La vastedad del patrimonio cultural mexicano es invaluable y para muchas naciones incluso envidiable. Durante los siglos XVII y XIX se perpetraron los más grandes saqueos de tesoros mexicanos por parte de extranjeros y diplomáticos. Actualmente más de 9,000 piezas mexicanas se encuentran repartidas en todo el mundo. En esta edición te compartimos una selección de tesoros mexicanos que se hallan en el extranjero.

 

 

10. Códice Borbónico

Este místico documento es uno de los más importantes códices rituales de los antiguos nahuas conservados hasta nuestros días. Destaca por sus dimensiones y por la calidad de sus ilustraciones; se divide en cuatro partes y describe las fiestas rituales de los aztecas y contiene los ciclos de un calendario adivinatorio y otro solar. Esta pieza se encuentra rodeada de incógnitas; no sólo su trayecto hasta Europa es poco claro, sino que también se desconoce si se realizó de manera tradicional o si posee influencias españolas, pues no está clara su fecha de elaboración, si fue antes o después de la conquista, aunque se estima que es originario de finales del siglo XV. El códice llegó al Palacio Borbón en 1826, luego de haber sido comprado en una subasta, y es resguardado desde entonces por el fondo antiguo de la Biblioteca de la Asamblea Nacional de Francia. Desde entonces ha sido exhibido en contadas ocasiones por la fragilidad del papel amate, dada su antigüedad.

 

9. Serpiente de dos cabezas

Existió un tiempo en que las serpientes de dos cabezas se deslizaban por territorio mexica; son muchos los indicios que confirman que hace algunos siglos las serpientes bicéfalas fueron de las criaturas más místicas y sagradas de esta cultura. Incluso la tradición oral afirma que el emperador Moctezuma tuvo un ejemplar de estas piezas en su zoológico personal. Embelesado por tener otra cabeza en lugar de cola, la consideraba uno de sus tesoros, pues le gustaba impresionar a cortesanos y visitantes con su enigmática serpiente. Los códices refieren que la serpiente no era mortífera, a pesar de sus colmillos; más bien era muy juguetona y dócil. Los artesanos más fieles a su encanto realizaron una escultura de este reptil en el año 1500 d.C., como una pieza de culto para los rituales destinados a Quetzalcóatl, “el Dios Bueno”. Esta pieza está cubierta con pequeñas placas de turquesa y actualmente se encuentra en el Museo Británico de Londres.

 

8. Dinteles de Yaxchilán

Las ruinas perdidas de Yaxchilán (“Lugar del Cielo Dividido”) causaron fascinación entre los exploradores ingleses del siglo XVIII. Los mayas de Yaxchilán usaban varios foros para expresar sus ideas, entre los que destacan las estelas frente a sus monumentos, y los dinteles, que cierran los vanos de las puertas en el interior de los templos. Las inscripciones mayas se leen de arriba abajo, en pares de columnas de izquierda a derecha. Están formadas en su mayoría por expresiones de tiempo. El estudio de estos glifos permitió descubrir que los dinteles contenían el registro de la historia de sus antiguos pobladores. En el Museo Británico de Londres se encuentra el dintel número 24, una de las piezas más significativas de la escultura maya. A punta de cincel fue reducido a la mitad para que pesara una media tonelada y pudiera ser trasladado hasta Inglaterra por órdenes del investigador Alfred Maudslay, quien en sus relatos confesó: “Quedé tan fascinado con la belleza extraña y terrible de ese objeto que sin pensarlo decidí llevármelo a casa”. Esta pieza muestra un ritual de ofrenda de sangre noble; sus tallados cuentan la historia de Escudo Jaguar, quien fue señor de Yaxchilán, y de Puño Pez, su esposa, quien se encuentra arrodillada frente a un hombre que sostiene una antorcha ceremonial por encima de su cabeza. La mujer porta un collar de jade y de sus antebrazos cuelgan pulseras de coral, y viste un huipil con bordados. Está en trance y con la mirada perdida: muestra una perforación de su lengua con una espina de pastinaca y pasa por ella una cuerda de majahua cubierta con espinas, atravesándola; se trata de una ofrenda de sangre para el heredero del trono.

