Tlahuicole, guerrero de origen otomí originario de uno de los pueblos del norte de Tlaxcala, se distinguió por su valor durante las guerras floridas. Descubramos su historia al tiempo que recorremos los caminos que llevaban hacia el llano de Otumba, uno de los lugares en los que se sabe con certeza que tuvo lugar una de estas batallas de carácter sacrificial.

 

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Principios del siglo XVI

Tlahuicole despertó y vio que su hermano mayor, Cuauhtli, ya se había levantado. Sus otros hermanos y hermanas, más pequeños, todavía remoloneaban en sus petates. El sol aún no salía y una espesa bruma cubría la tierra. Su madre había encendido el fogón donde calentaba atolli mientras su padre, en el patio, saludaba solemne a los otros hombres que surgían de sus casas y entre la niebla. El adolescente se asomó y vio sus recias sombras empuñar las armas. Tlahuicole, sin embargo, sabía que en esa ocasión no utilizarían el arco ni las flechas. Tampoco el átlatl (el propulsor de lanzas con el que solían diezmar de lejos a los ejércitos), ni siquiera el poderoso macuahuítl (el garrote con incrustaciones de afilada obsidiana). Ningún arma se usaría: sólo el yaoliztli, el arte de pelear con el cuerpo.

Hasta el día anterior sus vecinos habían sido campesinos inclinados en la tierra que atesoraban en vasijas de barro los últimos granos de una escasa cosecha. Ahora se revestían otra vez de guerreros que iban a probar que eran lo suficientemente capaces de traer ofrendas vivas, “piezas de cacería” sanas, para mantener el equilibrio en el ánimo de los dioses y así no se repitiera la atroz sequía que provocó el arribo del tlatoani Moctezuma II a la conducción de la gran Tenochtitlan, “tierra donde crece el tunal sobre la piedra”.

Malos presagios le habían ido apareciendo a aquel tlatoani y sólo el ritual de la guerra revertiría el abandono de los dioses.

 

En marcha hacia el destino

Tres mil hombres partieron decididos del señorío de Tliliuhquitepec, cuyo territorio colindaba con Texcoco y Tlaxcala en el sur y alcanzaba por el norte Zacatlán. El pequeño Tlahuicole, sin sentir la fatiga que otros niños de su edad hubieran experimentado, seguía a su hermano Cuauhtli a pocos pasos, mientras escuchaba lo que su padre le decía al primogénito.

“Algún día nosotros iremos al lugar al que pertenecemos, del que fuimos arrancados al nacer. Pero no hoy, hijo. Tu madre y tus hermanas te echarían de menos. Así que lucha. Nunca dejes de luchar. Ya los tenochcas vienen en sus canoas por el lago. Ya han pasado a Texcoco por sus aliados. De nuestro lado tendrás a los de Tlaxcala. Por eso pega, golpea, derriba... Y tú —se dirigió a Tlahuicole— no te acerques mucho, no estás sazonado para esto.”

El jovencito se sintió ofendido y se lo dijo a su padre: si había alguien que ganara en lucha, incluso a personas de más fuerza y edad, era él. “Estás muy joven para ser alimento de los dioses”, afirmó su hermano, tratando de convencerlo y de sosegar su ímpetu.

 

Recogiendo flores para el altar

Los llanos de Otumba, en el actual Estado de México, eran las tierras más neutrales de los señoríos convocados. De vez en cuando se podían ver zorros y conejos; pero al sonido del andar parejo, firme, de los guerreros, que hacía retemblar el suelo, los pájaros espantados se elevaban a las nubes y los animales regresaban a sus madrigueras. Allí se encontraron los ejércitos para el encendido de los papeles y el copal, y las arengas sobre el valor que debían mostrar.

El jovencito los vio correr al choque, hacia la chispa del primer puñetazo contundente que encendió la confusión de golpes, las órdenes tácticas de los capitanes, los gritos de quienes peleaban de uno contra uno o en grupos. Tlahuicole se acercó para observar con mayor detenimiento. Algunos se revolvían en soledad para defenderse de alguna emboscada, sin ceder a los golpes y las manos que trataban de atarlos; otros (de cualquier bando), cosa curiosa, parecían como hartos de las apariencias del mundo y casi se dejaban atrapar a propósito, confiados en que ese destino los llevaría al encuentro verdadero con los dioses. Después de todo, el mismo rito se replicaría en todos los señoríos: los guerreros capturados serían conducidos a las ciudades, se les ataría a una piedra para que mostraran su fiereza en combates mano a mano, y cuando los luchadores locales los hubieran derrotado, serían objeto del sacrificio. Los templos habitados por los dioses se lavarían en el rojo de la sangre, y el pueblo, en consideración con los dioses, finalizaría convirtiendo la carne del enemigo en tamallis que se repartirían en cada barrio para vigorizar a los habitantes, con lo que se mantendría el ritmo entrelazado y en equilibrio del cosmos y de la vida.

 

Peligro

Tlahuicole vio aparecer a dos tenochcas que se dirigían a él. Pero en la lucha era astuto y fuerte y consiguió aturdir de un golpe a uno y librarse del abrazo del segundo. Un grupo de aliados tlaxcaltecas le ayudaron a asegurar a sus prisioneros. Quiso narrar aquella hazaña a su padre y a su hermano al finalizar la batalla, y los buscó en todos los corros de guerreros que regresaban al señorío de Tliliuhquitepec, pero no los halló. Los capitanes contaban haber tomado cuatrocientos prisioneros, pero haber perdido a setecientos compañeros. Cuando los tlaxcaltecas vieron a Tlahuicole huérfano de súbito, lo invitaron: “Eres valiente. Ven con nosotros a nuestra tierra. Allá podrás perfeccionar tu fuerza”.

 

La figura histórica de Tlahuicole la retratan tres cronistas: fray Diego Durán, Tezozómoc y Muñoz Camargo, desde dos visiones. Ambas coinciden en que probablemente era otomí, del norte de Tlaxcala, pero fue entre los guerreros de este pueblo con quienes destacó por su fuerza y su habilidad, por lo que su fama se acrecentó. Capturado en una ciénega por los huexotzincas, fue entregado a Moctezuma II. La versión tenochca afirma que pensar en sus mujeres y lloriquear lo hicieron indigno del sacrificio, por lo que, lleno de culpa, el guerrero se suicidó arrojándose desde lo alto de la pirámide de Tlatelolco. La versión tlaxcalteca afirma que el tlatoani lo indultó y se enlistó a las tropas mexicas para enfrentar a los tarascos de Michoacán, donde se distinguió por su bravura, a pesar de no ganar. De regreso a Tenochtitlan, Moctezuma le ofreció continuar como capitán o volver a Tlaxcala. Tlahuicole se negó a ambas propuestas para no traicionar a su pueblo y para mantener su honor, por lo que pidió ser sacrificado. Fue atado a una piedra, donde peleó con armas de baja calidad contra guerreros águila y jaguar bien armados. Gracias a su extraordinaria habilidad, consiguió matar a ocho y herir a más de veinte en aquel encuentro desigual, hasta que, agotado, fue derrotado y llevado en sacrificio.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, y autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016) y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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