A través de la historia podemos constatar que la preocupación de las mujeres por lucir bellas ha sido una constante, al grado de que llegaron a utilizar productos letales con tal de ser consideradas más bellas que las demás. Aquí te presentamos los secretos de belleza que el género femenino ha utilizado en diversas culturas a lo largo del tiempo.

 

La belleza en la cultura azteca

Entre los aztecas, el tono de piel iba de cobrizo a canela, pero la piel amarilla era la que se consideraba más bella. Por lo tanto, la frotaban contra tierra amarilla o con axil, una sustancia pegajosa creada a partir de la pulverización de un insecto, que se untaba en la cara. La llaveia axinus también se empleaba para mantener brillantes y largas las cabelleras de las jóvenes. El tzictli era el chicle y lo masticaban combinado con el axin para combatir el mal aliento y limpiar los dientes. Entre las mujeres aztecas era muy importante mantener una piel joven y fresca, por lo que utilizaban una mascarilla hecha de las hierbas ecapatli, tlalquequetzal y excremento de paloma. Utilizaban la cochinilla para decorar su boca; sin embargo, no la usaban sobre los labios, sino en los dientes.

El uso de fragancias era muy común. Por esta razón muchas mujeres tenían como perfume de cabecera el xiuhamolli, una mágica hierba que contiene químicos que disuelven la grasa y la mugre. También utilizaban esta planta como jabón, detergente y decolorante de cabello.

 

Épocas griega y romana

En los griegos encontramos la afición por la pintura. Aspasia de Mileto, la compañera de Pericles, escribió un libro completo de recetas de belleza que celebra los beneficios de la pintura facial.

En Roma, los hombres y las mujeres pudientes se untaban con aceites perfumados con helenium, oesype de Atenas y lamentum, y para parecer pálidos, pulvis cretoe celusoe. En los labios se untaban el bermellón. Las romanas ricas se teñían de rubio para lucir cabellos dorados como las bárbaras de la Germania, que tanto seducían a sus maridos y a las legiones del Imperio. Para hacerlo, se aplicaban azafrán, como con el arroz, o grasa de cabra y cenizas de haya. Las pelucas se pusieron de moda y Mesalina, la esposa del emperador Claudio, llegó a coleccionar más de 700, todas rubias.

 

Egipto

En el Egipto de los faraones, para lavarse las personas utilizaban una esponja empapada en sustancias abrasivas como la raíz de la saponaria, la sosa o la ceniza de haya, o directamente la piedra pómez. Después se aplicaban aceites para evitar la resequedad y las grietas de la piel. Depilarse era un hábito de hombres y mujeres, que formaba parte del proceso de limpieza general y para lo cual se empleaban pinzas o una especie de cera a base de brea, aceite, así como una sustancia cáustica.

Teñirse el pelo también era habitual. Las canas se disimulaban con color artificial. Los antiguos egipcios se lavaban todos los días; inventaron la ducha y por higiene se rasuraban la cabeza —ya que en esa época había muchos parásitos—, por lo cual usaban pelucas. Aunque las pinturas faciales aparecieron ya en el neolítico y casi en el paleolítico, los egipcios fueron quienes más las lucieron. En un principio, se pintaban los ojos para prevenir las inflamaciones oculares que provocaba el clima del desierto y para repeler los insectos. Usaban productos de belleza con antimonio, una sustancia química altamente tóxica, para ennegrecer las cejas y las pestañas.

Uno de los grandes secretos de Cleopatra —la última gobernante de la dinastía ptolemaica del Antiguo Egipto— para mantener una piel joven y bella fue bañarse con leche de burra (Popea Sabina una de las mujeres mas hermosas en la antigua Roma y segunda esposa de Nerón, también empleaba esta práctica). Cleopatra solía aplicar leche de vaca combinada con miel en su rostro para mantener su hidratación y su frescura. También colocaba carne de ternero cruda en su piel durante algunos minutos, después la retiraba y, a continuación, se lavaba con agua tibia.

 

Edad Media

Esta época fue muy sobria, si bien es verdad que existieron las lociones de la reina de Hungría. No olvidemos que la Edad Media, teocéntrica por excelencia, anhelaba el cultivo de la belleza espiritual más que el de la belleza corporal.

