“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”. Con estas líneas comienza “La metamorfosis”, uno de los libros más famosos de Franz Kafka que relata cómo esa transformación cambia las costumbres y las relaciones del personaje con el resto de su familia. Se trata de una novela clásica que te introducirá en el ambiente existencialista.

 

 

Las revistas y las películas de superhéroes tienden a mostrarnos sugerentes personajes que han obtenido sus poderes debido al encuentro con insectos mutantes. El caso del Hombre Araña es el más ejemplar en ese sentido. Y aunque a veces sufren por tener que ocultarse bajo una máscara, se las arreglan como pueden para cumplir con su doble vida. No obstante, antes de que aparecieran en el escenario estos hombres con mallas a poblar la imaginación infantil y juvenil de aventuras donde el bien y el mal se enfrentan, el escritor praguense Franz Kafka había sometido a uno de sus personajes a una transformación tan radical y fulminante que haría palidecer los problemas de identidad de Peter Parker.

 

Un mundo se transforma

Franz Kafka mostró sus dotes imaginativas y sus advertencias metafóricas ante una Europa que sólo parecía querer escuchar el retumbar de las balas. Cuando en 1915 se publicó Die Verwandlung (cuya traducción más fiel sería “La transformación”, más que “La metamorfosis”) contaba con 32 años cumplidos, tenía un puesto de gran responsabilidad en una compañía de seguros, donde (según nuevas investigaciones) “cuando había un expediente complicado, que requiriera de mucha capacidad, se le confiaba a él”, y trataba de poner en orden su futuro amoroso con Felicia Bauer, a quien había conocido en casa de su amigo Max Brod.

Ese mismo año, además, le otorgaron en Berlín el prestigioso premio Fontane por su relato El fogonero, lo cual generó relativo interés en el ambiente literario de habla germana. Si la fama de aquel joven no se extendió con mayor firmeza por el imperio de Austria-Hungría, donde vivía, se debió principalmente a que ya había estallado la Gran Guerra (1914-1918), aquel conflicto que ponía a dos polos de poder del continente europeo a matarse entre sí.

Que un libro se llamara La transformación (algo que necesariamente ocurriría tras la guerra, ya sea que se inclinara la balanza hacia un lado o hacia otro) no llamó la suficiente atención de nadie como para convertir este relato en un bestseller. Nadie veía que el mismo imperio, de la noche a la mañana, como en la pesadilla kafkiana, también despertaría convertido en algo monstruoso.

 

El sueño agitado

Cualquiera lo ha sentido: el ahogo, la zozobra de una pesadilla, y luego un despertar violento y confuso, antes de que una descarga de alivio nos revele que todos los peligros que acechaban nuestras vidas no han sido sino ensueños que se desvanecen.

Ésa es exactamente la sensación de tranquilidad que Gregorio Samsa, el protagonista de Die Verwandlung, no tiene. Apenas ha empezado el relato y, antes de que el protagonista tenga tiempo de tomarse un respiro, Samsa ha despertado para darse cuenta de que está convertido en un monstruoso insecto. La realidad, con todas sus señales, le revela que el sueño agitado ha quedado atrás y él ahora es algo nuevo: sus manos se agitan incontrolables sobre un dermoesquelto negro y afuera ya se escucha el cotidiano rumor del hogar que despierta para seguir con el habitual y tranquilo ritmo de la vida. Son las siete de la mañana y una espesa niebla cubre la ciudad.

Gregorio se ha convertido en un hombre-insecto. Y no para salvar a la ciudad o a la humanidad, a la usanza de los superhéroes, sino para que lo veamos afrontar su cambio involuntario a través de una atmósfera social, primero, de incómoda tolerancia, cercana al rechazo, hasta volverse poco a poco en una aversión totalmente manifiesta, que traspasa los límites del amor filial hasta convertirse en violencia explícita. Aquel insecto se vuelve para su propia familia en una especie de ancla vergonzosa de la que no pueden zafarse. Así, Gregorio Samsa se ve expuesto no sólo a recluirse, sino que su propia madre, su padre y su hermana, a quienes él había mantenido con su trabajo, lo tratan cada vez peor y ya no pueden reconocer en él al antiguo hijo noble y servicial que tanto sacrificó para sustentarlos.

Varios críticos han querido ver en esta historia una fábula que explora los efectos que el cambio puede acarrear a una persona al mostrarse “tal como es”, más allá de las máscaras con las que se protege de la sociedad. Otros se han acercado al texto con ánimo de indagar en la psicología “atormentada” del autor, que quizá se veía a sí mismo como un ser incomprendido en un mundo familiar cuyos fastidiosos rituales sociales lo angustiaban. Lo cierto es que en esta novela aparece lo que sería una de las características más constantes de su literatura: personajes desprotegidos ante circunstancias fuera de su control.

 

La promesa rota

Debido a su mala salud, Kafka fue rechazado para combatir en el frente. Ese rechazo lo usó para escribir febrilmente y le aseguró un lugar de privilegio para contemplar cómo el Imperio austrohúngaro, tras sufrir la derrota, se dividía en pedazos que, hasta la fecha, jamás han vuelto a integrarse. Además, tras dos compromisos de matrimonio cancelados con Felicia Bauer, a quien había cortejado con cartas diarias durante un buen tiempo, el área amorosa parecía relativamente cerrada.

El hecho de que sus escritos no hubieran trascendido más allá de sus amistades y la sensación desesperante de que su tuberculosis empeoraba, lo condujeron a darle su obra a Dora Diamant, su última amante, y a Max Brod, haciéndoles prometer que la quemarían. Cuando en 1924 cerró los ojos, se fue con la idea de que su vida y su obra quedarían ocultas para siempre en el anonimato. Dora quemó una parte de su obra; su amigo Brod, por el contrario, no cumplió. Consideraba que sería un verdadero crimen apartar de la mirada pública una obra tan extraordinaria que se adentraba, a través de parábolas desconcertantes, a escenarios surrealistas donde los personajes son víctimas de enredos, absurdos y violencias emergidos de un poder sin rostro que gobierna de arriba abajo y mediante una burocracia tirana y eficaz, que no permite jamás que el individuo pueda comprenderla sino sólo obedecerla. Quizá por ello mismo, su figura se convertiría entre los judíos en un símbolo de resistencia frente al inhumano nazismo.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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