De la autoría de Homero, el poeta griego por excelencia, la Ilíada y la Odisea constituyen dos de las grandes obras maestras de la literatura occidental que no pueden pasar inadvertidas. Acércate a estos poemas épicos, escritos hace casi 3,000 años, y revive la guerra entre troyanos y aqueos —ocasionada por el rapto de Helena de Esparta por el príncipe Paris de Troya—, así como el regreso de éstos a casa después de la contienda.

 

 

Entre los cuchicheos expectantes de los invitados, una voz se alzaba: “¡Canta, oh musa, la furia de Aquiles!”, decía a veces; y en otras ocasiones comenzaba: “Háblame, musa, del varón de gran ingenio que anduvo errante mucho tiempo”. La gente escuchaba, deliciosamente abstraída por la cadencia de las palabras, las hazañas de los héroes y de los dioses en boca de los aedos, talentosos poetas que guardaban en su memoria el rico tesoro oral y musical de Grecia.

Con frecuencia su oficio los llevaba a diversos lugares de la geografía griega, y como no había pueblo de la península que no hubiera aportado un héroe a la guerra de Troya, eran bienvenidos en casi todos lados.

Los espectadores vibraban al escuchar sobre el último año de la guerra, cuando la furia de Aquiles fue determinante para la victoria de los aqueos, la alianza griega que había atravesado el mar Egeo para castigar el secuestro (o fuga) de la bella Helena por parte del troyano Paris. De la misma manera hipnótica, el auditorio de aquellos artistas quedaba impactado por el penoso recorrido de 10 años que Ulises había tenido que sortear para regresar a su patria tras la caída de Troya.


Aquiles, el de pies ligeros

La cólera de Aquiles, hijo de la diosa Tetis, es el motivo principal de la Ilíada, el relato más completo de la guerra de Troya que ha llegado hasta nuestros días. La trama señala que Agamenón, líder de los aqueos, y Aquiles habían obtenido como “botines de guerra” a Criseida y a Briseida.

Sin embargo, una enfermedad comenzó a cobrar la vida de los aqueos, por lo que el oráculo determinó que Criseida debía ser devuelta a su padre para que el mal cesara. A instancias de Aquiles, Agamenón devuelve a su esclava, pero le quita a aquél la suya, lo que provoca que Aquiles abandone la lucha, pues se le ha faltado al respeto. El alejamiento del guerrero da bríos a los troyanos, cuya ofensiva empuja cada vez más a sus enemigos hacia el mar…

Ni la devolución de Briseida ni los ruegos de sus aliados convencen al héroe de empuñar sus armas de nuevo. Entonces Patroclo, desesperado por la impasibilidad de su amigo Aquiles, le pide que le preste su armadura para entrar al campo de batalla y que sus aliados crean que el héroe ha vuelto. El plan parece funcionar a la perfección; sin embargo, el troyano Héctor mata a Patroclo en feroz combate… Allí queda sellada la suerte de la ciudad, pues cuando Aquiles se entera, retorna enfurecido a la guerra: qué le importa que Paris haya robado a Helena, si resulta que han enviado al Hades el alma de su amigo. En represalia, persigue y da muerte a Héctor en lucha abierta, para tragedia de quienes ven la pelea desde las altas torres de Troya.

Los días siguientes se dedican a los homenajes fúnebres de Patroclo, que incluyen juegos atléticos: carrera de carros y a pie, pugilato y lucha, lanzamiento de peso y jabalina, así como tiro con arco. Varios de los principales jefes consiguen triunfar en esos juegos, mientras el cuerpo de Héctor se pudre, insepulto. No es sino gracias a la intervención del dios Hermes que Príamo, padre del guerrero muerto, puede acercarse a Aquiles para que deponga su ira y le devuelva el cadáver de su hijo, con cuyas exequias termina esa parte de la historia.


El regreso de Ulises

Ulises, también llamado Odiseo, es el protagonista de la Odisea y también rey de Ítaca. Si lo que cuenta la Ilíada era la historia detallada de una parte de la guerra que había enfrentado entre sí al pueblo griego y cómo los dioses se entrometían para tratar de torcer el destino de los seres humanos, esta obra muestra el resto de la mitología enclavada en sus diversas geografías. El viaje de Ulises de vuelta a su hogar, donde lo esperan su esposa Penélope y su hijo Telémaco, nos muestra una gran variedad de monstruos marinos, habitantes de islas, seres mitológicos y dioses iracundos que pululaban en el imaginario de la cultura helénica. No por nada le ocurre esta historia justo a él, que de todos los guerreros nombrados en la historia troyana es el que proviene del lugar más lejano: el primero en ser enrolado por Menelao y Agamenón y el último en retornar a su patria.

Y esta tardanza tiene una razón muy poderosa: el enojo que se ha ganado de parte de Poseidón, por haber dejado ciego a su hijo el Cíclope, gigante de un solo ojo no muy despierto intelectualmente. Jura que no tendrá un regreso sencillo. A pesar de ser un marinero experto, cada cierto tiempo es interrumpido por las olas y las tormentas que habrían hundido a otras naves. Y así pasa entre Escila y Carabdis o retándose a sí mismo al escuchar el canto de las sirenas y no sucumbir a sus encantos (y, por supuesto, fallar: amarrado al poste del barco en que viaja, lo atormenta el violento deseo de ir hacia el origen de las melodiosas voces). La retención de parte de Circe, que convierte la tripulación de Ulises en una horda de cerdos pues desea desposarse con él...

Y, por fin, el regreso, la llegada a su patria para encontrarse con que hay un grupo de hombres que pretenden casarse con su esposa y usurpar el trono de Ítaca. No sólo eso: aquellos vividores se han aprovechado de la hospitalidad de su palacio para darse la gran vida...

           

El que no ve

Aunque la escritura existía en la isla de Creta desde el año 1500 a.C., ésta se había perdido y durante mucho tiempo los griegos fueron considerados un pueblo ágrafo (es decir, que carecía de escritura). No deja de ser una coincidencia sospechosa que la escritura se haya extraviado precisamente hacia la época de la guerra de Troya. Durante cuatro siglos (la llamada Edad Oscura) no fueron los libros los que preservaron los recuerdos, sino la memoria de los aedos, que se regocijaban de gusto cuando relataban la matanza que hizo de los pretendientes gorrones Ulises, el de gran ingenio.

Hacia el siglo VIII a.C. los griegos adaptaron a su lengua las letras fenicias y volvieron a recuperar la escritura. En ese momento quedaron por escrito las dos epopeyas bajo el nombre autoral de Homero. El origen de ese nombre se refiere a “El que no ve”, por lo que muchos consideran que quien relató las obras fue un hombre ciego. Sin embargo, hay teorías que apuntan a que, al firmar así, su transcriptor quería dejar claro que él no había contemplado los sucesos que se narran. Con el paso de los siglos se creyó que aquellas historias eran simples cuentos.

En 1870, sin embargo, todo cambiaría. Armado sólo con las indicaciones que venían en los dos libros, el aficionado arqueólogo alemán Heinrich Schliemann encontró en la actual Turquía el sitio exacto de la fortaleza troyana, con lo cual se replanteó la verdad que podrían contener esas obras, monumentos literarios vigentes que nos pertenecen a todos.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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