Ingrid Tapia

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En el mes en que celebramos el Día del Padre, nada mejor que reflexionar acerca de cuáles son los deberes de un buen padre y cuáles son las necesidades de los hijos que se deben atender, más allá de opiniones personales, para contribuir a su mejor desarrollo.

En un país en el que estamos muy lejos de los mínimos estándares de atención de la salud mental, la mayoría de las personas vivimos la vida en Braille: a tientas. La pasamos repitiendo los patrones de conducta aprendidos en nuestra infancia, en sentido directo o inverso, limitándonos a imitar a nuestros papás, como fueron con nosotros, o todo lo contrario, evitando ser como ellos. Así, no falta el padre que cree que es buen papá porque le da a sus hijos todo lo que “él no tuvo” (lo necesiten o no), o el que cree que hay que darle a los hijos lo “menos que se pueda” para que crezcan con ambición (lo necesiten o no). En ambos supuestos, cuando así actúan, objetivamente están obrando de forma incorrecta.

Lo cierto es que sí existe un parámetro objetivo sobre las necesidades de los hijos y, por lo tanto, también hay un parámetro objetivo de los deberes de un buen padre. El hecho de que cada niño o persona adulta tenga necesidades diferentes no implica, jamás, que no existan las “necesidades” en sí mismas. Ser buen padre es un acto de justicia y, como la justicia en su sentido general, implica dar, caso por caso y persona por persona, lo que cada quien necesita (lo suyo) para su mejor desarrollo y en la medida de lo posible.

Las necesidades de nuestros hijos no dependen de lo que tuvimos o de lo que carecimos cuando éramos niños. Sería como permitir a un juez que sentencie un juicio no por lo que dicen y prueban las partes, sino en función de cómo lo trató la justicia (al juez) en algún asunto de su pasado. Para la construcción de ese parámetro objetivo, la medida de lo que debemos dar a nuestros hijos, y en general a los que dependen de nosotros, hay tres cosas que vale la pena recordar:

- Las necesidades de nuestros niños no están sujetas a la opinión ni a las creencias de cada quien. Tan es cierto esto que todas las leyes de los países occidentales coinciden en que vivienda, comida, ropa, atención médico-quirúrgica y educación, llamados en conjunto “alimentos”, constituyen los mínimos a los que por ley estamos obligados. Más aún, la tendencia jurisprudencial ha incorporado, en los años recientes, a esa lista tradicional, los gastos para el esparcimiento, porque la diversión es elemento vital de la infancia.

- Las necesidades varían en relación con la edad y el estado de salud de cada niño. Así, cubiertos los mínimos, el resto de lo que demos deberá ponderarse que no hay que dar a los hijos cosas que no pueden controlar adecuadamente, pues suele ser tan impropio como negar lo que sí necesitan. Dar a niños pequeños autos, teléfonos, dinero, joyas u otros artículos suntuarios es tan riesgoso como no darlos a personas mayores, porque implica generarles estados de vulnerabilidad.

- Para la cuantificación debemos tomar en cuenta el medio en el que se desarrollan. Esto implica tener doble prudencia: a) la de propiciar que nuestros hijos crezcan en espacios donde su situación económica no los coloque en abierta desventaja, y b) entender que hay bienes que ellos perciben como necesarios para interactuar con sus pares.

Para cuantificar lo que debemos dar, la palabra de oro es proporcionalidad. Tomando como base esos tres criterios, queda por señalar que “lo que se da” no vale por el precio de lo dado, sino por lo que tal precio significa para quien lo da. No es mejor quien da más dinero a sus hijos frente a quien da menos. No se trata de pura cantidad.

Los buenos padres, y en general los mejores seres humanos, ponen a la disposición de quienes aman la mayoría de cuanto poseen. Un padre que da un millón de los cien millones que gana, no será nunca mejor padre que el que da mil pesos de los mil doscientos que recibe. Es tan simple como dar lo mejor que uno puede. Además, no debemos olvidar que el bienestar de los niños siempre depende del bienestar de las personas que cuidan de ellos. La fórmula: “Mis hijos bien y su mamá mal” sencillamente no funciona (menos cuando su mamá es la que se hace cargo de ellos). Dar parejo entre los hijos, proporcionarles cosas que no necesitan y negarles las que sí, son —todas— conductas de abierta injusticia.

Los padres sanos son capaces de poner a prueba la famosa frase de Freud: “Infancia es destino”. Se comprometen a conocer cuáles son las necesidades de sus hijos, atendiendo a su desarrollo y a su entorno, y a cubrirlas hasta donde su esfuerzo alcance. Sobre todo, son capaces de entender que sus hijos no deben “pagar” o “cobrar” los que ellos recibieron o dejaron de recibir. Nuestros hijos son inocentes de nuestro pasado y no deben “factura” alguna.

Por último, sólo los privados de inteligencia o de salud mental no entienden que sus hijos les son “propios” y que dependen de ellos. Ninguna persona sana necesita que un juez se lo recuerde. No dejemos que nuestra infancia sea su parámetro… Que sea su propia infancia su destino. La que les demos con alegría y hasta el límite de nuestra humana posibilidad. Ni más, ni menos.

NOTAS

* Abogada especialista en derecho civil y familiar en Think, Action & Development (TAD), Centro de Análisis y Propuesta Estratégica.

 

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