El 1° de diciembre del año pasado comenzó un brote de una extraña neumonía en la ciudad de Wuhan, China. En ese momento pocos imaginaron las dimensiones que tomaría esa enfermedad —COVID-19 o enfermedad del coronavirus—, hasta convertirse oficialmente, tres meses después, en una pandemia que se ha extendido a cerca de un millón de personas, prácticamente en todos los países del mundo, causando casi 50,000 muertes.

¿Qué nos espera, ya no sólo como país, sino como humanidad? Es difícil saberlo, pero ya se están manifestando las severas consecuencias del COVID-19 alrededor del mundo: crisis económicas por la paralización de importantes sectores de la economía, escasez de productos farmacéuticos, desabasto de alimentos, aislamiento y restricción de la vida social, miedo...

No es nuestra intención alimentar el sentimiento de desesperanza; más bien, quisiéramos invitarte a considerar esta emergencia como una oportunidad para detenerte y reflexionar con serenidad sobre la importancia que cada uno de nosotros tiene en las circunstancias actuales.

Frente a los grandes problemas que azotan a nuestro mundo —guerras, cambio climático, desigualdad social, violencia—, a los que tristemente desde hace mucho nos hemos acostumbrado, es sencillo evadir la responsabilidad personal; “otros” son los responsables: los políticos, los gobiernos, los líderes mundiales, los grandes monopolios, los líderes religiosos, los grupos terroristas, los medios de comunicación, etcétera. Al parecer, nada podemos hacer nosotros, personas comunes y corrientes, ciudadanos “de a pie”... ¡Nada más equivocado que esta percepción! Cada uno de nosotros es una pieza fundamental, clave, en el combate a esta nueva amenaza y es nuestro deber asumir ese papel y darnos cuenta de que no sólo ante la pandemia, sino ante todas las problemáticas que nos rodean, ninguna solución será posible sin nuestra participación comprometida.

La Organización Mundial de la Salud ha estimado que cada persona infectada puede a su vez transmitir el virus a dos personas, en promedio, aunque estimaciones menos conservadoras señalan que la tasa de contagio puede ser de tres. Como los síntomas tardan hasta 15 días en manifestarse, si alguien contagiado —sin saberlo— mantiene su interacción social habitual, la transmisión del virus se eleva a dimensiones exponenciales, como ya se ha visto en varios países. ¿Qué nos dicen estos datos? Que la única posibilidad de ganar esta guerra consiste en disminuir nuestra interacción social al mínimo estrictamente indispensable y con las medidas de higiene más estrictas recomendadas por los expertos en materia de salud. Aquí no puede haber espacio para relajarse y ninguna precaución está de más.

Como puedes ver, cada persona es una pieza fundamental para lograr que el contagio se detenga. Si logramos tomar conciencia del papel que cada quien tiene en la solución de esta pandemia, habremos aprendido una gran lección que nos permitirá salvar a nuestro planeta de los demás riesgos que aún tiene por delante.

 

Cordialmente,

 

Luis Arturo Pelayo

Director Editorial

 

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