Las rutas del México prehispánico fueron testigos silenciosos del transitar de diversos grupos indígenas que buscaron expandir su poderío sobre otros pueblos. El relato que te presentamos en esta edición da cuenta de la primera batalla que perdieron los mexicas contra los tarascos, en su expansión en el centro de Mesoamérica.

 

 

 

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El tlatoani y el cihuacóatl

¿Quién era el verdadero señor de Tenochtitlan: el tlatoani o el cihuacóatl? Cuarenta años después de que se habían liberado de ser tributarios de Azcapotzalco y se alzaran como los mandamases del centro de México, los tenochcas ya habían conocido a dos tlatoanis. El primero, Itzcóatl, había asegurado bajo su mando a todos los pueblos de la ribera del lago y de su ciudad gemela Tlatelolco. El segundo, Motecuhzoma Ilhuicamina, había acometido una conquista más amplia, que había llegado hasta la ribera del Golfo de México y por el sur hasta Oaxaca.

Pero detrás del trono de ambos había estado siempre presente, como una sombra, el cihuacóatl Tlacaelel, es decir, el consejero del gobernante y quien quedaba a cargo de Tenochtitlan en ausencia del tlatoani. El hecho de que también sobre él recayera el peso de dirigir el rumbo de la isla se debía a que, de esa forma, desde el gobierno se representaba la dualidad del dios creador Ometecuhtli. Tlacaelel desempeñó tan bien su papel que, incluso, había considerado prudente quemar todos los códices que pintaran a los mexicas como débiles y reescribirlos para que mostraran a los tenochcas como un pueblo elegido.

Hacia 1469 un tercer soberano, Axayácatl, subió al trono y Tlacaelel lo había aconsejado durante sus dos primeras guerras. La primera había sido para castigar a la vecina ciudad de Tlatelolco y la otra para establecer el dominio sobre los matlazincas de Toluca. Con esos triunfos, los mexicas continuaban como guerreros invictos, a pesar de que en la última el propio tlatoani había resultado herido de una pierna. Para 1476 el anciano cihuacóatl creyó llegada la oportunidad de encarar la conquista más ambiciosa de todas: la del reino tarasco, cuyos habitantes también eran personas de lagunas (la de Cuitzeo y la de Pátzcuaro, con límites que se extendían incluso a la Laguna de Chapala).

 

Rumbo a Toluca

La excusa no pudo ser más oportuna: Tenochtitlan necesitaba ofrendar sangre humana para que el disco de piedra que había mandado labrar —la conocida Piedra de Sol— fuera del agrado de los dioses. Así que Axayácatl mandó a que sus aliados se prepararan: chalcas, texcocanos, culhuacanos, tepanecas y otros se reunieron con el tlatoani y, tras despedirse de los suyos, partieron a través de Chapultepec, para luego encaminarse hacia las montañas de Cuajimalpa, atravesar el paraje boscoso que hoy se conoce como La Marquesa y dirigirse hacia el suave valle de Tolocan (Toluca). Allí fueron recibidos con mucha honra por los matlazincas, se dispusieron tiendas para descansar (la de Axayácatl era de gran lujo) y se pasó lista a todos los que ya reunidos en ese punto acompañarían aquella expedición: más de 24,000 guerreros conformaban aquel ejército. Tal cantidad de personas, con sus banderas coloridas y sus armas, parecía lo suficientemente imponente para conquistar a cualquiera que se les opusiera.

 

En las tierras tarascas

El ejército traspasó con decisión el paraje que hoy es la Reserva de la Mariposa Monarca, para tomar por sorpresa a sus enemigos. Debido a que conocían la zona, a la vanguardia fueron enviados espías matlazincas para que miraran las condiciones en que los esperaban en la población de Tlaximaloyan, hoy Ciudad Hidalgo. Los espías, sin embargo, notaron que los tarascos parecían estar prevenidos ante su avance, pues calcularon que el ejército defensor llegaba a los 40,000 guerreros. Cuando le comentaron esta situación al tlatoani, éste consultó con sus capitanes lo que se debía hacer. Uno de ellos lo amonestó: “No es de valientes mexicas acudir a la batalla y no presentarla”. Axayácatl aceptó continuar, pues no admitiría el riesgo de acabar con una bien labrada fama de belicosos y valientes. Esa noche los guerreros se pintaron rostro y piernas para reconocerse durante la refriega.

Al alba, el sonido del caracol anunció el principio de la guerra. Desde lejos, los tarascos gritaban: “¿Qué se les perdió en estas tierras, mexicas?” El encontronazo fue terrible: sus enemigos no sólo los superaban en número, sino en conocimiento del terreno y en capacidad de cambiar eficazmente con gente de refresco a los que se cansaban. Aunque en principio los aliados de los mexicas consiguieron un avance sobre los tarascos, al cabo de las horas se notó que comenzaban a morir de manera alarmante. Axayácatl no cedió en su intención de conquista sino hasta que la evidencia de la derrota fue irremediable. Con gran pesar en el corazón, dio media vuelta y regresó a su tierra, dejando en el campo de batalla los cadáveres de miles de sus guerreros y partidarios que daban fe del primer gran fracaso militar del imperio azteca.

 

Festejos y lamentos

Los tarascos persiguieron por un trecho a los mexicas y luego decidieron regresar con la buenas nuevas a su capital. Con gran presteza, quienes vigilaban la batalla desde los cerros atravesaron los montes que los separaban del Lago de Cuitzeo, donde las noticias fueron recibidas con gran júbilo. Después, estos mismos mensajeros se encaminaron hacia el sur, con rumbo al bello Lago de Pátzcuaro. Allí, en su capital Tzintzuntzan, el dirigente (es decir, el cazonci) y los otros nobles del imperio celebraron su resistencia por todo lo alto, con bailes y sacrificios de prisioneros.

No ocurrió lo mismo en Tenochtitlan, donde los pocos sobrevivientes fueron recibidos con “atabales de tristeza”: Axayácatl escribió un doloroso poema por la derrota mientras el anciano Tlacaelel usaba sus mejores palabras para consolar al tlatoani. La Piedra de Sol hubo de ser nutrida, para su “inauguración”, con sangre de prisioneros de otras naciones sometidas, conseguida mediante las Guerras Floridas.

A pesar de que otros nuevos tlatoanis emprendieron conquistas que los llevarían a situar su dominio hasta Centroamérica, jamás pudieron vencer al valeroso pueblo tarasco. Nunca sabremos si lo hubieran conseguido, pues la Conquista española dio abrupto fin a las interacciones de poder que se desarrollaban en Mesoamérica.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, y autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016) y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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