La aventura de Ernest de Vigneaux en México resulta singular porque su recorrido por nuestro país lo realizó bajo tres categorías muy diferentes: como filibustero, como prisionero de guerra y como simple viajero. Esto lo llevó, a mediados del siglo XIX, a conocer el México decimonónico y a su población desde una perspectiva que no tuvieron los extranjeros que llegaron como diplomáticos, empresarios o colonos.

 

 

En un interesante párrafo de su libro Souvenirs d’un prisonnier de guerre au Mexique (publicado por primera vez en París en 1863), obra que escribió a lo largo de ocho años después de su salida de México, Ernest de Vigneaux recoge las opiniones mexicanas sobre los forasteros, explicando por qué éstos podían ser recibidos con simpatía, pero a la vez con recelo: “Este pueblo [...] ama al extranjero, pero al extranjero libre y dispuesto a hacerse mexicano, al extranjero aventurero, pero desconfía, con todo derecho, del extranjero diplomático, que lleva consigo una anticuada política de colonización y protectorado, de dependencia”. Quizás esta cita pueda parecer chocante viniendo de alguien a quien hemos calificado de filibustero, así que vayamos un poco atrás en el tiempo para entender a Vigneaux, sus acciones y sus aseveraciones.

Luego de que el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848) puso término a la guerra entre México y Estados Unidos, que legalizó el despojo de más de la mitad del territorio nacional mexicano por parte de la potencia del norte, varias expediciones armadas, integradas en su mayoría por aventureros de origen estadounidense, francés y de otros países, y patrocinadas con recursos de los poderes oligárquicos de Estados Unidos y de las potencias europeas, intentaron aprovechar la debilidad del gobierno central de México y la de sus estados federados para repetir lo que había sucedido en Texas poco más de una década antes. Así, la riqueza mineral y agrícola de Sonora y las posibilidades de Baja California de constituirse en una base para el comercio con el oriente asiático hicieron que esas partes de nuestro país se convirtieran en el objetivo de conquista de una serie de incursiones filibusteras que puso en peligro la soberanía nacional. Joseph Morehead (1851), el marqués Charles de Pindray (1852), el conde Gastón Raousset-Boulbon (primero en 1852 y luego en 1854), William Walker (1853) y Henry Crabb (1857) son los nombres de los jefes de las más importantes expediciones de filibusteros que durante casi una década pretendieron conquistar territorio mexicano. Ninguna de ellas logró contar con el apoyo de las poblaciones locales y finalmente fueron derrotadas, sus miembros fueron expulsados del país, murieron en combate o terminaron sus días ejecutados bajo las leyes de guerra contra la piratería. Y fue precisamente como miembro de la segunda intentona filibustera del conde Gastón Raousset-Boulbon, que Vigneaux llegó a México.

Poco se sabe de Ernest de Vigneaux antes de que desembarcara en San Francisco, California, en 1849, a la edad de 20 años. Seguramente tuvo una buena educación de acuerdo con los estándares de aquel tiempo, ya que además del francés dominaba el inglés y el español, conocía algo de las artes marítimas y era bueno a la hora de poner las ideas por escrito. Por qué decidió dejar su patria y enfrascarse en la aventura de la América no se conoce; sin embargo, resulta claro que no obtuvo fortuna con la búsqueda de oro ni con el comercio peletero (las pieles de castor, nutria, zorro y otros animales también eran un buen negocio), actividades a las que se dedicó unos años. En 1853 el conde Raousset lo reclutó como secretario privado e intérprete en la expedición que organizó gracias al financiamiento de la casa Jecker-Torre (representante de bancos suizos y franceses) para crear y equipar —sobre todo con armas— la llamada Compañía Restauradora de las Minas de Arizona y Sonora, una fachada empresarial que disfrazaba los intereses de conquista.

A finales de mayo de 1854 Raousset, Vigneaux, su amigo Pigné y otros más partieron de San Francisco en la goleta La Belle llevando armas, municiones y otros suministros. Capoteando temporales que estuvieron a punto de hacerlos zozobrar, desembarcaron por fin en Morro Colorado, una caleta cercana a Guaymas. En este puerto ya los esperaban 350 hombres (en su mayoría franceses, más algunos alemanes, irlandeses y chilenos) que habían llegado allí en abril con el disfraz de colonos amparados por la supuesta autorización del cónsul de México en San Francisco, pero que en realidad sólo esperaban el arribo de su líder y los pertrechos que traía para iniciar el ataque contra la guarnición mexicana estacionada en ese lugar. Vigneaux y Pigné fueron enviados secretamente desde el Morro para contactar a sus camaradas, pero fueron descubiertos en el camino y hechos prisioneros. Así, el ataque por sorpresa se frustró. Raousset intentó sin éxito convencer al general José María Yáñez, comandante de las tropas mexicanas, de unirse a su causa. