Con tan sólo 21 años y recién egresado de la Escuela de Negocios Harvard, el joven francés Michel Peissel llegó a México en busca de aventuras, las cuales lo llevarían a recorrer 480 kilómetros en solitario por la jungla, desde la costa de Quintana Roo hasta Belice y Guatemala, en un viaje que despertó su vocación de antropólogo y explorador y que nos legó interesantes documentos acerca del mundo maya.

 

 

Michel Peissel nació en París, Francia, en 1937, y murió en esa misma ciudad 74 años después, en 2011. Fue uno de los últimos exploradores a la antigua usanza. Sin usar sistemas GPS para ubicarse, ni telefonía celular para pedir auxilio o versátiles helicópteros para obtenerlo en el muy posible caso de una emergencia. Muchos de sus viajes por intrincados senderos los llevó a cabo a pie o a lomo de mulas y caballos; aunque sí supo aprovechar la tecnología de punta de hace unos 25 años, por ejemplo, para dotar a su expedición en busca de las fuentes del río Mekong (desde Vietnam hasta el nacimiento de esa larga corriente fluvial en la cordillera de los Himalaya) con potentes vehículos hovercraft que le hicieron posible transportarse sobre agua, tierra, lodo y nieve. Su prolífica producción incluye 20 libros sobre sus viajes de exploración (la mayoría en Asia), una autobiografía, dos novelas y multitud de artículos en revistas y publicaciones especializadas (traducidos a 16 lenguas); también contribuyó a la filmación de varios documentales.

Cuando era un joven de 21 años recién egresado de Harvard, en espera de ocupar un promisorio empleo en una oficina financiera de Wall Street, Peissel viajó a México para festejar su graduación y con la íntima esperanza de realizar una última aventura juvenil antes de ingresar al serio mundo de los adultos. Entonces su vida sufrió una transformación radical, pues en Tepoztlán conoció a Gustav Regler (1898-1963), socialista alemán ex combatiente en la Primera Guerra Mundial y en la Guerra Civil española que, tras escapar de la persecución nazi, obtuvo asilo político del gobierno del general Lázaro Cárdenas. En 1958, cuando Peissel lo conoció, Regler era un sexagenario dedicado al estudio de las culturas prehispánicas de México que había escrito varios libros sobre el tema. Bajo su influjo y el de sus propios ensueños de aventura, el joven Peissel decidió ir a la costa mexicana del Caribe convencido de que allí podría encontrar vestigios todavía inexplorados de la antigua civilización maya y quizás hasta tesoros en los templos sepultados por la jungla o bajo las cristalinas aguas de ese mar.

En su trayecto hacia Quintana Roo, que en aquel tiempo no tenía la categoría de estado, sino que era un territorio dependiente del gobierno federal mexicano, Peissel conoció a Carlos Pellicer, el poeta y erudito tabasqueño, con quien convivió unos días en el sitio arqueológico de Palenque, y en Mérida se entrevistó con Alberto Ruz Lhuillier, el arqueólogo que descubrió, ocho años antes, la tumba de Pakal. Ambos le transmitieron algunos conocimientos sobre la antigua cultura maya, unos pocos rudimentos sobre las técnicas arqueológicas, y le informaron que la costa quintanarroense estaba prácticamente deshabitada, con excepción de tres puntos: Puerto Morelos, al norte; Tankah, en el centro, y Xcalak, en la frontera de México y las Honduras británicas (el actual Belice). Quizás también le dieron al bisoño explorador algunos tips que, al cabo, le ayudarían a pasar mejor su estancia en las tierras de los mayas; por ejemplo, cómo usar la hamaca y cuidarse de la caída de los cocos.

