A pocos kilómetros de Europa, al sur de la Península Ibérica, cruzando el Estrecho de Gibraltar, se encuentra Marruecos, país al que se le conoce como “la puerta de entrada a África” y un destino que cada año atrae a millones de viajeros por lo sorprendente de su cultura, sus tradiciones y sus maravillas naturales y arquitectónicas.

 

 

Nada más llegar a Marruecos significa un golpe sorpresivo para cualquier persona occidental, ya que todo puede parecer abrumador en principio debido a las diferencias culturales, sociales e idiomáticas.

Se trata de un país que inunda los sentidos desde el momento que se pisa su territorio con su variedad de colores, sonidos, sabores y olores.

Marruecos posee distintas opciones de rutas para conocer. Las siete regiones geográficas en las que se divide el país ofrecen todo tipo de climas, paisajes y actividades para cualquier visitante.

Es un destino con una oferta para todos los gustos. Desde hermosas playas en las costas del Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo, hasta montañas nevadas durante el invierno en la cordillera del Atlas, que cruza el país de norte a sur; desde ciudades imperiales como Rabat o Mequines, hasta las enormes y mágicas dunas del desierto del Sahara en la frontera con Argelia.

Es muy recomendable entrar por Tánger, la ciudad al norte del país que durante siglos ha sido un puerto estratégico para el comercio entre Europa y África. Tánger es, además, una metrópoli llena de cultura, música, arte y literatura, que con el tiempo, por su cercanía con Europa, se ha modernizado y convertido en una de las ciudades más cosmopolitas del continente, donde la tradición de su medina convive estrechamente con la modernidad del puerto.

Tras gozar unos días la blanca ciudad de Tánger, conocer sus cafés y disfrutar sus museos y sus galerías, otra opción es bajar a Chefchaouen, la ciudad azul, conocida así porque todas sus fachadas y sus calles están pintadas con este color en distintas tonalidades. La ciudad es pequeña, así que bastan dos días o menos para recorrerla por completo. Cada rincón de Chefchaouen promete una foto espectacular.

La montaña ofrece un paisaje inigualable. Desde ahí es posible contemplar toda la ciudad y las colinas del horizonte, además de escuchar el llamado a la oración de todas las mezquitas. En Chefchaouen se puede tomar un autobús casi hacia cualquier destino del país. Yo recomiendo seguir hacia el sur, a Fez, la antigua capital marroquí.

 

Ciudades imperiales

Fez tiene una historia milenaria que puede palparse en las calles de su medina, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1981.

La medina amurallada de Fez El Bali es la más grande de su tipo, con más de 9,000 callejones. Ahí conviven galerías, escuelas religiosas, academias de música y palacios, por lo cual se le considera la capital cultural de Marruecos.

Vale la pena visitar los zocos, mercados tradicionales árabes que ofertan todo tipo de productos, desde telas e hilos, hasta henna, comida, maquillaje, ropa y electrodomésticos. Las mezquitas —como Al Karaouine, la majestuosa puerta Bab Bou Jeloud, y el palacio Glaoui, una construcción que pese a los estragos del tiempo y el abandono conserva su belleza espectacular— son lugares imprescindibles de la ciudad.

Fez marca el inicio de la ruta de las ciudades imperiales. A 70 kilómetros al poniente se encuentra Mequines, la más modesta de las capitales históricas del país, pero que deslumbra con atractivos como la Plaza El-Hedim, corazón de la vida pública de la vieja medina; Bab el-Mansour, la antigua entrada al recinto amurallado y la puerta más grande del norte de África así como una de las más bellas del arte islámico, y la Madrasa de Bou Inania, la antigua universidad y uno de los edificios más viejos de la ciudad, así como una joya del arte marroquí.

Siguiendo con la ruta, a 150 kilómetros hasta el Atlántico, está Rabat, la actual capital del reino y, como tal, una ciudad donde la modernidad comulga con la tradición y la historia milenarias.

El destino es famoso por sus sitios emblemáticos que muestran tanto el patrimonio islámico como el legado colonial francés. La Casba de los Udayas es uno de los más famosos, se trata de un fuerte real de la era de los bereberes, tribu histórica de la nación. El fuerte está rodeado por jardines franceses que miran hacia el océano Atlántico.

Cerca de este fuerte se alzan los muros de la necrópolis de Chellah, un antiguo complejo romano que, al traspasarlo, transportará al visitante a otro mundo entre sus antiguos vestigios y sus jardines. Desde ahí es posible admirar la torre Hassan, un minarete del siglo XII que es un ícono de la ciudad.

El circuito imperial termina en Marrakech, una metrópoli milenaria y un importante centro económico y comercial para el reino de Marruecos, famosa por sus mezquitas, sus palacios, sus jardines y su Plaza Yamaa el Fna, reconocida por sus encantadores de serpientes.

