Beatriz Goyoaga, coordinadora de la Fundación El Arte de Vivir en Argentina y Latinoamérica, nos abre su corazón para contarnos cómo afrontó el duelo tras la pérdida de su esposo, de la mano de la meditación y la respiración.

 

 

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Habíamos elegido aquellas vacaciones con tanto amor y cuidado. Además, era la excusa perfecta para reencontrarnos con mi madre, mi hermana y su marido, que vivían en Madrid, y juntos disfrutar en familia unos días de verano. Todo era perfecto. Decidimos ir a los Alpes suizos de trekking, a jugar, a comer, a amar, a reír y a celebrar la vida, porque nos sentíamos con ese espíritu. Luego del viaje, iríamos los dos juntos a la Selva Negra de Alemania a tomar un curso de meditación y mi familia regresaría a la ciudad de mi nacimiento. Ludovico, italiano, deportista, campeón de atletismo y de equitación, era mi gran compañero de vida.

Ya en Alemania, nos quedamos la noche anterior al curso en casa de unas amigas, celebrando el reencuentro en un sombrío patio alemán. Era una noche estrellada y Ludovico nos hablaba sobre estrellas y galaxias. Traté de llevarlo temprano a la cama, pues debíamos partir en la madrugada, pero él dijo: “Quedémonos un poco más, todo esto es tan hermoso”. Lo obligué a que fuese a dormir. Antes de la salida del sol, durante la fría madrugada, oí un grito seco. Era él que me llamaba suplicándome que lo llevara de nuevo a Suiza. “Me siento muy mal”, gimió. Partimos de inmediato.

Habíamos alquilado un pequeño auto y él se recostó en el asiento de atrás mientras yo, manejando a más de 150 kilómetros por hora, llamaba a todas las clínicas pidiendo auxilio. Mirando por el retrovisor le decía: “¡Respira, Ludovico! ¡Medita como puedas!” Él tenía una débil sonrisa. Jamás habría imaginado que un autito como ése corriera tanto. Y gracias a que me encontraba en una autopista alemana sin límite de velocidad, ponía el pie en el acelerador al máximo. Corría contra el tiempo, no contra el viento.

Esa misma noche, en el lugar donde días atrás habíamos sido tan felices, entrábamos a la clínica Cecil, de Lausana. El médico me comunicó que la situación de mi marido era irreversible. Sus síntomas vitales comenzaban a fallar y, horas más tarde, sin molestar a nadie, sin grandes alarmas, Ludovico murió.

Esa noche su alma salió de su cuerpo. Ese precioso cuerpo, antes tan vital y atlético, ahora yacía inerte, sin vida, rígido y frío. Yo miraba detrás de las lágrimas, preguntándole en silencio: “¿Por qué te fuiste sin decirme que ya no volverías?”, pero al instante, aplicando mi nueva forma de entender las cosas, comprendí que sólo una parte de él estaba muerta. Desde hace unos años yo tengo muy claro que esto no se termina aquí, sino que continúa. Antes pensaba que el día de la muerte era el fin definitivo.

 

Superando la muerte

Sola. Completamente desolada en un país extranjero, acababa de perder a mi compañero de vida y nadie me podía apretar la mano ni prestarme un hombro para llorar. Sentada al lado de Ludovico, escribí a mis amigos de Argentina y a mi familia en Madrid acerca de cómo la belleza existe aun en el momento de la partida. Pude ver que la muerte es serena, que la vida se apaga como una velita, que había belleza en aquel cuerpo inerte y que en el entorno se respiraba mucha tranquilidad. Vi cuánto respeto mostraban todos los que lo atendían con tanto cariño y con tanto amor, a pesar de que ya estaba muerto. El enfermero le decía con suma delicadeza: “Señor, le voy a dar vuelta”. ¡Cuánto respeto! ¡Qué expresión de amor!

