El conjunto de las naciones que integran la ONU estableció, desde 2015, 17 metas comunes que se deben alcanzar en los siguientes 10 escasos años. ¿Se podrá? En esta serie de artículos te contamos de ellas y de lo que se espera conseguir para 2030. En esta ocasión, abordamos dos de esas metas: la educación y la igualdad de género.

 

 

Dejemos por un momento de lado el embaucamiento comercial que en la presente temporada atrapa a los jóvenes ingenuos y recordemos las palabras del psicólogo Erich Fromm, quien señala, en su célebre libro El arte de amar: “El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos”. Enlista cuatro elementos básicos e indispensables para despertar en todas sus potencialidades (y matices) a este sentimiento: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.

Es decir, el cuidado es la preocupación sincera que busca proteger al ser amado; en la responsabilidad se ubica esa respuesta voluntaria que damos ante las necesidades del otro ser humano; el respeto consiste en ver a la otra persona como es y “tener conciencia de su individualidad única”, para no buscar imponer ni dominar. Finalmente, con conocimiento se alude sobre todo a la orden que el oráculo de Delfos dio al filósofo Sócrates: “Conócete a ti mismo”, pues ese paso es esencial para abordar el conocimiento del otro (nuestro igual pero con otra historia y otra circunstancia).

Desde un punto de vista más amplio, esta forma de amor es la que subyace en la tarea que los ciudadanos conscientes del mundo han asumido frente al “gran problema planetario”. En esta situación, el objeto que requiere la atención de nuestro amor es la Madre Tierra, hogar de millones de especies de seres vivos a los que la transformadora actividad humana sobre la naturaleza y las demás especies (basada en la poca ética productiva y el consumismo desinformado) ha terminado por desequilibrar de manera muy peligrosa. Las decenas de miles de peces, aves, reptiles y mamíferos que terminan con el estómago reventado, víctimas mortales de los microplásticos de colores engañosos causados por la industrialización, son el indicador de que este “fin del mundo”, justo éste, el que irá de 2020 hasta (pongamos por caso optimista) 2100, es más real que los anteriores, cuando los sueños enfebrecidos de algún iluminado espantaban a las almas cándidas. Basta considerar el hecho de que tan sólo en los últimos 40 años ha desaparecido más de 60 por ciento de la biodiversidad de nuestro mundo.

 

El plan de la ONU

Este veredicto está respaldado por miles de científicos que han consagrado gran parte de su vida a observar, clasificar, proponer hipótesis y probar sus propuestas alrededor de fenómenos que han demostrado ser contaminantes o deteriorantes del ecosistema. Hoy existe un acuerdo unánime entre las naciones: debemos encontrar la manera y actuar conforme a la forma más eficaz de suprimir el daño evidente que entre todos los homo sapiens actuales hemos hecho a la naturaleza. Debemos organizar con leyes firmes la forma de extraer, producir, transportar, distribuir, consumir, reciclar, reusar y desechar los productos que usamos.

Uno de los aspectos claves es, sin lugar a dudas, la educación. Sin embargo, más allá del modelo de la ONU, que propone ajustar la enseñanza al “desarrollo sostenible”, se debe considerar ante todo a ésta como una oportunidad de que los educandos adquieran la capacidad crítica de entenderse a sí mismos, de buscar su mejoramiento continuo, para abordar la realidad que los rodea, más allá de la sola intención de “enriquecerse” y “triunfar” en la vida, a costa de lo que sea, sino con la conciencia de que su actividad será determinante para el bienestar de su sociedad y el entorno natural. Es, pues, una educación que debe atender no sólo la infraestructura educativa o las materias básicas (aritmética y lengua), sino que esté enfocada en la consecución de individuos que se vuelvan responsables, cuidadosos y respetuosos de las problemáticas que están cerca de su ámbito de acción. Menos “tiburones de los negocios” y más innovadores con conciencia.

Para esto se requiere la participación de mujeres y hombres por igual. Y es en este punto donde la ONU vuelve a poner el dedo: es indispensable que exista igualdad de género. Mientras la mujer siga siendo objeto de diferentes tipos de violencia (económica, sexual, escolar) y los varones sigan practicando sin cuestionar los comportamientos machistas (que muchos consideran “naturales” y no producto de una sociedad violenta), nuestras comunidades hallarán muy difícil el avance hacia una meta general.

 

El caso de México

Aunque la ONU reconoce avances en ambas materias, en nuestro país los rezagos educativos y la desigualdad de género continúan siendo problemas dramáticos. No sólo es un problema la falta de profesores capacitados; también lo es las instalaciones y, sobre todo, la alimentación con que niños y jóvenes llegan a sus aulas. Los datos disponibles aseguran que en los aspectos de ciudadanía mundial (que es un concepto que se busca incorporar) los alumnos mexicanos sólo han recibido en nivel alto lo correspondiente a los derechos humanos, pero está en niveles muy bajos de igualdad de género y de desarrollo sostenible. Es decir, reciben poca o nula información sobre estos temas (y de otros igual importantes, como la información relativa a VIH/sida y salud reproductiva).

En igualdad de género el país ha avanzado, sobre todo en acceso a la educación; sin embargo, persisten obstáculos para una garantía plena de ello: a las mujeres sistemáticamente se les niegan derechos laborales, además de que sufren violencia, explotación sexual y discriminación en la toma de decisiones políticas. En la división del trabajo no remunerado, como el trabajo doméstico y el cuidado de otras personas, siguen estando en desventaja frente a los varones.

Por ello es importante retomar desde la familia y los individuos (y no esperar a que sólo actúen los gobiernos) los cuatro conceptos de Fromm: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento, y aplicarlos de modo consistente. Esto es, es necesario experimentar el amor no egoísta, para alcanzar verdaderamente las metas planteadas que puedan hacer de este planeta un lugar sostenible para vivir. Como cantaban The Beatles (y han afirmado los grandes sabios a lo largo del tiempo): “Todo lo que necesitas es amor”.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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