Reportero de la Revolución Mexicana entre 1913 y 1914, el periodista y activista estadounidense John Reed nos legó un valioso testimonio de su paso por nuestro país, en el que convivió con la tropa y con legendarios jefes militares como Francisco Villa: el libro “México insurgente”, obra indispensable para conocer ese periodo de nuestra historia desde la perspectiva del pueblo que participó en la lucha armada.

 

 

En el inicio del siglo XX los adelantos tecnológicos, científicos y artísticos parecían augurar la llegada de una larga época plena de progreso y prosperidad. Sin embargo, esa ilusión no duró mucho. En la segunda década del siglo el mundo entero se estremecería con una serie de convulsiones sociopolíticas que empezaron en México, en 1910, con el levantamiento armado contra la dictadura porfirista. Casi simultáneamente (1911), en China, los ejércitos republicanos daban término a uno de los regímenes imperiales más largos de la historia de la humanidad. Poco después, en 1917, la revolución en Rusia derrumbaba otro prolongado despotismo imperial, el de los zares, e instauraba el primer Estado socialista triunfante inspirado en ideas marxistas. Entretanto, de 1914 a 1918, la gran conflagración conocida como la Primera Guerra Mundial cambió definitivamente la composición política de Europa, África y Asia. En los procesos revolucionarios de México y Rusia, nuestro personaje tuvo una actuación destacada como cronista literario y activista político.

John Silas Reed nació en Portland, Oregon, el 22 de octubre de 1887, en el seno de una familia acomodada. Estudió en la Universidad de Harvard, y tras regresar de un viaje a Europa en el que aprendió los rudimentos del idioma español, se relacionó con los círculos socialistas, anarquistas, sindicalistas y de artistas de vanguardia que se reunían en cafés y antros de Greenwich Village, en Nueva York. Así empezó a colaborar con publicaciones de tendencia izquierdista; su reportaje sobre la huelga de 25,000 obreros textiles en New Jersey (febrero de 1913) le valió no sólo 20 días de cárcel por unirse a los piquetes de huelguistas, sino además el reconocimiento a nivel nacional de sus habilidades como periodista. La respuesta represiva del gobierno influyó en la radicalización del sector de los jóvenes intelectuales que hasta poco antes habían escandalizando a la sociedad puritana de Estados Unidos con sus desplantes y sus actitudes desprejuiciadas; pero su contacto con el movimiento obrero hizo que esa juventud liberal volcara sus necesidades de transformación hacia el socialismo o el anarquismo. Reed, ahora afamado como buen escritor y analista político, fue enviado, con el patrocinio de varios diarios del país vecino, como corresponsal de guerra para cubrir lo que sucedía en México a finales de 1913.

Aunque su estancia en México fue relativamente breve —desde finales de 1913 hasta mediados de 1914—, y a pesar de que su itinerario lo llevó únicamente por zonas de Chihuahua, Durango, Coahuila y Sonora, los resultados de su trabajo como corresponsal de guerra trascendieron en mucho esos límites de tiempo y espacio. Sus artículos periodísticos causaron un profundo impacto en la opinión pública estadunidense (entre sus lectores asiduos se contaba Woodrow Wilson, entonces presidente de la nación del norte). Pero quizás de mayor importancia fue que pronto publicó Insurgent Mexico (México insurgente), que se convirtió en uno de los mejores testimonios escritos por extranjeros de la lucha revolucionaria del pueblo mexicano. Por su emotividad y su colorido, por la fuerza dramática de las escenas que narra, por la profusión en los detalles y los temas que aborda, y por la gran calidad literaria de sus descripciones, ese libro trascendió el nivel del reportaje para constituirse en una crónica que, desde su primera aparición (1914) hasta la actualidad, ha resultado ser una obra de indispensable lectura para quienes quieren adentrarse en el conocimiento de la Revolución mexicana.

