Norma Ramos.

 

La relación entre padres e hijos suele ser un asunto personal y privado. Pero siempre que observamos en otros el ejercicio de la paternidad, todo parece más sencillo; solemos, como quien dice, “mirar la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”.

 

Durante el noviazgo, mi esposo y yo solíamos tener largas conversaciones sobre cómo “educar” a los hijos que tendríamos. Éramos unos “expertos” en los cómos y los porqués de la relación entre padres e hijos. Recuerdo que en ese entonces mirábamos a otros padres librar batallas campales contra los berrinches, las verduras de la hora de la comida, los pleitos entre hermanos, las exigencias de atención infantil… y pensábamos ingenuamente: “¡Cómo es que no pueden controlar los berrinches de ese niño! ¡Qué tan difícil puede ser obligarlo a comer esas verduras o lograr que duerma en su cama! Deberían tenerles más paciencia y hablarles con cariño”.

Con el tiempo nos dimos cuenta de que la paciencia es un recurso natural no renovable y de que el cariño a veces no es suficiente. Ahora tenemos tres hijos. Encontrar la mejor forma de comunicarnos con cada uno de ellos no ha sido fácil. Y no es porque sean niños superproblemáticos y desobedientes, sino porque cada uno tiene diferentes necesidades y formas particulares de expresarlas —eso también lo descubrimos—. Y es que, en ocasiones, como papás nos quedamos cortos. ¿Cómo lograr hacernos entender sin gritos, sin las ganas de darles un buen par de nalgadas? ¿Cómo lograr no sólo que obedezcan, sino que lo hagan convencidos de por qué deben hacerlo y sintiéndose cómodos al acatar nuestras órdenes? ¿Cómo fortalecer nuestra comunicación y propiciar un ambiente de amor y de confianza en el seno de nuestra familia?

El interés por mejorar nuestros vínculos nos llevó a leer algunos textos ligeros que abordan la crianza de los hijos, a tener conversaciones con “padres veteranos”, pero también con familiares y amigos —debutantes en la “profesión”— de esos “entusiastas” que viven en el mismo limbo que nosotros; en fin, nos involucramos en un ir y venir de consejos y libros “bien intencionados” que tratan de descifrar los mecanismos “ocultos” de frases como las siguiente: “¡Mira, me está molestando!”, “¡Se está burlando de mí! Regáñalo”, “¡Por qué quieres más a mi hermano que a mí…!”, “¡Tengo miedo! ¿Puedo dormir en tu cama?”, “¡Si no tiene chocolate no me tomo la leche!”, “¡No quiero ponerme el suéter!”…

Nos dimos cuenta de que la mayoría de “nuestras fuentes” y nuestra propia experiencia en el “campo” señalaban hacia una dirección común: debemos tratar de entender lo que nuestros hijos quieren expresar en realidad y, desde esa perspectiva, hacernos escuchar como padres. ¿Que qué?

¿Parece sencillo? ¡Inténtalo! Observando con atención podremos darnos cuenta de que cada cosa que expresan nuestros hijos —nuestra pareja, nosotros mismos— tiene que ver con los sentimientos (ira, frustración, alegría, tristeza) que genera determinada situación, los cuales los motivan a actuar de maneras que, a los ojos de los padres, parecieran no tener sentido, pero sí lo tienen. Si encontramos el “sentido oculto” de cada expresión y logramos “descifrarlo” —pero sobre todo respetarlo— mejoraremos la relación con nuestros hijos y contribuiremos a fortalecer nuestra familia.

Como padres, debemos comenzar por darles un lugar a nuestros hijos y poner atención a las cosas que son importantes para ellos, pues en la medida en que todos somos escuchados y respetados en nuestros sentimientos, demostramos la valía que tiene cada miembro en la familia, además de fortalecer la confianza y la autoestima. Parece sencillo, pero no lo es, porque el contexto de estas expresiones no es siempre el mejor para la empatía y podemos perder los estribos fácilmente ante el berrinche colosal o el llanto incesante.

La próxima vez que tu hijo te diga algo tan simple como “Mami, estoy cansado”, no cometas el error de contestar cosas como ésta: “Eso no puede ser, dormiste muy bien a mediodía”, porque independientemente de lo que tú pienses, tu hijo está cansado. Así de simple. Y no necesita que le digas por qué no debe sentirse así o, peor aún, que le envíes el mensaje de que la percepción que tiene de su persona no es válida (¡la del adulto sí!).

Si nos dedicamos a negar los sentimientos de nuestros hijos, podemos provocar no sólo su enojo y su confusión, sino hacer que, a la larga, tengan poca confianza en sí mismos y en lo que sienten.

En mi familia estamos en el camino de mejorar nuestra relación y queremos compartirlo. Escuchar y ser escuchados, respetar y ser respetados en nuestras personas y en nuestros sentimientos es una regla de oro que intentamos llevar a cabo día tras día. Tenemos la esperanza de que, educados bajo ese entendimiento, nuestros hijos —futuros padres— podrán comunicarse mejor con los suyos y contribuir de ese modo a la construcción de más y mejores familias.

 

* Licenciada en comunicación social e integrante de TAD, Centro de Análisis y Propuesta Estratégica.

 

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