Cronista de la vida del emperador Maximiliano y su esposa Carlota, Paula Kolonitz es una de las pocas mujeres que destacan por ofrecer descripciones del México del siglo XIX, en gran parte hoy desaparecido y que sin duda vale la pena rescatar.

 

 

En su Anecdotario de viajeros extranjeros en México, siglos XVI-XX, José Iturriaga de la Fuente ofrece un dato revelador: de 1,010 autores cuyas obras se reseñan en ese anecdotario (que incluye pequeños fragmentos de las mismas), solamente 124 son mujeres. Entre éstas, dos nos legaron testimonios sobre el México decimonónico que han alcanzado una importante difusión, tanto durante su propia época como en la nuestra. Una es madame Calderón de la Barca (Frances Erskine Inglis, escocesa, esposa del primer embajador español en México, que en 1843 publicó el libro La vida en México), y la otra, de la que trataremos aquí, es Paula Kolonitz, autora de Un viaje a México en 1864 (publicado en México como número 41 de la colección “Lecturas Mexicanas” del Fondo de Cultura Económica).

Es muy poco lo que se sabe con certeza sobre la biografía de esta enigmática mujer. Es posible que haya nacido alrededor de 1830, sin que se pueda especificar dónde. Tampoco se sabe en qué lugar, cómo o cuándo murió. La suposición de que fuera austriaca es verosímil porque, además de formar parte del séquito personal que acompañó a Maximiliano y a Carlota, su libro claramente indica que su idioma vernáculo era alguna variante del alemán y porque ella misma no duda en calificarse como “europea del norte”. Poseía el título nobiliario de condesa y seguramente esa alcurnia —y sus propios intereses— le había facilitado educarse. Dominaba el francés y el italiano, aunque su repertorio lingüístico no incluía el español y parece que no entró en sus objetivos aprenderlo durante su estancia en México. En sus descripciones de las especies de la flora mexicana que tanto la entusiasmaban utilizó a veces términos de la nomenclatura científica, lo cual refuerza la idea de que contaba con una educación refinada.

El relato de Kolonitz inicia el 14 de abril de 1864, cuando Maximiliano, su esposa Carlota y un séquito imperial de 80 personas subieron a la fragata Novara para realizar la travesía de 44 días que los llevaría hasta Veracruz. Y finaliza a mediados de diciembre del mismo año, cuando otra embarcación, la Louisiane, en la que Kolonitz regresaba a Europa, avistó las costas de la península de Bretaña, en el noroeste de Francia.

Tras hacer escalas en las islas de Madeira, Jamaica y La Martinica (donde la condesa se horrorizó al presenciar el espectáculo de una danza de mujeres de raza negra a la que llama “cambulla” y califica como “un verdadero sabbath de brujas”), el 28 de mayo de 1864, la Novara ancló en los muelles de Veracruz. Desde el puerto la pareja imperial y su séquito viajaron por ferrocarril unos 60 kilómetros hasta la terminal de Camarón; allí abordaron las diligencias que los trasportarían hacia la Ciudad de México, pasando por Córdoba, Orizaba, Acultzingo, Puebla, Cholula, Río Frío y otros puntos intermedios. Una vez en la capital, Kolonitz visitó Chapultepec, Tacubaya, el Canal de la Viga, la Villa de Guadalupe, el Pedregal de San Ángel y el Desierto de los Leones. También realizó excursiones por el distrito minero de Pachuca, El Chico, Real del Monte y Tizayuca. De todos esos parajes, Kolonitz plasmó descripciones que ahora ayudan al lector interesado en rememorar un México en gran parte hoy desaparecido.

A pesar de la posición proimperialista de su autora, Viaje a México en 1864 es un libro disfrutable y ciertamente ilustrativo. Si bien su intento de hilvanar una historia de México no se apartó de los cánones más comunes en su época, Kolonitz tuvo la suficiente inteligencia para escribir líneas que enfocaron una visión de México que, a poco más de siglo y medio de su visita, no ha logrado todavía resolver las contradicciones inherentes a su origen y, por lo tanto, tampoco aquellas que permanecen en su presente y determinarán su futuro. Quizás lo más sorprendente del libro de la condesa es que su visión decimonónica no pierde del todo vigencia de cara al México del siglo XXI. Por ejemplo, lo que dice en la siguiente cita de su libro al hablar del “carácter de los mexicanos” puede no resultarnos hoy ajeno ni inverosímil: “Ya antes hablé de su naturaleza suave, gentil, reservada, siempre sospechosa. Pero yo, lo digo de verdad, no tuve de los habitantes de México más que amistad, cortesía y benevolencia, y habiéndolos tratado dentro de sus propias familias, me parecieron muy hospitalarios. Casi me es grave hacerme el portavoz de su condena, pero es verdad que, para juzgar a sus connacionales, se sirven de las más duras acusaciones. Nadie se fía de nadie y unos a otros se denuncian como ladrones y traidores […] Los que dieron el más espléndido ejemplo fueron los presidentes de la República […] aprovechaban el breve tiempo de su poder para enriquecerse y poner en los altos puestos de la República a sus parientes […] para amasar dinero y hacerse poderosos. Y así era desde el más alto empleo hasta el más ínfimo. Hombres de industria, sacando maliciosamente ventaja de los embarazos del gobierno, sabían obtener las más grandes concesiones para esta o aquella especulación, con los más desventajosos pactos para el bien público”.

La perspicaz mirada de Paula Kolonitz sobre México no sólo enfocó a gobernantes o los empresarios, sino que abarcó asimismo ámbitos de lo cotidiano. Otro ejemplo que da cuenta de lo que podemos considerar una continuidad entre lo que sucedía en la Ciudad de México en 1864 y lo que ocurre en nuestros días, es que el comentario de Kolonitz acerca de su visita al santuario de la Virgen de Guadalupe se asemeja bastante a lo que hoy en día acontece en las estaciones del Metro o en el Metrobús (si tan sólo exceptuamos su referencia a la presencia de animales de carga que en aquel tiempo eran infaltables): “Visitamos el convento de Los Remedios, desde el cual, por estar construido sobre una altura considerable, se tiene una vista grandiosa; después fuimos al célebre santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, que se une a la ciudad por medio de un ferrocarril de vapor. En México se sube a los vagones en medio de una plaza donde no hay ni una barandilla, y ningún obstáculo los separa del lugar en el cual se mueven sin orden hombres y bestias […] Es maravilla que no haya que deplorarse desgracias diarias”.

Así, acerca de los poblados, de los paisajes naturales —que, como a muchos otros europeos, le provocaron verdaderos arrebatos de éxtasis— y de la gente del México de 1864, la condesa Paula Kolonitz nos dejó en su libro descripciones vividas y detalladas que, independientemente de que se les considere justas o exageradas, críticas o complacientes, imbuidas de racismo o dictadas por el marco evolucionista de su época, son, en cualquier caso, un sensible reflejo de lo que ella vivió durante su viaje. Por eso, parafraseando la frase final de su libro podríamos decir: ¡El mundo es todavía bello! (y México, también, todavía lo es).

 


 

* Egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia como antropólogo, con especialidad en lingüística y especialmente dedicado a la investigación sobre la historia de México.

 

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