Joven, temerario y romántico, abierto a las posibilidades de la aventura y partidario de las ideas socialistas, Reed fue inmediatamente atraído por los orígenes populares del general Francisco Villa y su ejército. La fortaleza de sus 26 años le permitió enfrentar con plenitud los peligros del campo de batalla, el desgaste de las marchas forzadas, los estragos del tequila, el sotol y las fiestas (nada de eso faltaba en la Revolución). A finales de 1913 Reed se entrevistó con Villa, comandante de la División del Norte del Ejército Constitucionalista. En la semblanza que hace del controvertido personaje destaca lo siguiente: “La gran pasión de Villa eran las escuelas. Creía que la tierra para el pueblo y las escuelas resolverían todos los problemas de la civilización […] Les parece increíble, a los que no lo conocen, que esta figura notable, que en tres años ha surgido de la oscuridad a la posición más destacada en México, no aspire a la presidencia de la República […] Cuando se le interroga sobre el particular, contesta con toda claridad: ‘Soy un guerrero, no un hombre de Estado. No soy lo bastante educado para ser presidente. Apenas aprendí a leer y escribir hace dos años. ¿Cómo podría yo, que nunca fui a la escuela, esperar poder hablar con los embajadores extranjeros y con los caballeros cultos del Congreso? Sería una desgracia para México que un hombre inculto fuera su presidente. Hay una cosa que yo no haré: es la de aceptar un puesto para el que no estoy capacitado’”.

También entrevistó a Venustiano Carranza (en Nogales, Sonora, en febrero de 1914), el primer jefe de la Revolución Constitucionalista, de quien, al contrario de Villa, Reed plasmó un retrato pleno de las ambigüedades que lo caracterizaban: honesto, pero vanidoso; recto, pero arrogante; un gran patriota, pero imbuido de una gran santurronería. En todas las ideas expresadas por Carranza en esa ocasión Reed no logró detectar el menor asomo de simpatía o entendimiento de las condiciones reales de los peones y las clases bajas de México.

Sin embargo, en México insurgente, más que los grandes jefes, es precisamente el pueblo metido a la Revolución el que juega el papel preponderante en las narraciones. Son los soldados de la tropa de Tomás Urbina (el compadre de Villa que, como éste, había sido un bandolero antes de transformarse en general revolucionario); son las abnegadas soldaderas que formaban parte de los ejércitos en combate, tanto como los hombres; son los campesinos y los rancheros que, por el amor a su terruño, a su familia y a sus costumbres, se lanzaban a la vorágine de la lucha armada.

Las experiencias de Reed en el México revolucionario lo llevaron a presenciar la batalla de Torreón (marzo-abril de 1914), a conocer los pintorescos pueblos del norte de Durango y a relacionarse con la gente del pueblo, que a veces lo trataba con desprecio y con desconfianza porque era “gringo”, pero con la cual finalmente pudo confraternizar gracias a su abierto carácter personal. Esas experiencias en México cambiaron la vida de Reed para siempre. Por eso se esforzó en explicar lo justo de la Revolución y en oponerse a la intervención estadunidense en México.

Quizás porque percibía que con el crecimiento de la División del Norte el calor de la tropa revolucionaria se iba transformando en la frialdad de una máquina de guerra, Reed solicitó a sus editores que lo enviaran al sur, donde él pensaba que la tropa zapatista estaba realizando una revolución más verdadera. Sin embargo, nunca logró llegar a Morelos ni conocer a Emiliano Zapata. El estallido de la Primera Guerra Mundial centraba la atención internacional en los campos de batalla europeos, adonde fue enviado.

Los años finales de esa convulsionada segunda década del siglo XX también fueron los últimos de la vida de John Reed. Sus trabajos periodísticos y sus inclinaciones políticas lo llevaron hasta el corazón de la otra gran revolución conducida por el Partido Bolchevique en Rusia. Allí, entre 1917 y 1920, estuvo cerca de Lenin, Trotsky, Zinoviev y otros líderes revolucionarios, y presenció muchos de los importantes acontecimientos que darían origen al primer Estado socialista: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El libro que reúne la experiencia de Reed sobre esa primera etapa de la Revolución rusa es probablemente su obra más conocida: Diez días que estremecieron al mundo.

Finalmente, minado por su mala salud (a la que indudablemente contribuyeron varios meses de cárcel y los malos tratos que recibió en Finlandia cuando intentaba regresar por esa vía a Rusia) y tal vez decepcionado por el rumbo que parecía tomar la revolución socialista con la que tanto se había comprometido, Reed murió en Moscú, por una enfermedad diagnosticada como tifo, el 17 de octubre de 1920. Y si bien sus restos fueron depositados en el Kremlin como un homenaje a su actuación política, seguramente no le habría molestado en lo más mínimo que su sueño eterno discurriera a la sombra de algún mezquital en Durango o en Chihuahua, “en el país de Urbina”.

 


 

* Egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia como antropólogo, con especialidad en lingüística y especialmente dedicado a la investigación sobre la historia de México.

 

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