Febrero es el mes del amor, no cabe duda. Nos lo recuerda la propaganda que nos invita a gastar —en regalos, flores, tarjetas, invitaciones a cenar, etcétera— para decirle a una persona cuánto la queremos. ¿Será ésta la mejor manera de demostrar el afecto?

Aunque no está mal tener un detalle de este tipo, celebrar el amor y la amistad implica algo mucho más profundo. El artículo “La gran respuesta es el amor”, incluido en esta edición, te puede dar una pista sobre lo que verdaderamente significa amar.

Recuperando la filosofía humanista del pensador alemán Erich Fromm, el autor del artículo, Diego Velázquez Betancourt, repasa las características que según Fromm caracterizan a un amor verdadero, las cuales expone en su célebre libro El arte de amar: cuidado (la preocupación sincera que busca proteger al ser amado), responsabilidad (responder a las necesidades de los demás), respeto (ver y aceptar a las personas tal como son y no como uno espera que sean) y conocimiento (interesarse por el otro, saber quién es, más allá de la superficie).

Y aunque no es fácil desarrollar un amor verdadero hacia alguien, el reto es aún mayor: no podemos quedarnos sólo en amar a las personas de nuestro círculo cercano. Como nos recuerda el autor, tenemos que desarrollar un amor fraternal y universal: hacia todos los seres humanos y hacia nuestro entorno, hacia nuestro planeta, que cada día más necesita una muestra de que verdaderamente nos importa.

El Boletín de Científicos Atómicos de la Universidad de Chicago —un grupo de expertos de primer nivel que incluye a 13 premios Nobel en sus filas— cada año da a conocer su diagnóstico sobre el riesgo de exterminio que afronta la humanidad. Y en estos días ha anunciado que al “Reloj del Apocalipsis” (que mide el grado de amenaza nuclear, ambiental y tecnológica para la humanidad, y muestra los minutos que nos quedan hasta la medianoche, es decir, hasta el fin del mundo) le quedan sólo 100 segundos: estamos más cerca que nunca de destruir nuestro planeta. Al calentamiento global, la pérdida de hielo en los polos y el aumento del nivel del mar impulsados por los gases de efecto invernadero, producto de las actividades humanas, se suman los peligros de una guerra nuclear y las amenazas cibernéticas. ¡El problema es gravísimo!

¿Qué podemos hacer nosotros para ayudar a resolverlo? El primer paso es tomar conciencia: basta de pensar que se trata de un problema ajeno, que no hay peligro. Y a eso hay que sumar acciones concretas, cotidianas: reciclar más, producir menos basura, consumir menos, cuidar el agua, usar menos el coche, etcétera.

No dejes de seguir la sección sobre “los retos de la década” en la que Diego Velázquez Betancourt reflexionará a lo largo de todo este año sobre este importantísimo tema. Nos quedan sólo 100 segundos...

 

Cordialmente,

Luis Arturo Pelayo

Director Editorial

 

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