Aracely Arizpe Ocañas

En momentos de fricción con nuestros hijos, especialmente durante la adolescencia, añoramos como padres la época en que los niños eran dóciles y obedientes. Sin embargo, quizá hemos olvidado que también cuando eran pequeños nos hicieron pasar muchos dolores de cabeza y muchas noches sin dormir. Así que si estás sufriendo por tu hijo adolescente, tómalo con calma y sigue estas recomendaciones.

A mi esposo y a mí nunca nos preocupó de qué manera íbamos a educar a nuestros hijos. Sólo los castigábamos cuando se portaban mal, los felicitábamos cuando sacaban buenas calificaciones y jugábamos mucho con ellos, motivando así la unidad familiar, nuestra fe y los valores que nosotros mismos habíamos heredado de nuestros padres.

En nuestra época jamás nos dijeron que desde pequeñitos teníamos que ponerles límites, darles responsabilidades y, si no las cumplían, imponerles consecuencias, para que cuando llegaran a la adolescencia fuera más sencillo tanto para ellos como para nosotros.

Así que conforme iban creciendo a nosotros nos daba mucho gusto que tomaran decisiones por sí mismos, como seleccionar su ropa, sus dulces o sus juguetes, a qué hora harían la tarea, cenar, irse a dormir, etcétera.

Pero cuando llegó la adolescencia y siguieron haciendo uso de la libertad que nosotros mismos les habíamos concedido, como elegir su forma de vestir, maquillarse, escoger sus cortes de cabello, su comportamiento, su lenguaje, etcétera, ya no nos daba tanto gusto, pues incluso se negaban a escuchar nuestras opiniones.

Entonces descubrimos que en esa etapa nuestros hijos no necesitan ni quieren nuestra aprobación, y nos costaba mucho trabajo aceptar sus elecciones —en ocasiones vergonzosas— que muchas veces ocasionaban un sinfín de discusiones familiares y matrimoniales.

Por esta razón, y porque a veces no sabíamos qué hacer, qué decir o cómo actuar, empezamos a comprar libros sobre la adolescencia, escuchamos pláticas sobre el tema y recogimos las experiencias de amigos cuyos hijos ya habían pasado por esta etapa. Eso nos ayudó a superar el problema, por lo cual me gustaría compartir esta reflexión.

Descubrimos que nuestros hijos empiezan a experimentar un deseo enorme de disfrutar su libertad, la cual, sabemos, los hará autoafirmarse y forjar su propia personalidad; pero es preocupante que se metan en problemas innecesariamente y después no puedan controlar la situación, y que nosotros no estemos preparados económica, emocional o intelectualmente para ayudarlos.

Además, en la adolescencia son muy vulnerables porque están en búsqueda de su identidad, y la soledad, la inseguridad, la falta de autoestima, aunado a su inexperiencia, los vuelve un tiro al blanco de personas abusadoras en la escuela. Muchos de ellos sufren rechazo o burlas por cualquier cosa. Y como la comunicación entre el adolecente y sus padres se ha perdido, ya sea por falta de confianza, porque los adolescentes se sienten autónomos o porque es mucho más importante la opinión o la influencia de sus amigos, lo anterior provoca constante tensión pues muchos de estos chicos son presa fácil de los grupos urbanos.

¿Qué es la libertad para un adolescente?

La libertad consiste en tomar las propias decisiones. Recuerda que a mayor represión de los padres, mayor rebeldía de los hijos. Lo más importante para un adolescente es la aceptación de sus iguales, quienes muchas veces realizan acciones en contra de sus propios principios, con tal de seguir siendo aceptados por su grupo de amigos, aunque las consecuencias de sus actos sean terribles. La libertad de un adolescente consiste en hacer aquello que hasta el momento tenía prohibido o no se había atrevido a hacer, desde desafiar a sus padres y a cualquier tipo de autoridad, hasta consumir alcohol, fumar, ver revistas o películas para adultos, faltar a la escuela, ponerse aretes o piercings, tatuarse la piel, mentir, tomar dinero o el auto sin permiso, etcétera. De ese modo surgen problemas, como alcoholismo, drogadicción, promiscuidad, enfermedades venéreas, embarazos no deseados, abortos, madres solteras, accidentes automovilísticos… Y con tal de evitar regaños y confrontaciones con los padres prefieren no llegar a dormir a casa. Desgraciadamente a veces los padres no descubrimos en qué pasos andan hasta que nos llaman de la escuela, el hospital o la delegación.

