperó de la mejor manera y, tras consultarlo con su esposo, se embarcó en un viaje hacia Oriente programado para durar 18 meses. Sin embargo, pasaron más de 14 años antes de que volviera a ver a su cónyuge. A pesar de que el enlace se rompió tras esa larga ausencia, mantuvieron una correspondencia constante y amistosa hasta la muerte de él, en 1940.

Filósofa, escritora, cantante de ópera y budista, Alexandra destacó en cada área que se propuso. Incluso permaneció en un templo budista durante tres años y tradujo uno de los libros más importantes de esa tradición: La perfección de la sabiduría. En ese lugar ella recibió el apelativo, por parte de los monjes, de Lámpara de Sabiduría. Aun con el conocimiento que había adquirido por su deambular en Asia, la visita a Lhasa era un faltante en su itinerario personal y se había convertido en una obsesión. Tras los diversos impedimentos que había enfrentado decidió llevar a cabo un plan peligroso, pero posible.

Convenció a Yondgen, el joven lama que la acompañaba durante sus viajes, para que se hiciera pasar por su nieto, mientras que ella sería una abuela miserable en peregrinación a Lhasa. Con el rostro embadurnado de ceniza avanzaron bordeando el desierto de China y por caminos poco transitados entre las montañas. En varias ocasiones no comieron y más de una vez estuvieron a punto de morir congelados por las tormentas y los violentos vientos de aquellos montes. Durante los tres meses de aquel brutal camino, la férrea decisión de conocer aquel lugar fue lo único que no la hizo desertar.

             

En las calles de la capital tibetana

Durante su estancia en Lhasa, Alexandra David-Neele exploró cada rincón de la ciudad con su disfraz de mendiga y en compañía de su “nieto”. Conoció el palacio de Potala, pero no encontró “nada particular” en su interior, pues le recordaba el estilo chino que ella ya conocía. También observó el Templo de Jokhang, que según la tradición había servido para inmovilizar a la “demonia de la tierra” y era el palacio de verano del dalai lama. Aprovechó asimismo para visitar varios monasterios alrededor, como Drepung, Sera y Gandem, donde los aspirantes a monjes se adiestraban en los diversos conocimientos del budismo.

No obstante, su presencia comenzó a levantar sospechas. ¿Cómo es que alguien como ella, que era una mendiga con el rostro cubierto de ceniza, tenía hábitos tan higiénicos por la mañana y se bañaba en el río? Sin embargo, cuando la información de que había una extranjera en la ciudad llegó a oídos del ministro de Lhasa, Alexandra y Yondgen habían partido de allí.

El regreso fue menos penoso y pronto llegó a la India, donde acudió a casa de un amigo y su asombrada familia, a quienes refirió los pormenores de su viaje. La noticia se extendió como pólvora y, al poco tiempo, su historia comenzó a aparecer en los principales periódicos y revistas de la época. En sus entrevistas estaba segura de algo: jamás volvería a pasar por una desgastante experiencia similar. En poco tiempo apareció su libro Viaje a Lhasa. A través del relato de una practicante occidental, los europeos pudieron adentrarse más en las doctrinas budistas y en el conocimiento que manifestaban.

 

Lámpara de Sabiduría

Sin embargo, en ocasiones sus escritos fueron puestos en duda por sus racionalistas paisanos. ¿Era verdad lo que contaba en sus escritos sobre prácticas de levitación? ¿De verdad se podía alcanzar el tummo, que consistía en incrementar la temperatura corporal a voluntad para soportar el frío? ¿Y qué tal eso de que había conseguido crear un tulpa, es decir, la manifestación real de un ser imaginario que todo el mundo podía ver? Sus escritos provocaron grandes reflexiones y también debates. Incluso hubo quien pretendió asegurar que ella jamás había salido de Francia y que nunca había alcanzado el Tíbet, a pesar de los testimonios de su visita que quedaron en diversos lugares, como el de los ingleses que le contaron sobre la búsqueda que hizo de ella el ministro de Lhasa.

De vida longeva, Alexandra David-Neele murió a los 101 años de edad, con el orgullo de haber desvelado gran parte del misterio que rodeaba a la inaccesible ciudad tibetana.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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