¡Vas caminando por la calle (o en el metro, o en el pesero) y todo el mundo está escuchando una canción! Y no, no me refiero a la del “movimiento naranja” porque afortunadamente ya se acabaron las elecciones. Y mucho menos me refiero a la canción del Mundial que cantan Nicky Jam y Will Smith, que no me gustó nadita. (Es más, ni siquiera estoy enterado si ya fue o si por lo menos llegamos al dichoso quinto partido). Me refiero a esa que dice: "Miénteme como siempre, por favor miénteme, necesito creerte, convénceme", la cual estoy seguro que leyeron cantando. Y no es que estemos enfermos (¿o sí?). Se trata de un himno que nos hermana a todos, incluso a los que estamos solos… Es como una especie de mantra que nos conecta con el universo y hasta con el sol. La cura para este mal es mirar Netflix los domingos de 9:00 a 10:00 de la noche o después a la hora que usted quiera. ¡Es Netflix! Puede hacerlo incluso ahora, mientras viaja. (Excepto si usted es el chofer del autobús, le recomiendo que espere a llegar a su destino.) Con “Culpable o no” nos enteramos que el director de cine Alejandro González Iñárritu le bajó la novia a Luis Miguel, o eso decían los "memes" después de que se revelara que el Negro y Mariana Yazbek anduvieron antes y durante el romance de la fotógrafa con Micky. (Ahora conozco tantos detalles de su vida que siento que somos amigos y me tomo la libertad de llamarlo Micky.)

Si por alguna razón usted no entiende nada de lo que le estoy contando, primero déjeme hacerle unas cuantas preguntas: ¿Dónde ha estado todo este tiempo? ¿En la Luna? ¿No tiene internet? ¿Ni en el trabajo? ¡No tener cuenta de Netflix tampoco es excusa, lo siento! Sé de buena fuente que los oficinistas ven las series a la hora de la comida en el teléfono del único Godínez que sí tiene. Ahora tampoco lo estoy regañando (aunque debería hacerlo); es simple curiosidad. Mejor le explico: Luis Miguel vendió los derechos de su vida a una productora para que hicieran una serie, la cual se estrenó en mayo y este mes termina la primera temporada que consta de 13 capítulos de 50 minutos aproximadamente. A Luis Miguel joven lo interpreta Diego Boneta (famoso en México por las telenovelas infantiles) y a Luismi de niño lo hace Izán Llunas. Y en verdad es idéntico al Sol, de pequeño. Ambos están maravillosos en sus interpretaciones; con decirle que Diego Boneta hasta se separó los dientes para darle más realismo a su interpretación. Por mi parte no hay un solo “pero” para esta producción, y mire que al principio me negaba a ver la serie porque no era fan. Alguien avísele a Luis Miguel que tiene un nuevo seguidor; debe estar con un pendiente. La serie tiene algunos errores, casi un error por capítulo (como que 7 multiplicado por 1 da 1). Lo cual me hace pensar que son a propósito para que más gente vea la serie que logró desnudar al ídolo de México. Y digo desnudar porque literalmente le hemos conocido a Luis Miguel (que más bien es Diego) sus partes más nobles. Antes de terminar, no se me pueden pasar dos cosas: Luisito Rey. Todo México lo odia. Es el papá de Luis Miguel y no hay villano más odiado en la historia de la televisión desde Catalina Creel (Cuna de lobos), y para los que son más millennials, Soraya Montenegro (famosa en redes sociales por su frase: “¡Maldita lisiada!”). Luis Miguel fue un niño que no tuvo infancia. Desde muy pequeño tuvo que cantar en cantinas para mantener a su familia, después se volvió famoso y al crecer, su papá no sólo le robaba sino que hasta le frustró su primer amor. ¿Necesitan más razones para odiarlo? Hay quienes dicen que sin ese nivel de exigencia Luis Miguel no hubiera sido la estrella que es. ¡Juzgue usted! El actor que interpreta al papá es el español Óscar Jaenada. El paradero de la mamá del cantante es otra de las dudas de la serie y de la vida real. Hay poca claridad aún sobre el tema que probablemente se resuelva en las próximas temporadas.

P.D. En esta columna también pretendía hablarles de Merlí, el drama teen del que todo el mundo habla también. Trata de un profesor de filosofía desempleado que encuentra trabajo en el instituto de su hijo (el cual es gay y le genera conflicto casi toda la primera temporada); Merlí tiene una forma particular de enseñar a sus alumnos, resumida básicamente en meterse en problemas. La serie ha funcionado porque en cada capítulo se aprende en verdad sobre filósofos, pero a mí la verdad me han “molado” (intrigado) más la de historias que hay: diversidad sexual, amor, sexo, embarazos, drogas, muertes, bullying, etcétera. ¡Los estudiantes de Merlí se hacen llamar “peripatéticos” (así se les llamaba a los seguidores de Aristóteles) y absolutamente todos los personajes son entrañables! ¡Hasta la mamá de Merlí! Esta serie es más larga: son tres temporadas de 13 capítulos, así que tómese su tiempo para disfrutarla. Como yo, que no quiero pasar al capítulo 5 de la temporada final. En serio, no quiero que se acabe.

  


 

* Colaborador del programa de radio La Taquilla, con René Franco.

 

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