Haciendo uso de los limitados medios de transporte que existían en la región en aquel tiempo, Peissel fue a Cozumel y allí contrató un viaje en canoa que lo llevó de vuelta a tierra continental, un poco más al sur, hasta Puhá, una laguna donde se alzaba un antiguo templo maya, perfectamente conservado, del que él imaginó ser su descubridor. Allí dio inició la caminata que durante dos meses lo pondría en contacto con un mundo fabuloso y exótico. En muchos momentos de su andanza el joven francés se expuso a riegos mucho más serios y peligrosos que la caída de cocos; por el ejemplo, el hambre y la sed, la posibilidad de sufrir insolación por el tremendo calor o la eventual mordedura de serpientes u otros animales ponzoñosos. Además, siempre lo asaltaba el temor de tener encuentros violentos con los hombres que trabajaban en la selva para extraer la goma del chicle, los temibles chicleros que siempre iban armados con escopetas, pistolas y machetes, y tenían muy mala fama.

En el libro El mundo perdido de los mayas. Exploraciones y aventuras en Quintana Roo, en el que relató su viaje por la costa maya, Peissel hizo la curiosa reflexión de que si bien en 1518 la primera tierra firme mexicana que conocieron los conquistadores españoles al mando de Juan de Grijalva fue la de Quintana Roo, varios siglos después, cuando él recorría esa costa en el siglo XX, gran parte de esas tierras permanecía desconocida tanto para los mexicanos como para el resto del mundo. Según él, algo que explicaba este extraño fenómeno era que si “esta región sigue siendo una tierra poco conocida, casi inexplorada, no reside tanto en la jungla como en la presencia en Quintana Roo de lo que podríamos llamar los últimos defensores del pueblo maya, los temibles ‘indios sublevados’, verdaderos señores de ese territorio”.

Sin embargo, sus temores acerca de los “temibles” indios rebeldes se disiparon en cuanto Peissel entró en contacto con ellos. Pablo Canché, un líder de la aldea indígena de Tulum, no sólo le dio cobijo y lo instruyó en los rudimentos de la cultura india, sino que terminó guiándolo en la siguiente parte de su itinerario, además de mostrarle las ruinas de Chunyaxche (a las orillas de la laguna de Muyil), una antigua ciudadela maya más grande que Tulum. Más allá otra gente, indios y mestizos, lo ayudaron y lo guiaron en la continuación de su travesía, aunque en algunas partes del itinerario Peissel marchó solo. Los destrozos provocados por el huracán Janet, ocurrido un poco antes de su viaje, le dificultaron el paso en algunos puntos; por ejemplo, para cruzar la bahía de la Ascensión lo apoyó un pescador que tenía una destartalada embarcación; la visión que nos cuenta Peissel de ese hombre es exactamente la de uno de los viejos piratas del Caribe.

A lo largo de su trayecto Peissel “descubrió” 14 parajes arqueológicos que hasta entonces no habían sido registrados, de los cuales hizo descripciones más o menos detalladas. Finalmente, arribó al puesto fronterizo de San Pedro, en las Honduras británicas, donde fue detenido en la cárcel durante un par de días, mientras se aclaraba su condición migratoria, pues no tenía visa para entrar a ese país. Tras ser ayudado por el cónsul francés para resolver su situación y pagar la fianza que se le requería, Peissel llegó a Belice City, finalizando así su expedición. Tan sólo tres años después, en 1961, Peissel regresó a Quintana Roo para explorar las ruinas de Chunyaxche, que tanto le habían fascinado. Para entonces el idílico y misterioso mundo perdido de los mayas que había visitado sufría una vertiginosa transformación. Dado que la revolución en Cuba había alejado de la isla antillana al turismo estadounidense, éste se dirigía insaciable en busca de otros puntos en el Caribe. En Cozumel ya se habían construido cuatro hoteles y se realizaban vuelos diarios entre la isla y Mérida. En Boca de Paila, en la costa de Quintana Roo, donde Peissel había dormido en hamaca en una choza sin paredes, se instaló un lujoso campamento para los aficionados a la pesca en el mar. Quizás por eso, acicateado por el misterioso impulso que guiaba a los antiguos exploradores, Michel Peissel decidió mejor irse a explorar al Tíbet y los Himalayas.

 


 

* Egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia como antropólogo, con especialidad en lingüística y especialmente dedicado a la investigación sobre la historia de México.

 

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