Considerada como una de las novelas más importantes del siglo XIX, “Los miserables”, del escritor francés Victor Hugo, acerca al lector a los olvidados de la sociedad que padecen la injusticia social y la miseria humana, en un dilema sobre lo que realmente es bueno y justo.

 

 

Con 60 años a cuestas, Victor Hugo se veía a sí mismo en la plenitud de sus fuerzas creativas. A pesar de haber iniciado su carrera literaria muy joven (a los 15 años había obtenido una mención honorífica por su poema “Apenas tres lustros”), y de haber alcanzado el éxito con obras como Nuestra Señora de París, en la que había tratado el tema de la belleza y la bondad encerradas en un cuerpo monstruoso, por fin tenía ante sí una obra con la que sentía que había alcanzado la maestría.

No había sido fácil. La historia de la redención de un criminal le había rondado casi durante 30 años, despertados quizá por los desmanes revolucionarios descritos en la novela, pero no había alcanzado a terminarla en un primer momento. Por más de 15 años el manuscrito había aguardado dentro de un cajón a que su autor lo rescatara. Había sido el tesón y la esperanza de quien reconoce en su vocación un camino largo, lo que lo había impulsado a llegar hasta el final.

A lo largo de varios meses de 1862 la novela, que abordaba el turbulento periodo de principios de siglo (con figuras como Napoleón y batallas trágicas como la de Waterloo, con la caída de la nobleza y el auge de la república y la contraofensiva de la realeza), fue apareciendo en volúmenes independientes que resultaron un éxito inmediato en todo Francia.

 

El deber del oprimido

Como en toda gran obra, los diferentes personajes que se desenvuelven en Los miserables por sí solos llaman a la reflexión: del bondadoso obispo Myrel a los terribles posaderos Thénardier, del idealista Marius a la carne de cañón infantil Gavroch, de la íntegra inocencia de Cosette a su madre, la prostituta Fantine. Pero es la rivalidad de un par lo que marca la acción de este drama: Jean Valjean y el inspector Javert.

Jean Valjean, el protagonista de la obra, es un hombre que ha padecido la cárcel por motivo de su necesidad. Con la noble intención de alimentar a sus hambrientos sobrinos comete el gran error de robar una hogaza de pan, lo que será su perdición. Atrapado por la policía enfrenta un juicio que lo sentencia a cinco años de prisión (allí conoce a Javert, su némesis). La desproporción del castigo lo impulsa a tratar de evadirse varias ocasiones, lo que aumenta su pena hasta completar 19 años en trabajos forzados. Cuando es liberado, queda cegado por su mala suerte y por el desprecio a su condición de ex presidiario que le manifiesta la gente, por lo cual atenta contra los bienes del único hombre que le abre su casa: roba los candelabros de plata del obispo Myrel. Al ser detenido por sospechoso, Myrel miente para salvarlo de regresar a la prisión y le regala los candelabros. Valjean no termina de aquilatar ese acto de bondad sino hasta que vuelve a cometer un segundo delito: se queda con el dinero de un hombre. Sin embargo, este segundo delito lo pone frente a frente consigo mismo… Y decide cambiar.
En algún momento de la novela, Jean Valjean llegará a la siguiente conclusión: “Para ser feliz se necesita no comprender el deber, porque una vez comprendido, la conciencia es implacable”.

 

El deber del opresor

En el otro extremo se encuentra el inspector Javert, quien manifiesta un celo excesivo por la ley, como único faro moral de una sociedad que debe mantenerse y perfeccionarse. Su implacable sentido del “deber” se basa, sin embargo, en un código feudal relativamente inflexible de clases sociales, deberes que los de abajo deben guardar hacia los de arriba, los poderosos, los superiores por gracia divina. Esto quedará patente a la mitad de la obra.

Jean Valjean ha decidido comenzar una nueva vida en otro extremo del país. Con el conocimiento adquirido en la prisión, revoluciona el método de producción de un pueblo dedicado a vender, y sus conciudadanos, agradecidos, lo nombran alcalde. Pero, oh desdicha, el comisario Javert llega al mismo pueblo para servir como jefe de la policía. Al reconocer a Valjean, lo denuncia, pero es sorprendido por la noticia de que se ha hallado a otro Valjean y está a punto de ser enjuiciado. Javert se presenta frente al alcalde y pide su destitución por haber roto el código que le da sentido a su vida: “He sido siempre severo en mi vida con los demás. Ahora es justo que lo sea conmigo mismo. Señor alcalde, no quiero que me tratéis con bondad, vuestra bondad me ha producido demasiada rabia cuando la ejercitáis con otros, no la quiero para mí. La bondad que le da la razón a una prostituta contra un ciudadano, a un policía contra un alcalde, al que está abajo contra el que está arriba, es lo que yo llamo una mala bondad. Con ella se desorganiza la sociedad”.

           
La derrota del mundo antiguo

A Javert le habría hecho falta añadir lo que Francia fue descubriendo revolución tras revolución en aquel siglo: esa “mala bondad” de la libertad, la igualdad y la fraternidad humana sólo desorganiza a las sociedades injustas.

Con la publicación de Los miserables Victor Hugo, pensador y político, propugnaba por una sociedad que pudiera comprender el valor de dar una segunda oportunidad a sus miembros. No sólo eso, también de reformar los presidios, de evitar la personalidad extrema y cruel de quienes sólo piensan en el dinero... De encontrar, a pesar de la oscuridad, de las penalidades padecidas por la injusticia, un camino de firmeza en la honestidad.

Aunque fue atacado ferozmente por escritores contemporáneos como Lamartine, que tildó la obra de irreal, pues aseguró que nadie era sentenciado a cinco años por robar un pan, sus lectores comunes gozaron hasta el paroxismo (hasta convertir a Hugo en el genio de las letras francesas) la resolución mediante la que Valjean no sólo termina por perdonar a su enemigo, sino por salvarle la vida. Javert, tras este acto de bondad, no soporta creer que el mundo pueda ser flexible, que la compasión habite incluso entre los delincuentes, y comete suicidio. Una manera clara de expresar, por parte de Victor Hugo, que la honestidad debe triunfar: un mensaje vigente que nos llega, con prosa certera, desde el siglo XIX hasta la actualidad.

 


* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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