Los adolescentes también pueden adoptar comportamientos agresivos hacia sus padres u otras personas, como burlas, uso de vocabulario soez, abuso de internet, robo de nuestras tarjetas de crédito… a lo que recurren sólo por el placer del riesgo.

Y en ocasiones nosotros, como padres, ante esa actitud negativa reaccionamos también negativamente, con castigos, agresiones verbales, juicios hirientes, hablándoles con su mismo lenguaje, enrolados en un interminable y agotador juego de ping-pong que acaba afectando nuestra relación familiar y matrimonial.

En el fondo nuestros hijos tienen miedo de ejercer su libertad y ese temor también lo experimentamos como padres. Sin embargo, ellos temen no hacer buen uso de su libertad. Por eso, sin darnos cuenta, en ocasiones nos volvemos policías, guardaespaldas o custodios de sus vidas. Así que sólo nos queda convencerlos que ellos son los únicos responsables de sus acciones para que puedan tomar decisiones inteligentes y asumir sus consecuencias.

Quizá el primer paso que tenemos que dar como padres es entender y persuadir al adolescente de que todas las cosas que hace tienen una consecuencia que afecta mucho más su vida que la nuestra. Y por lo tanto él tiene que resolver sus problemas. A nosotros sólo nos corresponde ser guías y espectadores, aunque esto último nos resulte doloroso.

Por desgracia conozco a muchos matrimonios que cargan las culpas de los errores de sus hijos, a tal grado que terminan en divorcios. Si actuamos sólo como acompañantes no estamos evadiendo nuestra responsabilidad; por el contrario, ayudamos a nuestros hijos a crecer de la única manera posible: enseñándoles a hacer uso responsable de su libertad. Y aunque de antemano sabemos que van a cometer errores, de este ejercicio también aprenderán.

Un segundo paso consiste en aprender a relajarnos y a tomar las cosas con calma. Debemos evitar a toda costa que sus actitudes y sus desafíos nos afecten, y estar muy alertas, porque el adolescente es un experto en el arte de la manipulación para atraer nuestra atención. Hay que hablarles siempre en un tono bajo y amable, dándoles las suficientes explicaciones acerca de por qué no es posible otorgarles ese permiso que solicitan, y ser firmes y congruentes sobre lo que no podrán hacer ni decir.

El tercer paso tiene que ver con no caer en su juego. Si cada vez que persiste un mal comportamiento el adolescente consigue la atención negativa que nos demanda (regaños, gritos, castigos, peleas, distanciamiento, etcétera) habremos entrado en su juego y haremos exactamente lo que él quiere. De esta manera habrá un retroceso en nuestra convivencia familiar. Una de las mejores estrategias para evitar lo anterior es ignorarlo (“¡Hablaremos contigo hasta que te calmes!”). Si no caemos en su juego y no perdemos la calma, el adolescente descubrirá que a pesar de su mal comportamiento no tendrá nuestra atención.

Un cuarto paso consiste en mejorar nuestra comunicación. Comunicarnos de manera paciente, cuidando nuestro lenguaje no verbal, será de gran utilidad. Así lograremos cambios no sólo en nosotros sino también en el adolecente, pues le enseñaremos una forma nueva de pedir las cosas con respeto.

El quinto paso tiene que ver con reconocer y recompensar los logros del adolescente, por pequeños que sean. De esta forma, entrará en una fase de autoafirmación. Y alabarlo si está bien peinado, si está de buen humor, si arregló su cuarto (aunque sólo haya recogido la ropa del suelo), servirá para motivar su esfuerzo por agradarnos.

Una recompensa implica darles confianza, dejándolos ir al cine u organizando una fiesta en casa con sus amigos, lo cual es ideal para conocer con quiénes se relacionan. El dinero también puede ser una recompensa por su buen comportamiento, aunque asimismo se les puede motivar concediéndoles tiempo para jugar con sus videojuegos o pagándoles el saldo de su teléfono celular.

