Un divertidísimo acercamiento al mundo de las carreras

 

“¿Antro?” Ese era el plan que mi amigo proponía para celebrar su cumpleaños.

Todos los demás nos vimos las caras y al instante supimos que debíamos hacer algo al respecto. No íbamos a ir a un antro. Somos un grupo de amigos de casi 40 años, con hijos y esposas que no están dispuestas a sacrificar un solo minuto del tiempo de fin de semana en familia para dejarnos ir a un antro… ¡solos! Debíamos encontrar un plan en el que estuvieran incluidos varios factores: diversión de mediano presupuesto y amigable para los hijos y donde las esposas encontraran qué hacer más allá de tener que estar pastoreando a las criaturas… Tarea fácil, ¿no?

“¡Ya sé!”, se escuchó a lo lejos. Era el papá de mi amigo. “¿Por qué no van al hipódromo? Ahí iba yo cuando era chavo con mis cuates.” Pues fuimos.

La expectativa no era muy alta. La certidumbre de cumplir la lista de requisitos que estábamos buscando para el plan era cuestionable, pero le pusimos actitud porque era un plan distinto y decidimos sorprendernos con el resultado. Nos pusimos de acuerdo para ir a comer, estar ahí un rato y luego cada quien volver a su casa. Y la sorpresa llegó. Hicimos reservación en el restaurante La Terraza —uno de los cuatro espacios de comida que ofrece el Hipódromo de las Américas y único en ofrecer el servicio de buffet por 420 pesos por adulto y 120 pesos por niños menores de 10 años—. ¿Y dónde quedó lo de “mediano presupuesto” del que hablaba? La verdad es que, aunque efectivamente de dos adultos y un menor acabas pagando 960 pesos, la comida que ofrece es muy digna. No voy a decirles que es el mejor buffet que he comido en mi vida, pero al ver la variedad de productos digamos que no duele tanto. Las otras opciones gastronómicas dentro de las instalaciones del Hipódromo son el Restaurante 1943, que ofrece menú a la carta; El Jockey Club, en cuya descripción se asegura que satisface hasta los paladares más exigentes (cosa que personalmente dudo), y Las Gradas, que más bien es para botanear y pasar el rato.

Okey. Hasta ahí todo bien. Se acercó una señorita y nos preguntó si ya los habíamos visitado antes y esas cosas que te dicen como para romper el hielo y hacerte sentir que, pues ya que estás ahí, por lo menos te van a tratar bien. Le dijimos que no y decidió comenzar con una frase que hizo que nos entusiasmáramos de nuevo: “Yo les voy a enseñar a apostar a los caballos para que se diviertan muchísimo”. No pasaron ni 20 minutos y las esposas ya se habían servido comida como si fuera para llevar, los niños estaban corriendo en la terraza (misma por la cual este restaurante lleva ese nombre) y nosotros estábamos tan interesados en entenderle a las carreras que ni siquiera habíamos ido a ver qué había de comer.

Todos con “programa” (librito en el que se dice todo acerca de los caballos, los jinetes y sus dueños, y casi casi sobre sus sueños y sus frustraciones) en mano hicimos como que le habíamos entendido muchísimo a la señorita, pero más bien lo que queríamos era demostrarnos entre nosotros mismos quién le ganaba a quién. Hasta ese momento los caballos eran lo de menos; el reto entre los machos de la manada había comenzado.

Ya con todas las áreas cubiertas: mamás contentas, niños felices a una distancia no mayor de 10 metros de donde papás y mamás teníamos control de la situación, entendimiento básico del primer acercamiento a los caballos y al mundo de las carreras, y el poco dinero que nos quedaba en las bolsas, como dicen los millenials: para “vencer al sistema”, no necesitábamos más.

Empecé con una apuesta sencilla para la primera carrera de la tarde: 20 pesos al caballo que llegara en primer lugar. Así… sencilla. La teoría decía que debía ganar el número 4 por una serie de factores que el “programa”, a través de esos códigos casi indescifrables, se supone que te dicen. Yo más bien le pregunté a mi hija: “Dime un número del uno al ocho”. “Tres”, me dijo desde donde dan vuelta los caballos en una rotonda donde jinetes y caballos exhiben su percha antes de salir a la pista para alistarse a la carrera.

Me acompañó a la taquilla y le dije al señor con voz firme y decidida: “Veinte pesos al tres en primero, por favor”. El señor no chistó, cosa que me hizo sentir que no estaba diciendo yo una tontería, tomó mi dinero y me dio un papelito. “Buena suerte”, me dijo. Fuimos a la mesa. Emocionados todos los esposos intentamos explicar a nuestras esposas e hijos lo que iba a suceder y lo que queríamos que pasara (en mi caso, que llegara el tres primero), y con una adrenalina particular vimos cómo arrancaron los caballos desde muy lejos, y como era una carrera larga, nos dio tiempo de acercarnos prácticamente a la línea de meta para verlos llegar, los niños en nuestros hombros y las esposas gritando de emoción el número favorito de cada uno… Y así, el número tres llegó en último. Perdí 20 pesos. Luego, entre corazonadas y un poquito más de entendimiento, tuve suerte en lo que transcurrió de la tarde y acabé ganando lo que pagué por la comida de toda mi familia y hasta para pagar el estacionamiento.

Estuvimos cuatro horas. Nadie perdió más de 200 pesos en apuestas (nada con exceso todo con medida) y disfrutamos un plan distinto, cómodo, divertido y muy familiar. Ahora, a quién no me quito de encima es a mi hija, que no para de preguntarme: “Papá, ¿cuándo vamos con los caballos?”

 


 

* Productor de televisión, profesional del entretenimiento y fan de los deportes. Twitter: @rorrolevinson

 

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