Hay pocas aventuras tan complicadas y a la vez tan organizadas como alimentar con manjares raros los exigentes paladares de las élites de la Mesoamérica prehispánica. Sobre todo cuando de pescados se trataba, debido a la facilidad con que este producto puedía echarse a perder.

 

Aunque Teotihuacán se encontraba cerca de la laguna de Texcoco, de donde se podían obtener con facilidad bagres para las sopas, los casi 400 kilómetros que la separaban de la costa del Golfo constituían un reto sin duda agotador cuando se trataba de preparar un guiso con peces marinos.

Sin embargo, es claro que los dirigentes más encumbrados de la cultura teotihuacana, al tener el control de prácticamente todo el centro y el oriente del México actual, de vez en cuando se regalaban la posibilidad de probar otras clases de pescados transportados directamente del mar. Esto no era un evento inusual, como lo indican los restos encontrados en el barrio teotihuacano de Teopancazco, donde se ha hallado una gran cantidad de peces bobo, mojarras, huachinangos, robalos y barracudas.

Comienza el trayecto

El principio del viaje se encuentra en sitios arqueológicos como las Higueras, que se ubica al norte del puerto de Veracruz y al sur de Tecolutla. Éste lugar estuvo habitado desde la época Preclásica, bajo influjo olmeca, hasta el Posclásico, cuando tuvo una fuerte influencia totonaca y teotihuacana. Una de las características distintivas de este sitio son sus murales, en los cuales aún pueden observarse elocuentes escenas de sacrificios humanos y decapitaciones ligadas al sagrado juego de pelota.

Por su cercanía con la costa se puede inferir que aquí comenzaba la preparación de los alimentos que tendrían que ser llevados a la gran metrópoli. Los peces, por su poca capacidad de soportar en buen estado un viaje tan largo, eran procesados para su conservación mediante la salación, el cocimiento de su carne en tamales o el secado al sol.

El transporte más rápido, con toda seguridad, fue una red de comerciantes organizada en postas. Es decir, tan pronto como recibían el producto, hombres especializados en grandes marchas avanzaban de un sitio a otro pasando el pescado de mano en mano hasta llegar a su destino: los mercados del centro del imperio. Lo habitual era que en cada jornada se avanzaran 30 o más kilómetros.

Una civilización por descubrir

El Pital reúne las características de ser uno de los puntos ineludibles de la ruta de comercio de la Antigüedad. Explorado en 1994 por el profesor estadounidense Jeffrey Wilkerson, se descubrió, cerca de la ribera del río Filobobos, en Veracruz, un conjunto de aproximadamente 150 montículos que tienen todos los visos de ser pirámides.

No obstante el misterio que rodea a este lugar y la falta de una investigación que determine con exactitud la función de El Pital en las grandes ciudades mesoamericanas, se puede suponer que, por su extensión, calculada aproximadamente en 100 kilómetros cuadrados, fue una puerta estratégica previa de los productos costeros que provenían tanto de La Higuera como de Tecolutla o El Tajín.

Después, siguiendo a contracorriente el curso del río Filobobos, se alcanzaba la ciudad de El Cuajilote, que estuvo ocupada ininterrumpidamente desde el año 300 antes de nuestra era hasta el 800. Aquí, quienes transportaban los pescados, después de trasladar su valiosa carga a otro relevo, seguramente tomaban un descanso reparador en algunos temascales o aprovechaban su estadía para llevar ofrendas a Tlaltecuhtli, el “comedor de inmundicias”, representado por la escultura de un sapo que en la actualidad se encuentra incompleto.

El relevo, mientras tanto, se dirigía a los pasos que, a través de cientos de años de exploración del terreno y de contacto entre pueblos, se habían abierto a través de las escarpadas montañas que separan la región veracruzana del Altiplano central.

Atravesando las montañas

Una guía que pudieron haber seguido para no extraviarse en la profundidad de los riscos sin duda debió ser el propio río Filobobos. Después, más adentrados en aquellos parajes de frío, barrancos y niebla constante, pudieron haber tomado la ruta que desemboca en la actual Teziutlán, Puebla, en aquellos días un bastión de gran importancia. Una vez transferida la carga, el relevo avanzaba hasta la región de la laguna de Alchichica, cercana a la gran ciudad de Cantona.

Este sitio merece una mención aparte debido a su impresionante tamaño y al número de juegos de pelota que se han hallado en ella: más de 24, lo que lo convierte en un lugar absolutamente sagrado. Además, hay que hacer notar que las estructuras piramidales halladas allí carecen de cementantes, lo cual quiere decir que los edificios no están unidos sino por la precisa disposición en que las piedras fueron colocadas una sobre otra. Por otra parte, impresiona su organización amurallada, que separaba las pirámides sagradas en la cima del cerro del resto de la ciudad.

El valle de Tlaxcala  

Los relevos continuaban desde Cantona a través del terreno más llano que conecta a este importante sitio con la región tlaxcalteca. Es probable que la ruta seguida tocara sitios tan importantes como Tlaxcala y otros impresionantes como Cacaxtla y Xochitécatl.

En la actualidad Cacaxtla se distingue por conservar unos espectaculares murales, entre los cuales destaca el Mural de la Batalla, que describe, con colores vivos y gran maestría, una guerra sangrienta entre guerreros jaguares que derrotan a los guerreros pájaros invasores. En el cerro cercano se alza el sitio de Xochitécatl, tan sólo a dos kilómetros de distancia, donde sobresale un edificio en espiral que remite al culto del dios del viento, es decir, de los remolinos.

A partir de aquí, la distancia que separaba a los cargadores de pescado de la gran metrópoli de los dioses era de 100 kilómetros.

El final de la ruta

Tecoaque es un pequeño sitio arqueológico que se encuentra justo a la mitad de ese camino, en el actual municipio de Calpulalpan, y que debió ser el punto desde el cual los cargadores avanzaron hacia Teotihuacan. No es casual que en el presente se encuentre a pie de carretera, pues con toda seguridad era el paso obligado de todos los productos que provenían del oriente de Mesoamérica. Este sitio es especial, pues durante la Conquista española allí fueron capturados y sacrificados algunos europeos. Ciertas figurillas de barro que retratan fielmente a los españoles (así como cráneos) revelan este suceso.

De allí partiría el último de los relevos, que llegaría a la gran ciudad teotihuacana, donde entregaría su producto en manos de quienes se encargarían de llevarlo a sacerdotes y gobernantes para que pudieran apreciar el inigualable sabor de los pescados de mar. Según algunos cálculos, todo este recorrido desde el mar a la ciudad capital del imperio debió haberse llevado a cabo aproximadamente en cinco días. Nada mal para una civilización que desconocía los animales de carga y la rueda.  


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

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