La medina, que combina los estilos árabe y medieval, está llena de zocos donde se vende todo tipo de mercancías y artesanías: cerámicas, joyas y tejidos tradicionales. Por su parte, el minarete morisco de la mezquita Kutubía, que data del siglo XII, es un símbolo de la ciudad que es visible casi desde cualquier punto.

Además de esta ruta imperial, los turistas pueden viajar en tren o en autobús por otros puntos del país como Casablanca, la capital industrial de Marruecos, donde es imperdible una visita a la mezquita Hassan II, la segunda más grande del mundo islámico, sólo después de La Meca. 

También hay ciudades antiguas como Ouarzazate, la urbe roja, al sur del país, que ofrece vistas espectaculares y una historia milenaria. Esta ciudad es tan grandiosa que incluso posee varios estudios de cine, ya que ha sido escenario de innumerables películas.

 

Naturaleza imponente 

Además de sus increíbles ciudades, Marruecos ofrece espectaculares paisajes naturales, como las playas a lo largo de las costas del Océano Atlántico y del Mar Mediterráneo, enormes oasis en el sur del territorio. 

Zagora es uno de las más impresionantes, con sus 200 kilómetros de longitud. Se encuentra al sureste del país y es impresionante su gran extensión de palmeras y vegetación en medio del desierto. 

Ksar Ait Ben Haddou es otra maravilla natural. Este oasis, al sur de Ourzazate, fue declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1987, debido a su belleza y a la arquitectura de las viviendas y las mezquitas que lo rodean. 

Por su lado, la cordillera del Atlas, que divide la zona del Mediterráneo y el Sahara, cuenta con asombrosos panoramas, desde coloridos valles hasta enormes montañas nevadas que contrastan con el clima habitualmente árido de Marruecos. 

Finalmente, uno de los mayores atractivos de Marruecos es el desierto del Sahara, cuyos principales destinos son M’Hamid y Merzouga, ambos en la frontera con Argelia, donde se puede montar un camello para andar por las enormes dunas doradas de hasta 160 metros de altura.

Marruecos es la entrada al mayor desierto del mundo, y visitarlo puede convertirse en una de las mayores experiencias de la vida, ya que, como dicen los propios bereberes, “el desierto es mágico, pues en él se alivian todas las enfermedades y todos los miedos”.

 

No te puedes perder...

 

Hay varias experiencias que se tienen que vivir cuando uno visita Marruecos. A continuación enumeramos algunas que son imprescindibles:

 

Quedarse en un riad

Si bien Marruecos posee una amplia oferta de hoteles de todas las categorías, lo mejor que puede hacer un visitante es hospedarse en un riad. Se trata de antiguas casonas o palacios que han sido rescatados y convertidos en sitios de hospedaje. Su principal característica son sus patios decorados con plantas, mosaicos e incluso fuentes y pequeñas albercas, alrededor de los cuales se distribuyen las habitaciones y las zonas comunes.

 

Dormir en el Sahara

En las principales ciudades de Marruecos es fácil encontrar tours para visitar las dunas del desierto del Sahara. Por lo regular, el recorrido para adentrarse al desierto se realiza al amanecer o al atardecer, cuando el sol no es tan intenso, para llegar a un campamento donde se puede pasar la noche en una jaima, escuchando el golpe del viento sobre las dunas, el cual produce un sonido que se conoce como “trompeta del desierto”, y admirando el cielo completamente estrellado.

 

Tomar el té

La cultura del té se expande a lo largo de todo Marruecos. Quien lo sirve, además, demuestra su hospitalidad y su agasajo a los huéspedes, y rechazarlo puede ser visto como una falta de respeto a los anfitriones.

 

Perderse en una medina

Las medinas son los antiguos barrios de las ciudades árabes. En el pasado eran el centro de la vida de Marruecos. Hoy se conservan como puntos neurálgicos de la vida cotidiana, mercantil, cultural y, sobre todo, turística de las ciudades marroquíes.

 

Comprar un tapete

Al caminar por las calles de Marruecos es fácil encontrarse con una tienda de tapetes, los cuales inundan los ojos de inmediato cos sus colores y su belleza.

 

Escuchar el llamado a la oración

Por ser un país árabe, Marruecos está lleno de mezquitas. Prácticamente en todos los barrios sobresale la torre de uno de estos templos, los cuales sorprenden por su belleza y por su sencillez. No obstante, está prohibida la entrada a personas que no son musulmanas por lo que, a diferencia de los templos de otras religiones, no es posible visitarlas. Sin embargo, basta con pararse frente a ellas para admirar su esplendor.

 


 

* Periodista por la UNAM y viajero por convicción. Ha trabajado en las redacciones de 

de El Universal, 24 Horas y El Insurgente.

 

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