Año con año, en la Ciudad de México tiene lugar un fenómeno natural que claramente indica el paso de la estación invernal a la primaveral: el florecimiento de las jacarandas. Que no pase inadvertido ante tus ojos este maravilloso espectáculo urbano.

 

 

A los habitantes de las grandes ciudades suelen pasarnos inadvertidos los cambios que ocurren durante el paso de una estación a otra. Inmersos en nuestros ajetreos cotidianos, con el horizonte cada vez más circunscrito por las moles de concreto que nos rodean, con un cielo generalmente desfigurado por la polución atmosférica y con escasos espacios verdes y forestas, son pocas las posibilidades de apreciar con claridad las transformaciones que acompasan la sucesión de los ciclos estacionales. Desde luego que el frío y el calor o que las lluvias sean más fuertes y constantes durante algunos meses del año, nos dice algo acerca de si estamos en verano o en invierno (aunque las alteraciones provocadas por el actual cambio climático global pongan en jaque la uniformidad anterior de cada estación). Sin embargo, de las transformaciones cíclicas de la vida natural que se acompasan al ritmo de equinoccios y solsticios es poco lo que nos resulta perceptible a los citadinos. Pero afortunadamente en la Ciudad de México contamos con un fenómeno natural que indefectiblemente nos indica el paso de la estación invernal a la primaveral: el florecimiento de las jacarandas.

Porque, en efecto, cada año la primavera anuncia su proximidad enarbolando una floreciente bandera: la flor de la jacaranda. Ya sea que llamemos púrpura, morado, violeta, lila, malva o magenta al color de esa bandera (una compleja gama de coloración que siempre se sitúa en la confluencia entre el rojo y el azul), es indudable que su aparición señala que la época de frío y la disminución de la luz solar va quedando atrás y lo que sigue es la regeneración de la naturaleza.

 

Una planta del tropical

Aunque las jacarandas son oriundas de las zonas tropicales de Perú, Brasil, Paraguay, Bolivia y el norte de Argentina, su introducción en áreas ajenas a esos hábitats nativos ha convertido a este árbol en un habitante “naturalizado” de muchos otros países del mundo y hoy se le halla comúnmente en Ecuador, en el centro-norte de Chile (principalmente en la capital, Santiago de Chile), en el altiplano de México, Florida y California, en el sur de Texas y Luisiana, en España (tanto en tierras de la península como en las islas Canarias), en el sur de Portugal y de Italia, en Hawái y hasta en el sur de Australia y Sudáfrica. Aunque quienes vivimos en México consideramos a la jacaranda como uno de los árboles más distintivos de nuestra ciudad capital, es justo mencionar que en 2015 en Buenos Aires la legislatura de esa ciudad designó a la jacaranda (allá llamada jacarandá o tarco) como “árbol distintivo”, pues desde que se incorporó al paisaje porteño, hacia finales del siglo XIX, es una especie muy común en el arbolado de calles y plazas.

La mayoría de los estudios botánicos acepta que hay unas 50 especies de jacarandas, las cuales se dividen en dos grupos: uno (monolobos)1 está integrado por 18 especies que crecen profusamente en la región del Caribe, México, Centroamérica y el oeste de Sudamérica; el segundo (dilobos) consta de 31 especies cuya ubicación se halla en varias zonas de Brasil (además hay otra especie, la Jacaranda copaia, que se clasifica aparte). Aunque la estructura celular de la madera y ciertas características morfológicas son distintas en ambos grupos, éstos no son claramente distinguibles para los neófitos. La especie que crece más comúnmente en México es la Jacaranda mimosifolia.

El árbol de la jacaranda llega a alcanzar unos 20 metros de altura y su madera se aprovecha para la elaboración de muebles y de otros objetos, pero además contiene unos elementos químicos, llamados taninos, que se utilizan en la curtiduría de pieles. En la herbolaria se atribuyen algunas propiedades benéficas a sus hojas, a sus flores y a su corteza; se asegura que las infusiones preparadas con estas partes de la planta pueden ayudar en el tratamiento de males gastrointestinales y aliviar algunos dolores, además de curar heridas de la piel; también funciona como antioxidante, antiséptico y auxiliar en el tratamiento de algunos tumores y ciertos tipos de cáncer (en colon, senos o próstata). Por eso es común encontrar preparados de jacaranda en los mercados tradicionales; por ejemplo, en el Mercado de Sonora, ubicado en la alcaldía Venustiano Carranza de la Ciudad de México (se dice que, aunque es una flor primaveral, la jacaranda sirve para disminuir el apetito sexual, así que si alguien se interesa en lograr tal cosa, puede ir a ese mercado a conseguir el remedio).

 

Origen en México

Cómo llegó la jacaranda a México es un tema muy en boga en las leyendas urbanas. Una versión argumenta que, al realizar una visita a Washington, la capital de Estados Unidos, el general Plutarco Elías Calles quedó encantado con el florecimiento de los árboles de cerezo que abundaban en esa ciudad. La proliferación del cerezo allí se debía a que en 1912 el alcalde de Tokio regaló 3,000 árboles de esa especie como muestra de amistad entre la capital japonesa y la estadounidense. Cuando Calles realizó su visita a Washington, el presidente nominal de México era el ingeniero Pascual Ortiz Rubio, pero el general era el “jefe máximo de la Revolución” y gozaba de gran poder, por lo que su idea de que la Ciudad de México también debía engalanarse con las flores del cerezo tenía que encontrar una rápida concreción. Sin embargo, los japoneses respondieron que era muy difícil que el cerezo pudiera adaptarse a las condiciones climáticas y de altitud de nuestro país, especialmente si la intención era hacerlo crecer no sólo en los jardines y los museos botánicos sino también en las calles y las avenidas de las ciudades mexicanas. Así que la recomendación japonesa fue utilizar la jacaranda, que varios jardineros japoneses habían cultivado con éxito en Sudamérica, para cumplir esa función de ornato. El consejo fue seguido y la jacaranda llegó a la capital y a otras ciudades de México.

