Si preguntamos a cualquier persona qué es una emoción, probablemente no nos dará una definición concreta, pero sí será capaz de identificar emociones como la sorpresa, la felicidad o el miedo. Y tú, ¿sabes cómo controlar las emociones negativas y aprovechar las positivas?

 

 

El nombre que cada persona le da a una determinada emoción depende, en primer lugar, de un proceso en el que se aprecian, detectan e identifican las situaciones provenientes del exterior, y luego, se interpretan dichos eventos. Con base en esto, la persona manifiesta una determinada respuesta frente a cada situación. Así, por ejemplo, experimentará felicidad ante la vista de un ser querido, o miedo ante la presencia de un perro que sabe que ha mordido a otras personas.

Entonces podemos definir la emoción como un estado interno que se caracteriza por pensamientos, sensaciones, reacciones fisiológicas y conductas expresivas particulares. Estas emociones aparecen muy poco tiempo después de que nacemos. Por ejemplo, la angustia se presenta en un bebé que llora y se inquieta cuando tiene hambre. De la misma manera, la alegría aparece en el bebé cuando se le alimenta o se le abraza tiernamente. Entonces, las primeras reacciones emocionales funcionan como mensajes y mejoran la probabilidad de supervivencia.

Daniel Goleman, psicólogo estadounidense que popularizó el término inteligencia emocional, se refiere a la estrecha relación que existe entre las emociones que experimentamos y nuestro estado de salud. Las enfermedades tienen muchas causas: la herencia, el medio ambiente, los malos hábitos, etcétera; pero gracias a las numerosas investigaciones, realizadas sobre todo en Estados Unidos, ahora se sabe que los estados mentales afectan a nuestro organismo haciéndolo más vulnerable a las enfermedades.

Las emociones no surgen de la nada, sino que están relacionadas con nuestro modo de descifrar lo que nos sucede. Si interpretamos algo como amenazante sentiremos ansiedad. Esta reacción puede dar lugar a síntomas como dolores de estómago o de cabeza, tensión muscular o enfermedades respiratorias, tal como han demostrado algunos estudios en los que se ha visto cómo pueden aparecer estos síntomas tras un acontecimiento estresante. 

Desafortunadamente, las emociones negativas tienen un impacto en la salud mucho más contundente que el que pudieran tener emociones positivas como la alegría y la calma. Por eso no es raro encontrarnos hoy en día con una gran cantidad de trastornos relacionados con cuestiones emocionales y con el estrés. Por ejemplo, se ha descubierto que en las personas deprimidas suele ocurrir un debilitamiento del sistema inmunológico.

Nuestra forma de ver el mundo también influye en los síntomas. Las personas con sentimientos y pensamientos recurrentes de desesperanza, desamparo y depresión, que además tienen poca capacidad para enfrentarse a los acontecimientos estresantes o para resolver los problemas de sus vidas, tienen más probabilidades de sufrir enfermedades crónicas.

Por desgracia, la medicina moderna tiende a centrarse casi de manera exclusiva en el tratamiento de los síntomas, olvidando que en muchas ocasiones la verdadera causa de la enfermedad obedece a los intentos del organismo de lograr la propia curación.

Pero si estados mentales saludables como el optimismo, la seguridad, el contacto social, la bondad y la felicidad están a nuestro alcance, ¿por qué hay quienes “eligen” un estado emocional negativo? ¿Qué han hecho de diferente quienes llevan un estilo de vida más saludable, si no son inmunes al estresante modo de vida actual?

Estudios neurológicos explican que el modo en que expresamos nuestras emociones es regulado por estructuras que están localizadas en los hemisferios cerebrales.

Una serie de técnicas empleadas en los últimos años con resultados muy favorables para el manejo de las emociones negativas y el estrés, consideran que la mente tiene la capacidad de producir cambios curativos en el cuerpo, desde los dolores de cabeza hasta la hipertensión o el asma.

El autoseguimiento o autocontrol es una estrategia que consiste en realizar un registro de las veces que se presenta la conducta o el síntoma. En la terapia de relajación, la persona comienza por recostarse o adoptar una postura sentada en un lugar tranquilo, con los ojos cerrados y la mente enfocada hacia las sensaciones internas, con una respiración suave, relajando gradualmente los músculos; incluso, se puede incorporar la repetición de una frase o de sonidos, de manera silenciosa o en voz alta.

Finalmente, la terapia cognitiva ayuda al sujeto a comprender que sus dificultades son resultado de pensamientos y expectativas defectuosas, y a que piense más racionalmente, ya que la presencia de emociones positivas y negativas influye de manera clara en la salud mental del individuo y en su proyecto de vida.

Para finalizar, basta con saber que somos capaces de manejar los eventos que ocurren a nuestro alrededor, que la mente es nuestra principal herramienta y que las habilidades necesarias para controlarla las conocemos y las hemos utilizado alguna vez; si somos capaces de explotar su potencial, podremos contar con ella como el instrumento más importante para enfrentar las exigencias del mundo actual.

 

 

 

*Maestra en Psicología Clínica por la Universidad Iberoamericana

 

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