 

7. Nican Mopohua

Es el texto más antiguo y detallado que se conoce sobre las apariciones de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego. Se cree que fue escrito por Antonio Valeriano en el siglo XVI; se estima que pudo haber sido redactado entre los 20 o 30 años sucesivos a 1531. El Nican Mopohua cuenta sobre las cuatro apariciones de la virgen bajo la advocación de Guadalupe, en las que solicitó a Juan Diego ver al obispo de México para pedirle que erigiera un templo en el Tepeyac. El obispo pidió una señal para convencerse de la sacralidad del mensaje y la Totlazotonanzin envió rosas de Castilla envueltas en la tilma de Juan Diego, que al desplegarla mostró la imagen de la Guadalupana. Este texto en realidad está contenido en un libro más amplio: el Huei tlamahuiçoltica y su título en realidad es: Huei tlamahuizoltica omonexiti in ilhuícac tlatohcacihuapilli Santa María Totlazonantzin Guadalupe in nican huei altepenáhuac México itocayocan Tepeyácac, que significa: “Por un milagro apareció la reina celestial, nuestra preciosa madre Santa María de Guadalupe, cerca del gran altépetl de México, ahí donde llaman Tepeyac”. La versión más antigua de este manuscrito consta de 16 páginas, data de 1556 y actualmente se encuentra en la Biblioteca Pública de Nueva York, donde ha estado desde 1880, luego de que fuera adquirido en una subasta. Se sospecha que pudiera tratarse del texto original.

 

6. Mural de Tetitla, Teotihuacán

La grandeza y el esplendor de Teotihuacán no se limita a las pirámides del Sol y la Luna; más allá de la ciudad sagrada se localizan cuatro barrios habitacionales: Tetitla, Tepantitla, Atetelco y la Ventilla, los cuales abarcan unos 22 kilómetros cuadrados, dimensión que en su época los hizo ubicarse como la sexta ciudad más grande del mundo. Tetitla fue habitado en las épocas de mayor esplendor de Teotihuacán, en los años 350 al 400 d.C. y del 450 al 550 d.C. Se trataba de un barrio con denotado status económico. Estaba decorado con impactantes pinturas murales alusivas a las deidades conocidas como “Las Diosas Verdes”, representadas con personajes femeninos asociados a la Chalchuhitlicue, identificada con la fertilidad. De igual modo, destacan las pinturas de “Jaguares en Procesión”, ocho de estos sagrados felinos portando penachos, asociados al poder y el misticismo. Una de las piezas de esta colección de murales se encuentra en Estados Unidos, en Dumbarton Oaks, Washington.

 

5. Códice Dresde

Es el libro más antiguo escrito en América del que tenga registro la historia; también se le conoce como Codex Dresdensis y se estima que data del siglo XI o XII, aunque también se cree que pudiera ser la copia de un texto que lo precede 300 o 400 años. El Códice Dresde es el más antiguo y mejor conservado de los cuatro manuscritos mayas que existen en todo el mundo. Actualmente se encuentra en las colecciones de la Biblioteca de Sajonia, en Dresde, Alemania. Este documento fue adquirido en 1739 por la Biblioteca Real de Dresde a un propietario privado; se desconoce su adquisición previa. Está integrado por 39 hojas de papel amate, con inscripciones en ambos lados que representan los calendarios de rituales y de adivinación. Además, contiene cálculos de las fases de Venus y de eclipses de Sol y de Luna. También incluye instrucciones para celebrar ceremonias de año nuevo y de adoración a las deidades que intervenían en la lluvia. Fue ampliamente estudiado por Ernst Förstermann, quien dilucidó sus sistemas numéricos, astronómicos y calendáricos. El investigador determinó que las deidades, los números y los nombres de los días se relacionaban con el calendario maya de 260 días, y exploró en la cuenta larga del calendario maya que contaba los días desde la fecha de la creación según su cosmovisión.

 

4. Penacho de Moctezuma

Es uno de los penachos más majestuosos que perteneció al tlatoani Moctezuma Xocoyotzin (1466-1520) y el único que se conserva hasta la actualidad, pero que jamás regresará a México. Hace casi 500 años que el quetzalapanecáyotl, o tocado de plumas de quetzal, salió de territorio mexica. Se trata de una de las pocas piezas de arte plumario que se conservan desde tiempos prehispánicos. Esta espectacular pieza fue obsequiada por el tlatoani al conquistador Hernán Cortés durante una visita diplomática. Sus proporciones son sorprendentes: mide 1.16 metros de altura por 1.75 m de diámetro. Lamentablemente los europeos desconocían este tipo de indumentaria y pensaron que se trataba de una capa o un abanico y lo aplanaron haciendo que perdiera su flexibilidad. Está conformado por 222 plumas de distintas especies, entre ellas, de xiuhtototl, tlauquechol, quetzal y cuclillo. En 2011 se habló por última vez de la devolución de esta pieza a México, negociando con el Museo de Arte de Viena; sin embargo, los investigadores consideran que la fragilidad del penacho le causaría un daño permanente al ser trasladado. En la actualidad se encuentra exhibido en el Museo de Etnología de Viena sin mucha certeza de cómo llegó a Europa y las peripecias que pasó hasta que fue resguardado por Austria. Es posible admirar una réplica de este penacho imperial en el Museo de Antropología e Historia.

