San Brandán, uno de los grandes monjes evangelizadores irlandeses del siglo VI, es el patrono de los marineros. Forjó su leyenda debido a un viaje extraordinario que sacudió el imaginario medieval. Acompáñanos en este artículo a recorrer las islas maravillosas que visitó durante su travesía.

 

 

Los estudiosos suelen separar al santo histórico del mitológico, pues uno vivió en el siglo VI y el otro alcanzó la fama cinco siglos más tarde. El histórico fue parte de la expansión de misioneros que recibieron de una Roma recién cristianizada y en decadencia las órdenes de extender el evangelio por el mundo. Se le sitúa algunas décadas después de san Patricio, el gran evangelizador irlandés, cuya fiesta hoy en día es de las más populares del mundo. También comparte siglo con el nebuloso rey Arturo y con el profeta Mahoma. Fundador de templos, parroquias y monasterios, san Brandán, abad de Clonfert, se embarcó en un viaje del que regresó lleno de historias jamás contadas. Poco más se sabe con certeza.

El resto lo añadió el folclor del culto al personaje y la tradición oral, distorsionándolo y ajustándolo a una narrativa vinculada a lo religioso. Su historia, ya desproporcionada, fue rescatada por los copistas de monasterios en el siglo IX, y dos siglos más tarde el poeta y cortesano Benedeit la reelaboró en un cantar, llamado la Navigatio Sancti Brandani, que extendería aún más la fama del santo, quien debe vagar durante muchos años en el océano hasta encontrar el paraíso terrenal. Los hechos extraordinarios relatados allí nunca fueron puestos en duda en aquella época.

 

La partida

La Navigatio señala que, tras enterarse por el ermitaño Barinto que, navegando hacia el oeste, se encontraba el paraíso terrenal, el abad salió de su hogar en Irlanda acompañado de 14 discípulos y tres religiosos que se enrolaron de último momento. Para éstos, san Brandán tiene una profecía: dos serán llevados por demonios y del tercero sólo Dios sabrá qué hará, si salvarlo o condenarlo. La marcha los lleva primero a una isla donde encuentran un castillo encantado, en el que son servidos con refinadas viandas y bebidas. Allí, san Brandán nota que cuenta con el apoyo divino para su viaje. Pero también es el sitio donde se pierde el primero de los marinos extras: un demonio se le mete al cuerpo y lo obliga a robar un grial de oro. Al verse descubierto por el abad, el demonio escapa del cuerpo del monje, pero lo deja moribundo, apenas a tiempo de pedir perdón y exhalar.

El viaje los conduce a una isla llena de ovejas y allí un mensajero le avisa que debe celebrar la misa de Pascua en un islote cercano. Siguiendo el consejo, los hermanos se dirigen a aquel lugar, donde cumplen con los diversos ritos antes de hacer una fogata y preparar un cordero dentro del caldero. Sin embargo, se desata un temblor y en ese instante los monjes se dan cuenta de que han estado encima de un enorme monstruo marino: “No os extrañe esto, señores: Dios os quiere llevar de tal modo que os enseñe todo lo habido y por haber, y cuantas más maravillas suyas veáis, más fe tendréis luego, más firmemente creeréis y temeréis y mejor seguiréis sus mandamientos”.

 

La isla de los ángeles caídos

Poco después arriban a una nueva isla donde hallan miles de aves canoras que los deleitan y les explican su condición: en realidad son ángeles que siguieron a Lucifer, quien había sido asignado como su maestro por el propio Dios. Tras la rebelión, ellos, por ser seguidores del maligno, pero no los incitadores, fueron enviados a esa isla y privados de la gracia divina. Tras una estancia de dos meses en aquella ínsula, los viajeros se encaminan a la isla de Albea, donde conocerán a unos monjes que guardan voto de silencio.

Esta última isla se convierte en la parte final de un circuito que san Brandán y sus discípulos deberán recorrer durante seis años más: el pez-isla (que daría pie a una leyenda sobre una isla que aparecía y desaparecía en altamar), el paraíso de las aves y la isla de Albea. Las otras aventuras que les ocurren al grupo siempre estarán enmarcadas por el ir y venir de estos tres puntos. En una ocasión beben aguas de yerbas y quedan tan absolutamente rendidos “que parecían enloquecidos, porque les atacaba el sueño y de golpe se derrumbaban al suelo”. En otro momento, llegan a una isla desierta donde el segundo de los tres monjes extra baja corriendo. La acción impulsiva causa asombro entre los demás; sólo san Brandán sabrá que unos demonios se lo han llevado arrastrando. Son testigos, más tarde, de la lucha entre dos serpientes marinas gigantes, así como entre un grifo y un dragón. Ven a monstruos marinos celebrar misa por san Pedro; atraviesan un mundo de cristal; se pierde el tercer monje de manera misteriosa, y se acercan a la “herrería del infierno”. Hay quien considera esta última aventura, en que llegan a una región donde salen rocas ardiendo en llamaradas y humo de la mar (“más pestilente que carroña”), como una de las primeras descripciones de un volcán submarino.

 

Judas y el paraíso

Los marinos encuentran a un hombre atado en una peña padeciendo tormentos: se trata de Judas, quien describe con lujo de detalles los horrores de sus torturas en el infierno: lo flechan, lo hierven en pez, lo someten a fríos intensos, lo arrastran, lo despellejan y lo salan… Aquella parte del relato, según algunos, pudo haber sido fuente de las descripciones que haría Dante Alighieri en la Divina comedia.

Poco tiempo después, el viaje llegará a su fin: luego de atravesar una densa niebla por horas, alcanzan el paraíso terrenal, custodiado por dos dragones y una espada que flota frente a la puerta. Un ángel les permite la entrada y recorren un lugar con una montaña de oro y piedras preciosas, ríos y bosques hermosos, de manera que “quien allí habite no padecerá ninguna pena, ni conocerá ninguna cosa hostil: ni galerna, ni calor, ni frío, ni congoja, ni hambre, ni sed, ni penuria”. San Brandán no puede permanecer allí más que una hora, por lo que regresa a su hogar, donde muere al poco tiempo y es llevado, por fin, al paraíso eterno.

 

¿Sabías que…?

Cuando la historia de san Brandán comenzó a estudiarse de manera más formal, algunos eruditos afirmaron que él pudo haber llegado a América 400 años antes que Erik el Rojo y 900 antes que Cristóbal Colón, debido a la dirección que indica el recorrido.

La navegación del santo era un hecho tan real para la gente del medievo, que cuando España y Portugal se repartieron las Islas Canarias, disputaron largo tiempo a quién pertenecía la “Isla de San Brandán”, de la que se afirmaba aparecía y desaparecía en la zona. Al final, acordaron que se la quedaría España, “si la encontraba”.

 

 


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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