María Fernanda Chávez*

La relación de la pareja representa el eslabón más importante de la estabilidad familiar, ya que son los cónyuges quienes, como adultos del sistema familiar, pueden tomar decisiones y dotar a la familia de oportunidades de crecimiento, o, por el contrario, limitar o inhibir ese crecimiento. ¿En tu familia es sólido este eslabón?

Los cónyuges, es decir, los adultos de la familia, son quienes con su esperada “madurez” pueden tomar conciencia y llevar a cabo las acciones correspondientes que favorezcan el desarrollo de cada uno de los integrantes de la familia.

Los hijos, según las diferentes etapas que estén atravesando, ya sea la infancia, la edad escolar, la adolescencia o la edad adulta (y esperemos que no sea necesario mencionar las etapas consecutivas, debido a que ya hayan decidido comenzar la aventura de formar su propia familia), simplemente serán un “agregado”, la razón que motive e impulse la construcción de la estructura familiar; pero la que desempeñará el papel de motor principal siempre será la pareja.

Sin pretender agotar el complejo y fascinante mundo de la relación de pareja, a continuación propongo cinco aspectos importantes que se deben considerar para fortalecer la relación conyugal:

1) Una pareja vitalizada no le teme al cambio, ni al conflicto, ni a la crisis. Es una pareja conformada por dos personas que han logrado su propia madurez, su propio proceso de individuación y que, por lo tanto, cuentan con la confianza suficiente para afrontar los retos que les presenta la vida. Esta confianza no se extingue ni se acrecienta a partir del apoyo o el acompañamiento del otro, sino que simplemente se enriquece y se afianza. De aquí que, en principio, uno haya decidido compartir su vida con el otro y que, con el paso del tiempo, juntos hayan podido superar las distintas crisis que se han presentado. Los cónyuges se dan cuenta de que cada conflicto y cada crisis los hacen crecer, su conciencia se expande y su psique se robustece y se fortalece; por lo tanto, deciden, a cada momento, recorrer el camino que “depare” la vida en compañía del ser amado. Al otro, al compañero, no se le necesita, pero tampoco se prescinde de él; simplemente se agradece y se goza su compañía.

2) La intimidad no se limita exclusivamente al ámbito de la sexualidad ni de la genitalidad; al contrario, el goce genital se comprende en su futilidad, en su inmediatez y en su casualidad. La pareja vitalizada logra la satisfacción sexual mediante el hecho de compartir no sólo la genitalidad, sino otras dimensiones de la persona: los sueños, las metas, los deseos, los anhelos, los defectos, la propia historia, la empatía, los recuerdos, las tristezas, los dolores, las frustraciones, los temores y, por qué no, hasta los caprichos. La intimidad se manifiesta en una genuina valoración y en un profundo aprecio por la otra persona, tal como es. Mientras más tiempo se comparta esta intimidad, más profunda y real será. La pareja se mantiene “viva” porque se permite que cada uno de sus integrantes vaya transformándose en ese otro más profundo y genuino. Ésta es la intimidad que se comparte, no sólo ni exclusivamente en los encuentros sexuales; una cena, un atardecer juntos o una película son suficientes para intimar en y con el otro.

3) La pareja vitalizada trabaja en equipo, porque comparte el mismo objetivo: lograr el éxito de la empresa, en este caso, la familia. Puede haber diferencias, opiniones encontradas, ideologías o hábitos y costumbres distintas, pero cada uno está dispuesto a ceder su parte para lograr el objetivo común: permanecer juntos. Los temas espinosos: la educación de los hijos, el trato con la familia política, la administración del dinero, la toma de decisiones, etcétera, todos representan conflictos, pero éstos pueden sobrellevarse y solucionarse siempre y cuando se tenga el mismo objetivo: seguir compartiendo una historia de vida, y que aquel con quien se ha decidido compartir el camino actúe en ese mismo sentido.

4) Una pareja vitalizada valora y aprecia la diferencia de cada uno de sus integrantes. No intenta cambiar ni transformar al otro; precisamente es la diferencia la que enriquece la relación: variedad de opiniones, de modos de realizar las cosas, de perspectivas a la hora de tomar decisiones, y proyecciones de metas y sueños… El otro es valorado por lo que es. A partir de que cada uno de los cónyuges puede apreciar y valorar la propia persona, sentirse cómoda como es, puede, por lo tanto, apreciar y valorar a la otra persona por quien es.

5) Y para lograr lo anterior se necesita tener buenas, por no decir excelentes, herramientas de comunicación. La comunicación es el único modo que existe para poder entender y comprender el mundo psíquico del otro: la adivinación, la suposición, la intuición y la telepatía, nunca fueron métodos confiables para hacer crecer y madurar una relación de pareja.

Una buena comunicación apela siempre a las dos direcciones (de un cónyuge hacia el otro, y viceversa: lo que A siente por B y lo que B siente por A, así como lo que B cree que A siente por B y lo que A cree B que siente por A) en lo que respecta a sentimientos, pensamientos, creencias, fantasías, suposiciones, deseos, expectativas y decisiones.

Una buena comunicación siempre favorecerá la individuación, es decir, el reconocimiento de lo que es mío y de lo que es tuyo. Por ejemplo: “Yo creo que tú sientes, quieres, piensas; seguramente estoy equivocada, por eso prefiero que tú me lo expliques”, o: “Yo quiero x, pero ¿qué quieres tú?”

Si bien estos aspectos dan material para elaborar un artículo sobre cada uno de ellos, me detengo aquí, en espera de que estas ideas generales te den una pista y el deseo de evaluar tu relación de pareja.

 

 

NOTA

* Psicóloga de TAD (Think, Action, Development), especialista en temas de familia y pareja. Consulta www.tad.org.mx, Facebook: ThinkTad y Twitter: @ThinkTad.

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