 

3. Máscara de Tezcatlipoca

Se exhibe en el Museo Británico de Londres. Al parecer, esta pieza fue un regalo del emperador Moctezuma a Hernán Cortés, quien a su vez la donó a su emperador, el rey de España, Felipe II. Tezcatlipoca es el dios azteca y tolteca, a quien se considera la dualidad de Quetzalcóatl. Se trata del dios supremo presente en cada cosa y lugar, dios creador, dios solar, adjudicado al norte y asociado al frío, señor del fuego y la oscuridad. Su nombre significa “Espejo Humeante”. En la mitología era hijo del gran dios Ometéotl. Como dios creador reinó durante la era mitológica del Primer Sol, cuando se le adjudicaba ser el proveedor de la buena y la mala suerte. Es el patrón de la guerra y los guerreros. El discurso colonial y la conversión al catolicismo hicieron que Tezcatlipoca fuera asociado con el diablo. Los españoles intentaron borrarlo de la mitología nativa y suprimirlo como divinidad; con el paso del tiempo perdió importancia en la vida cotidiana del pueblo. La máscara fue fabricada sobre una base de madera cubierta de piedras preciosas con la técnica de mosaicos. Destaca porque tiene movilidad en la mandíbula inferior y por sus incrustaciones de dientes humanos. Es una pieza que sin duda maravilla a quien la observa.

 

2. Fachada de Placeres

En 1968 una cuadrilla de saqueadores liderada por el estadunidense Lee Moore, un traficante de orquídeas, arrancó la fachada de un templo maya en Calakmul y la mandó en avión al Museo Metropolitano de Nueva York. También conocida como Fachada de Placeres, consta de más de nueve metros con impactantes máscaras de estuco, glifos y dioses antiguos. En la actualidad es restaurada por arqueólogos mexicanos, luego de que fuera sacada de la pared con sierras de leñador y partida en 48 pedazos, embalados y transportados por un avión que salió de la selva abriéndose paso a machetazos para poder despegar. Este robo pudiera tratarse del más cínico saqueo de antigüedades de la historia. Moore trató de venderla a un coleccionista mexicano; posteriormente la ofreció al Museo Metropolitano de Nueva York por 400,000 dólares. Los investigadores, indignados por la oferta, buscaron la manera de regresarla a México con la intervención de las autoridades del Museo Nacional de Antropología e Historia. Y aunque actualmente la fachada se encuentra en la Sala Maya del Museo de Antropología, el robo de que fue objeto constituye un caso sin precedentes, pues es difícil imaginar que en estos tiempos los ladrones de arte se atrevieran a llegar tan lejos.

 

1. Saqueo de Chichén Itzá

Una siniestra conspiración se orquestó entre políticos e investigadores estadunidenses para que el cónsul Edward Herbert Thompson pudiera sacar del país de manera ilegal más de 30,000 objetos relacionados con la cultura maya, entre finales del siglo XIX y principios del XX. En contubernio con museos y personajes poderosos, Thompson fue nombrado cónsul de Campeche y Yucatán de donde sacó, en valijas diplomáticas, muchos objetos sin importarle las leyes que protegían el patrimonio cultural mexicano. Entre los personajes que ayudaron a Thompson en esa empresa destacan Stephen Salisbury III, benefactor de la American Antiquarian Society, y Charles Bowditch y Frederic Ward Putnam, financiadores del Peabody Museum. Considerado uno de los más cínicos saqueadores de tesoros mayas, comúnmente se le asocia con el saqueo de piezas del Cenote Sagrado de Chichén Itzá, pero también explotó otros sitios mayas como Labná, Uxmal, Loltún y lo que actualmente se conoce como Oxkintok. Se estima que entre las piezas contrabandeadas por el estadounidense se encuentran por lo menos 612 objetos de jade y oro, artículos como puntas de lanza, sílex, monedas, máscaras, cascabeles, objetos de madera tallados y más de un millar de piezas arqueológicas.

 


 

* Agradezco con cariño a la restauradora de arte Paola D’Rugama sus valiosas aportaciones para este artículo.

** Periodista por el Instituto Tecnológico de Monterrey, escritora y feminista por vocación.

 

 

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