Pibe Rosas

 

Con frecuencia se confunde el hecho de brindar afecto a los hijos con comprarles todo lo que piden, lo cual a veces nos convierte en víctimas de su manipulación. Si vives una confusión entre “educar” y “comprar”, no dejes de leer estas prácticas orientaciones.

Tengo 14 años de ser madre. Durante este tiempo, la frase que más me han repetido mis hijos, después de “Te quiero mucho”, es “Mami, ¿me lo compras?” Y cada vez que escucho esa oración, me pregunto cuál es su origen.

Si partimos de la base de que educar es proporcionar a nuestros hijos lo mejor, ¿por qué les compramos armas violentas, muñecos con caras monstruosas o videojuegos que los mantienen mudos durante horas? ¿En qué momento llegamos a confundir que educar era igual a comprar? ¿Por qué caemos en la equivocación de que entre más les compramos más los queremos?

Cada padre de familia, como responsable de la educación de sus hijos, debería tener claro cómo dosificar la entrega de las cosas materiales y saber cómo y cuándo proporcionárselas. Sin embargo, la realidad es diferente y supera nuestras propias fronteras, ya que después de escuchar 30 veces la frase “Mami, ¿me lo compras?”, acompañada de berrinches, pataleos y lloriqueos, accedemos a la petición de nuestros hijos y les damos las cosas que nos exigen, sin valorar si son benéficas o perjudiciales para ellos.

La teoría de que la función de los padres es nutrirlos de un amor infinito se acaba a la quinta vez que se tiró al piso, nos puso mala cara o nos acusó con nuestra pareja. Por eso, en este mundo material debemos identificar hasta qué punto somos manipulados por nuestros hijos, pues, desafortunadamente, hemos caído en la creencia de que si no les damos lo que quieren, en el momento en que lo piden, les creamos grandes traumas en su desarrollo psicoafectivo.

Por lo anterior, quisiera compartir algunos tips que pueden ayudar a enfrentar este problema:

- Comprender que lo que queremos es que nuestros hijos sean mejores; para conseguirlo, nosotros debemos ser mejores cada vez que ellos nos piden que les compremos algo: tenemos que mejorar como seres humanos, tanto ellos como nosotros.

- Tener siempre las ideas claras. Toda ambigüedad es incompatible con la educación.

- No aceptar ni rechazar la petición de nuestros hijos sin ofrecer una razón. Es necesario fundamentar la decisión de por qué sí o por qué no compramos lo que nos piden.

- Considerar otras opciones. Tener en cuenta que los berrinches o las situaciones difíciles tienen varias soluciones. No todo se arregla accediendo a la compra de lo que nos exigen nuestros hijos

- Apoyarse en los puntos fuertes de nuestros hijos. Si ese punto fuerte es el futbol, por ejemplo, a la hora de que se encapriche por una cosa, debemos partir de lo bueno, su gusto por ese deporte, para luchar contra lo malo, el capricho: “Mami, cómprame ese muñeco, todos mis amigos lo tienen”. Respuesta: “¿No sería mejor que te compre la playera de tu equipo favorito si anotas un gol?”

- Aprender a intercambiar las cosas materiales por más tiempo, más cariño y más atención a nuestros hijos. “Mami, ¿me compras el juego de té?” Respuesta: “¿No prefieres que mejor vayamos a la casa y hagamos un pastel?”

- Ser congruentes. Si nosotros somos compradores compulsivos, será casi imposible que nuestros hijos no sustenten su felicidad en la misma compra compulsiva.

La próxima vez que escuchemos en labios de nuestros hijos la frase “Mami, ¿me lo compras?”, detengámonos diez segundos y revisemos este cuestionario, antes de comprar lo que nos piden.

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