A lo largo de este 2017 te presentaremos, en esta sección de rutas prehispánicas, los recorridos que hicieron los antiguos pobladores del territorio que hoy comprende México, en los cuales dejaron evidencia de sus civilizaciones, zonas arqueológicas y riquezas culturales. Arrancamos con la cultura olmeca, considerada la cultura madre de la civilización mesoamericana.

 

 

 

La olla volteada

Hacia 1862, un peón de una hacienda azucarera al oriente de la Sierra de Los Tuxtlas trabajaba en desmontar la selva, según las órdenes que había recibido. Al poco tiempo de estar en eso, topó con lo que parecía ser el fondo de una gran olla de hierro invertida. Creyendo que había dado con un tesoro desconocido, dio aviso al propietario de la tierra, quien mandó que fuera a desenterrada. Ante la sorpresa de todos, apareció frente a sus ojos una gran cabeza esculpida. Era cierto que no se había hallado un tesoro al estilo de los piratas, pero era una manifestación cultural mucho más importante. Aquel humilde peón, cuyo nombre no ha registrado la historia, había dado con los restos monumentales de Tres Zapotes y de una antigua y poderosa civilización que nadie había considerado que hubiera podido existir en aquellas tierras: la cultura olmeca (1200-400 a.C.).

 

Surge la duda

Las investigaciones revelaron que la cultura olmeca era la más antigua de Mesoamérica, además de que añadieron el descubrimiento de otras cabezas monumentales. En la actualidad, el número de éstas asciende a 17, diez de las cuales fueron halladas sólo en San Lorenzo (1200-900 a.C.), el cual es considerado como el primer sitio de esta cultura.

Las cabezas colosales tuvieron un claro fin político: recordar a los súbditos quién era el gobernante. Sin embargo, surgía una duda básica al investigarlas, debido a que la zona de San Lorenzo es plana, además de pantanosa, y a que no existen canteras cercanas para acopiar el material con el cual hacer esculturas de esas características. Aquellos primeros arqueólogos volvieron la mirada hacia la respuesta más obvia: el único lugar con el basalto adecuado para tallar esas rocas se encontraba en la Sierra de Los Tuxtlas. A 80 kilómetros de distancia en línea recta. Pero el camino no era nada plano ni en línea recta. ¿Cómo, pues, habrían hecho para llevar aquellas cabezas de seis a 20 toneladas a lo largo de todo aquel camino accidentado?

 

Un viaje azaroso

Sin duda, una de las obras más costosas y difíciles a las que se enfrentaban los escultores olmecas era el tallado del retrato monumental del gobernador. ¿Sería la muerte del anterior jefe o una orden ejecutiva la que los pondría en marcha hacia Los Tuxtlas? No lo sabemos, pero lo que parece ser cierto es que una expedición así requería una cantidad considerable de trabajadores, desde los escultores hasta los constructores de balsas y aquellos que pudieran dirigirlas a través de los vericuetos de los ríos, además de varios guerreros que los defendieran de los ataques de otros grupos humanos o de los animales salvajes: ocelotes y caimanes, principalmente.

Lo primero sería conseguir las naves que los llevaran, descendiendo por el cercano río Coatzacoalcos a través de casi 120 kilómetros hasta la desembocadura de éste en el Golfo de México. Era el propio río, a veces más rápido, a veces más lento, el que los iba empujando sin que ellos tuvieran necesidad de esforzarse demasiado. Incluso, probablemente, las balsas iban sueltas y la llegada al mar resultaba muy relajada.

El cabotaje, es decir, el bordeo de la costa marina por 40 kilómetros, con la ayuda de sus remos, luchando contra la marea y el viento, hasta llegar a las inmediaciones de la Sierra de Los Tuxtlas, debió representar un reto mayor. ¿Qué pensaban de ese enorme océano y de la vasta variedad de sus especies? ¿Cuántos días estarían allí, cerca de la playa, saliendo de la marea a descansar del viaje? ¿Dos, tres, cinco? ¿Todavía en ese punto la expedición estaría completa?

En Los Tuxtlas

La Sierra de Los Tuxtlas es una región extraña para la geografía de Veracruz. Es una excepción montañosa pegada al Golfo de México que alcanza en sus cumbres volcánicas más altas 1,700 metros sobre el nivel del mar, cuando el promedio de los alrededores, incluido San Lorenzo, es de ocho metros. Es como una torre natural que recoge las aguas de las nubes costeras y las deposita en una laguna interior (la famosa laguna de Catemaco) de donde parten diversos ríos que alimentan al río San Juan. Se asegura que es la región donde llueve más en todo México.

Tanto por su orografía como por su biodiversidad, para la expedición de San Lorenzo aquello debió ser un lugar maravilloso en todos los sentidos, ya sean religiosos, mágicos o naturales. Los escultores no debían perder mucho tiempo en buscar, elegir y adaptar una gran piedra basáltica lo suficientemente grande para que mostrara en todo su esplendor al gobernante. Después, un grupo de trabajadores arrastraría el bloque hasta el muelle de embarque.

De regreso

¿Cómo arrastraban la roca? Las teorías más aceptadas son aquellas que sostienen que lo hacían con cuerdas y troncos de madera que iban poniendo debajo y más de 100 personas jalaban la piedra en la dirección deseada. Una vez en el muelle, la subirían a la balsa que la conduciría por uno de los pocos ríos navegables que descienden de Los Tuxtlas, hacia el San Juan.

La ruta que eligieron a partir de este punto no es clara. Una opción pudo haber sido volver por el mismo sitio y dejarse ir por la corriente hacia el norte por el río San Juan hasta el Golfo de México. A partir de allí luchar contra el mar hasta alcanzar la desembocadura del río Coatzacoalcos y subir a contracorriente por aquellos 120 kilómetros de río hasta San Lorenzo.

La otra opción consistía en remontar el río San Juan lo más posible hacia el sur-poniente. En esa dirección, tarde o temprano, alcanzarían un punto, seguramente conocido por ellos, donde este río se encuentra a pocos kilómetros de camino por tierra de los afluentes del río Coatzacoalcos y, a partir de allí, seguir el curso de este último hasta llegar al río San Lorenzo: justo en dirección contraria a la que habían partido.

Aquella travesía, sin lugar a dudas, era arriesgada y no exenta de desventuras, pero valía la pena no sólo por la posibilidad de fabricar una de las más sorprendentes obras escultóricas que nos han dejado los antiguos pobladores de Mesoamérica, sino por los obsequios y las recompensas que con seguridad les esperaban a quienes habían sido partícipes de aquella peligrosa expedición.

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