Otra versión —ciertamente más detallada y tal vez más legendaria— adjudica a Tatsugoro Matsumoto haber introducido la jacaranda en México. Matsumoto era especialista del ueki shi, la jardinería paisajística iniciada en Japón durante la llamada “era Muromachi” en los siglos XIV a XVI; medio arte, medio ciencia, esta especialidad tiene como eje los rituales asociados a la ceremonia del té, a partir de los cuales se desarrolló un decantado conocimiento del cultivo de plantas florales y su aplicación en el diseño y la creación de espacios ornamentados con esas plantas. En 1892 Matsumoto emigró de su patria para probar suerte en Latinoamérica. Vivió un tiempo en Perú, donde conoció al empresario minero mexicano José Landero y Coss, quien lo contrató para que se encargara de embellecer su hacienda de Pachuca. La belleza de los trabajos floriculturales del japonés le otorgaron una pronta fama entre las clases pudientes de la Belle époque mexicana. Hasta el omnímodo dictador Porfirio Díaz y su esposa Carmen solicitaron sus servicios para embellecer su residencia en el Castillo de Chapultepec. Con el decisivo apoyo de su hijo Shanshiro, llegado a México en 1910, Tatsugoro logró consolidar una empresa que no sólo incluía una de las más destacadas florerías de la Ciudad de México —que en la actualidad aún está a cargo de una bisnieta de Matsumoto— sino además una serie de terrenos y ranchos donde se cultivaban las jacarandas y otras plantas (El Batán, la Hacienda Temixco y los invernaderos de Tacubaya y San Pedro de Los Pinos). Por eso fue que, tras la convulsión revolucionaria de 1910-1920, cuando al general Calles se le ocurrió llenar de cerezos la capital mexicana, Matsumoto fue convocado para asesorar ese proyecto. Ya entonces gran conocedor de los suelos y los climas de México, el jardinero japonés propuso la jacaranda como la mejor opción para ornamentar la ciudad y así se inició la plantación de este árbol en jardines y calles.

Una tercera versión sobre el origen de la jacaranda en México sostiene que fue Miguel Ángel de Quevedo (1862-1946) quien la introdujo al país. Funcionario de la Secretaría de Agricultura, creador de los Viveros de Coyoacán y fundador de la Sociedad Forestal Mexicana, su labor a favor de la protección de los bosques nacionales y la reforestación de la Ciudad de México le valió que se le conozca como “el apóstol del árbol”. Así que Quevedo habría sido uno de los principales impulsores para que en los parques públicos, plazas, jardines y calles de la ciudad se plantara una gran cantidad de jacarandas.

 

La jacaranda en flor

El nombre genérico de las jacarandas deriva de la conjunción de dos palabras del idioma guaraní (hablado por indígenas de Paraguay y del noreste de Argentina): jakuã, que significa “perfumado”, y renda, que quiere decir “sitio”. Así que jacaranda podría traducirse como “lugar fragante". Quizás los olores que saturan el olfato de quienes vivimos en la ciudad hagan que no sea fácil percibir la fragancia de las flores de la jacaranda, pero indudablemente su colorido salta a la vista entre febrero y abril pues son las primeras en adornar la primavera en los parques España y México de la colonia Condesa, en la Ciudad Universitaria, en el Paseo de la Reforma y en las Lomas de Chapultepec, en el Bosque de Tlalpan, en la Alameda Central y en los barrios de Coyoacán y Mixcoac, entre otros muchos lugares emblemáticos de la ciudad. En las pocas semanas de su maduración, la florescencia de la jacaranda se convierte en techo y alfombra que con su morado color hacen más disfrutable nuestra morada.

Y no olvidemos que la floración de la jacaranda ha sido una constante fuente de inspiración de poetas, compositores de canciones, pintores, fotógrafos y otros artistas que la han puesto en el centro de sus obras. Respecto de este asunto, de la jacaranda en flor y el arte, es recomendable leer el libro Dicen las jacarandas (Era, 2019), de Alberto Ruy Sánchez, quien, por ejemplo, escribe: “El barrendero me dice sonriente: ‘Son como pellizquitos que dejan a la calle amoratada’. Y no presume de ser poeta […] La jacaranda fluye callada. Su esplendor dentro de nosotros no se detiene. Los autos rugientes bloquean la calle. Avanzan muy difícilmente. Así, en la misma esquina conviven dos realidades lejanas […] Una vecina triste dice que la jacaranda ensucia su banqueta y su auto mientras otra sonríe con las manos llenas de flores moradas, caídas. Llena una canasta con ellas. Y dice: ‘Una calle sin jacarandas es como un enamorado sin besos’”.

 


 

* Egresado de la ENAH como antropólogo, con especialidad en lingüística y especialmente dedicado a la investigación sobre la historia de México.

1 Los términos monolobos y dilobos se refieren al formato con uno o dos lóbulos de la antera, el órgano floral de las plantas fanerógamas que se ubica en la porción final de los estambres y es el contenedor del polen dentro de las cavidades denominadas sacos polínicos.

 

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