Traté de describirles a los míos el momento exacto de la despedida. Ludovico era el ser que más amaba en la vida y yo tuve la fortuna de presenciar ese momento final a partir del cual su respiración se fue apagando lentamente como la música de un concierto vital; aquel halo de vida que durante 15 años habíamos usado para encontrar nuestro propio equilibrio. Con una serenidad que ni yo misma podía creer, hice todo lo que correspondía: con equilibrio y tranquilidad tuve que firmar papeles, escoger el féretro y sólo cada tanto me brotaban lágrimas de soledad mezcladas con el agradecimiento por todo lo hermoso que habíamos compartido durante tantos años.

Cuando nos quedamos solos, empecé a dar vueltas en el cuarto sin saber qué hacer, doblando su ropa, guardando su cepillo de dientes, como si lo fuese a volver a usar. Finalmente, me paré a su lado y le pedí perdón por los disgustos que le hubiese causado. Más tarde rogué a las enfermeras que no ingresaran y me dejaran a solas con él. Me senté en su cama, tomé su mano fría y empecé a meditar. Fue como un bálsamo. Mi mente se empezó a tranquilizar y me llevó como en sueños por las cosas más lindas que habíamos vivido y compartido. Hasta podía ver hermosos colores, luces que me llenaban de sosiego y gratitud.

Luego de meditar a su lado, con una serenidad increíble permití que todo ocurriese como tenía que ocurrir, tanto en el aspecto médico como en el legal, como si fuese una película. Al día siguiente, junto a mi familia y algunos amigos que habían llegado de España, de Italia y de otros lugares más, le cantamos algunas canciones de amor. Tocó la guitarra el músico argentino, su querido amigo Ignacio Escribano. En Suiza, donde no se canta ni siquiera en las fiestas, pensaban: “Estos están locos”. Pero yo estaba segura de que él aún nos sentía y habría disfrutado aquel homenaje con una gran sonrisa.

Ese día después de la muerte de Ludovico estuvo en calma, fue un día sin viento en pleno verano. Legalmente me exigieron que atestiguara cómo el féretro ingresaba en el horno eléctrico. Levanté la mano de Ludovico y me despedí de él, observando aquella gran compuerta tras la cual aparecían las llamas que se llevarían el cuerpo de mi esposo junto con una gran historia de amor. Al mismo tiempo que me temblaban las piernas, sentía una inmensa gratitud por haber tenido un hombre tan fascinante a mi lado. Lo despedí como si fuese a dar un paseo.

Y en verdad estos años que no ha estado conmigo he sentido que no ha muerto, que está en Roma en casa de su hermana (adonde iba con frecuencia) y que en cualquier momento volverá. No hay desgarro ni desesperación, lo cual lo adjudico a la meditación que practico. Compartimos una sensación de aceptación del momento presente y de tanta calma, que quien me hubiera visto en aquel momento, hubiera creído que no sentía nada por mi marido. Pero era todo lo contrario. ¡Éramos tan unidos y estábamos tan enamorados!!

La meditación no se vende en la farmacia ni la recetan los médicos. Se aprende. Y se cultivan y se cosechan beneficios que están disponibles para todos y que en muchos casos son útiles para sobrellevar un duelo y tener la serenidad para enfrentarse las desavenencias cotidianas que impone la vida.

Habiendo estudiado física en el colegio, sabía que la vida es energía. Aprendí que la primera ley de termodinámica dice que “la energía no se puede destruir ni se puede crear; sólo se puede transformar”. Si uno, por su educación o sus creencias religiosas, no puede aceptar que regresamos una y otra vez a este planeta, entonces definitivamente, nos encontraremos en algún otro estado, pues la energía de vida no se puede destruir.

Con mi marido llevaba más de 15 años meditando y respirando según las enseñanzas de Sri Sri Ravi Shankar, fundador de El Arte de Vivir, pero fue en ese momento de tanta tristeza cuando descubrí que la meditación era la herramienta que me iba a permitir transcender ese duro duelo. Naturalmente, el dolor era muy grande, pero constituyó un luto en paz y con una gran fortaleza que me sostenía desde mi interior. Mis lágrimas eran dulces como las del amor y no agrias como las de la rabia. En mi cuerpo brotaba la aceptación del momento presente.