 

Renacimiento

Catalina de Médicis, al llegar a Francia, abusó considerablemente de pastas, pomadas y otros ingredientes que le preparaba su perfumista favorito, René. Tenía por competidora de belleza a Diana de Poitiers, la amante de su marido, el rey Enrique II. Durante esta época, la afición por los productos de belleza era tan fuerte que hasta las religiosas se pintaban, ocultas bajo sus velos. En esta coyuntura histórica prevaleció la visión del mundo como lugar de pleno goce y la estimación del cuerpo como fuente de placer.

Diana de Poitiers, distinguida amante del rey Enrique II que estaba obsesionada por la belleza y por mantenerse joven, llevaba un estricto régimen alimenticio. No comía carne, y su dieta se basaba en frutas y verduras, caldos, leche y huevo. Practicaba diariamente de dos a tres horas de equitación antes del desayuno. Todos los días se bañaba con agua fría, casi helada, y tomaba masajes corporales y faciales con cremas que ella misma preparaba. Además, ingería un elíxir de oro metálico puro, disuelto en cloruro de oro y dietil éter. Esa piel traslúcida de una blancura casi cadavérica, y esa mata de pelo claro tan fino como la seda más exquisita, tenían su fuente en la anemia progresiva que le producía la intoxicación crónica por oro. Diana moría, poco a poco, de belleza.

Hace un tiempo, a pesar de haber pasado más de 400 años, los científicos encontraron grandes concentraciones de oro en los residuos de tejido y cabello de la Poitiers. Según su informe, una concentración de oro tan alta como la hallada podría corresponder a un síndrome de intoxicación crónica que habría provocado anorexia, náuseas, empobrecimiento del cabello, diarrea y una anemia que explicaría la tez particularmente blanca de Diana.

 

El Romanticismo

La mujer romántica (que vivió de finales del siglo XVIII a mediados del XIX) debía ser pálida, delgada y de mirada lánguida. Por lo tanto, fueron abolidos los tonos rosados de las mejillas y se adoptaron los polvos y las cremas que daban a la piel una bella palidez sentimental. Todas las mujeres de esa época bebían vinagre y agua de cominos para estar pálidas y tener una mirada de aspecto febril. Las ojeras otorgaban al rostro el toque de fragilidad que buscaban las mujeres. El maquillaje a base de plomo fue muy popular. El producto era conocido como “cerusa veneciana”, “espíritu de Saturno” o simplemente “cerusa”. Se preparaba disolviendo plomo blanco en vinagre para crear una sustancia que se aplicaba a la cara como una máscara. El litarge de oro, un polvo de óxido de plomo, también fue popular en el siglo XVII, como un polvo para la cara.

En el siglo XVIII el uso de la cerusa estaba muy extendido en el seno de la nobleza de Europa. Los productos de cosmética no estaban dirigidos sólo a mujeres, pues los hombres también los utilizaban. Se cree que el envenenamiento por esos productos causó muchas muertes. De hecho, la cantidad de veneno ingerido por las mujeres victorianas, en la búsqueda de este aspecto, también implicaba una búsqueda de la muerte.

Uno de los riesgos más temerarios de la moda de tener piel blanca y mejillas rosadas lo constituyó el uso de cosméticos con grandes dosis de arsénico, siendo las obleas para la piel de este metal las más comerciales. Estas obleas prometían remover espinillas y limpiar las manchas solares de la cara. Asimismo, en su afán por conseguir una piel perfecta, tomaban tiza o mercurio.

 

Las pelucas

Durante el siglo XVII en las cortes reales las pelucas de las mujeres eran todo un arte. Los estilistas pasaban horas diseñando y esculpiendo pelucas para todas las aristócratas de la época. Las más especiales eran para la reina María Antonieta. Para fijarlas en su lugar se utilizaba manteca de cerdo, la cual atraía a las ratas, que todas las noches intentaban devorar las pelucas mientras las mujeres dormían, de modo que se vieron forzadas a guardarlas en jaulas para mantenerlas a salvo de los roedores.

 

Depilación con veneno

En los últimos años del siglo XIX se produjo la breve moda de usar acetato de talio como método de depilación. El químico se utilizó como una crema depilatoria para las mujeres para la eliminación del vello corporal.

El talio es intensamente tóxico. De hecho, su uso como veneno para matar ratas era frecuente. En las décadas de 1920 y 1930, después de una serie de incidentes horribles, el talio fue reconocido como un producto tóxico.

 

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