Un sexto paso implica poner límites y determinar las consecuencias cuando éstos sean transgredidos. En cualquier deporte, en todos los juegos de mesa, en la escuela, en la sociedad, en todos lados existen límites y consecuencias. De la misma manera debemos aplicarlos con nuestros hijos. Por lo tanto, es una buena idea elaborar una lista de sus responsabilidades y de las consecuencias de no cumplir con ellas; por ejemplo, dependiendo de sus calificaciones podríamos aumentar o disminuir el dinero que les damos semanalmente.

El adolescente debe entender que los padres no somos quienes le quitamos sus privilegios, sino él mismo, al rebelarse contra las reglas y los límites que se le imponen en la casa. Y por lo tanto debe asumir las consecuencias de su irresponsabilidad. En la adolescencia se aprende a negociar: lo que los jóvenes aprenden en esta etapa de su vida lo ejercerán en el futuro para adquirir el derecho de tener éxito en la vida.

El séptimo paso implica cumplir las promesas que hagamos. Si le prometimos llevar a nuestro hijo a ver un partido de futbol después de hacer su tarea puntualmente, debemos hacerlo sin ningún pretexto.

De la misma forma, debemos respetar nuestras decisiones de confiscar su celular, desconectar la computadora, reducir el dinero que le damos, etcétera, si ignoró sus responsabilidades. Es muy probable que el adolescente se resista al castigo, pero tendrá que aceptarlo. Asimismo, es posible que a nosotros nos causen dolor las medidas que tomemos, pero no debemos retroceder. Ésa es la única opción para que se vuelvan responsables.

Nuestros hijos deben entender que, independientemente de la actitud que asuman, se cumplirán los castigos. Y será así porque los amamos y nos interesa su vida y su bienestar. Nuestra firmeza en este aspecto les proporcionará confianza y seguridad.

Un octavo paso consiste en que ambos padres estén de acuerdo en las medidas que se tomen respecto de sus hijos y se apoyen mutuamente. Un adolescente es la persona más alerta que existe en casa y siempre sabrá a quién recurrir para conseguir algo concreto, porque conoce nuestras debilidades y abusa de ellas. Por lo tanto, ambos padres deben tomar decisiones juntos y en privado para estar de acuerdo con los límites, permisos y consecuencias que se impongan al adolescente. Así evitarán ser manipulados sin darse cuenta.

El noveno paso consiste en pedir ayuda. En la actualidad existen muchas herramientas y especialistas que pueden ayudarnos a salir de una situación indeseada. Recurrir a un psicólogo, psiquiatra, psicoterapeuta o pedagogo calificado es de suma importancia. Muchos adultos se niegan a pedir ayuda, pero recuerda que si los papás viven un infierno, el hijo estará peor.

Finalmente, no olvides la importancia de dar amor. Aunque es difícil que un adolescente acepte las muestras de afecto de sus padres, es fundamental demostrarle afecto para que se sienta amado. Él debe saber lo mucho que lo amamos a pesar de su comportamiento, de su malhumor y de su falta de escucha. Debe estar consciente de que es una parte importante de nuestra vida, que somos capaces de dar nuestra vida por él y que podrá contar con nosotros para acompañarlo en esta maravillosa aventura que es el camino hacia la adultez.

La familia es el campo de entrenamiento donde los adolescentes tienen la oportunidad de expresarse y de aprender a comunicarse, a socializar y a cometer errores. Y todas esas experiencias son ejercicios de aprendizaje. Llegar a ser adulto no es fácil y en ese proceso nuestros hijos tienden a dar patadas y manotazos de ahogados con lo que a veces nos lastiman. Tengamos presente que nuestros hijos son nuestros maestros y nos obligan a abrir nuestros horizontes. Nuestra función es educarlos y acompañarlos contra viento y marea, como si ellos fueran el capitán del barco, y nosotros sus fieles marineros. Habrá lluvias y tempestades, pero al día siguiente saldrá el sol y de nuevo veremos un hermoso amanecer.

 

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