 

Cómo llegué a meditar

Mi vida había sido una larga búsqueda del motivo de la vida. Con Ludovico habíamos escalado el Everest juntos y atravesado los desiertos de Arabia y del Gobi. Y yo sentía que la existencia tenía algo más para ofrecerme. Lo busqué desesperadamente, porque necesitaba encontrar algo más que trabajar, comer y dormir día tras día. Pasé por la fiesta y el frenesí. Probé la competencia deportiva, saltando a caballo muros de 1.90 metros y hasta experimenté el riesgo de escalar volcanes. Viví con los aborígenes de Australia. Me lancé del helicóptero del rompehielos Almirante Irízar en la Antártida. Nadé con lobos de mar en Ecuador. Crucé Siberia para ir a Mongolia y alquilar un departamento en Ulán Bator. Aprendí siete idiomas, incluido el chino. Busqué en la naturaleza y en la cultura, pero no encontraba mi razón de ser. Y lo peor de todo era que nunca iba a hallarlo en ninguno de los lugares que había visitado, sino dentro de mí.

En la religión tampoco pude encontrar las respuestas correctas. Las hallé sólo a partir de haber tocado base en mi propio ser, de haber comenzado a meditar en silencio, llevando a cabo mis prácticas de respiración regularmente. Ahora me doy cuenta de que todo está dentro de mí, que la fuerza, la alegría y el amor emanan de mí y no de los objetos, que la belleza es una experiencia interna y no está en el cuadro sino en mí. Así pude llenar ese vacío existencial y comprobé que la alegría de vivir pasa por otro lado. Había comenzado, con certeza, mi despertar espiritual.

Descubrí que la meditación y la respiración tienen un impacto importantísimo en la salud y que, acompañándola con una buena alimentación, la calidad de vida cambia, se reducen los niveles de estrés y la persona se enfoca en el momento presente sin necesidad de preocuparse por la ansiedad del futuro y sin deprimirse por un pasado que ya no existe. La respiración me catapulta a un estado de meditación profundo y me permite navegar en el silencio de mi ser. Me siento, cierro los ojos y aplico mi técnica de meditación de la que hoy soy instructora y mi mente vuela por el espacio mientras que mi cuerpo, inmóvil, es testigo de mis pensamientos. Entonces me doy cuenta de que yo no soy sólo este cuerpo, sino mucho más.

Sin este despertar mi vida era vacía; me limitaba a comer, a dormir, a trabajar; a comer, a dormir, a trabajar, y a comer, a dormir, a trabajar. Sentía que esto no podía ser todo en mi vida. ¡Y por fin encontré lo que me faltaba! Ahora vibro porque sé que el motivo de mi vida es ayudar a otros a ser felices y a que encuentren en su interior la paz que yo encontré al meditar.

Servir es mi vocación y mi misión. Y es un acto que me hace plenamente feliz. Una mente serena es una mente feliz que acepta las desavenencias de la vida sin desesperación. Que acepta los cambios del tiempo.

He podido entender cosas que antes no entendía. Por ejemplo, comprendí que todo el universo tiene reglas que rigen la existencia y mantienen un equilibrio perfecto. Todos morimos exactamente el día que debemos morir. Ahora entiendo que todo está regido por un orden perfecto de la naturaleza que hace que el océano no se salga de su contención y que uno deje su cuerpo el día que tiene que dejarlo. No existe la casualidad.

Al mismo tiempo he incrementado mi paciencia y tolero a personas que antes rechazaba. Antes yo decía: “Esta persona no me saluda porque es snob”. Y Ludovico aseguraba: “¡Es tímida!” Y, en efecto, era tímida. Mi mente juzgaba erróneamente, pero yo no lo veía así. Hoy tengo fe en las personas, en la vida y también en lo que no veo. Y siento en las venas el perfecto equilibrio del vasto cosmos. Sólo es nuestro ego el que nos hace creer que tenemos todo bajo control. ¡Hoy sé que no tengo el control de casi nada!

 

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