Frente a los problemas que enfrenta nuestro planeta en el ámbito climático, cada vez se vuelve más urgente plantearnos el problema de la supervivencia de la humanidad en la Tierra: ¿tenemos futuro?

 


El año 2020 no sólo será memorable por la curiosa simetría de sus dígitos, sino por abrir una década de retos y esperanzas en muchos sentidos, comenzando por lo más cercano: nosotros mismos, nuestros sueños y nuestras ilusiones personales. ¿Pero tenemos futuro? Sobre el tablero globalizado de nuestro tiempo se ha hecho un diagnóstico duro: es necesario reencauzar en niveles más igualitarios el funcionamiento del moderno estilo de vida. Para nadie es un secreto que desde hace 40 años se ha advertido sobre los urgentes problemas que acarrea la desigualdad en un sistema económico tan dependiente de los combustibles fósiles, que pone en riesgo incluso la supervivencia de la humanidad en la Tierra.

La respuesta internacional a esta seria encrucijada fue la firma de la Declaración del Milenio en la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En ese documento los Estados se comprometían a implementar una serie de medidas que mejoraran definitivamente la calidad de vida de la población mundial. La primera parte de dicho acuerdo finalizó en 2015, con avances significativos, pero aún con muchos rezagos, por lo cual se renovó hasta 2030 con el nombre de Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS). Ése es el Plan A de la humanidad. Se trata de alcanzar simultáneamente 17 objetivos y 169 metas que detallan los avances que se deben implementar ante fenómenos como la mundialización, los usos de las tecnologías de la información y la comunicación, el cambio climático y la urbanización, y el crecimiento de las ciudades.

 

Los retos de una década

La alianza que se debe establecer para lograr los objetivos debe darse en todos niveles: desde la sociedad mundial hasta el individuo. Alertados por la evidencia de que ningún plan a largo plazo puede ser fructífero para ninguna nación si se desentiende de su entorno y de las condiciones en que sus industrias y sus negocios transnacionales afectan a otras regiones, los países más ricos se han comprometido a destinar parte de sus recursos a subsanar estos rezagos y las naciones pobres o en vías de desarrollo se han sumado a este esfuerzo. En resumen, entre los retos se encuentran: erradicar la pobreza extrema y el hambre en el mundo, salud y educación de calidad, igualdad de género, agua potable y energías sostenibles, empleo y crecimiento económico, ciudades, producción y consumo sostenibles, acción por el clima, cuidar la vida submarina y la flora y la fauna terrestres, mantener la paz y alcanzar la justicia, así como mantener una alianza global para alcanzar estos objetivos.

Cada gobierno se ha obligado a alcanzar la meta bajo sus propios criterios, por lo que algunos países se han concentrado en determinados objetivos más que en otros, aunque todos tienen la misma importancia y están interrelacionados. El esfuerzo de la comunidad mundial no debe dejar rezagado ninguno si verdaderamente espera hallar un nuevo paradigma de desarrollo y sustentabilidad, precisamente, en los próximos 10 años.


La situación en México

Nuestro país es, sin duda, uno de los actores llamados a estar en los primeros lugares de este proceso, debido a sus características: se encuentra entre las naciones más grandes, pobladas y con mayor producto interno bruto, pero también es de los más desiguales y menos eficaces a la hora de administrar la justicia. El economista Michael Green, del equipo creador del Índice de Progreso Social, señala que México es el país que tiene mayores posibilidades de cumplir con las metas del desarrollo sostenible, por encima de Rusia.     

Recientemente, en diciembre pasado, se entregó el premio “Transformando México desde lo Local”, en el que cuatro iniciativas municipales fueron reconocidas por influir significativamente en alguno de los ODS. De Huajuapan de León se premió un proyecto de reciclaje inclusivo (fin de la pobreza); un festival cultural, ambiental y educativo en Yucatán que apoya a los municipios pesqueros cuando hay veda de mero (vida submarina); un proyecto en Zapopan que capacita a las personas para emprender y que ya ha conseguido materializar ideas innovadoras (industria, innovación e infraestructura), y el modelo de justicia cívica de Colima para resolver de manera más eficiente los problemas de los ciudadanos (paz, justicia e instituciones sólidas). De esta manera, nuestra nación ha puesto en práctica sus propias metodologías para alcanzar los ODS. Ahora debe esperarse que estos avances se repliquen consistentemente en las demás entidades.

Sin embargo, los cálculos del equipo del Índice de Progreso Social señalan que, al ritmo actual, y si los países ricos no se comprometen de verdad (hasta ahora, la ONU tradicionalmente sólo medía a los países pobres), los ODS serán alcanzados hasta 2090.

           
El cambio interno

Como el tiempo apremia, sobre todo ante los desafíos ecológicos, los individuos también tenemos que aportar desde nuestra esfera personal. Muchos alegan que, por su formación, por el tiempo, por su trabajo, por las prisas, no pueden sumarse para realizar cambios de verdad ni comprometerse a nada. Las personas que anteponen esta deplorable justificación olvidan que toda actividad económica humana deja huella, para bien o para mal, y que si deciden “ausentarse” de la responsabilidad que les corresponde lo más probable es que la huella que van dejando sea negativa, por más buenas gentes que se crean ante sí mismas. Pierden de vista que la acumulación de pequeñas buenas acciones es lo que incide en las grandes transformaciones.

No se requiere hablar en la sede de la ONU para que nuestra colaboración sea importante y vital; sin embargo, lo que se espera de nuestra generación es que seamos capaces de superar las trabas mentales que nos llevaron a ser la especie animal sobre el planeta más eficiente, pero también la más inconsciente de las consecuencias de sus triunfos. Un primer paso, pero el más importante para estos futuros 10 años, es informarse de manera crítica sobre lo que ocurre en el entorno y actuar en consecuencia. Y actuar en consecuencia implica varios procesos, pues al concientizarnos avanzamos en el camino de nuestro crecimiento espiritual y mental, indispensables para un cambio de fondo de las estructuras que aún lastiman a nuestro planeta.

Postdata: no hay Plan B.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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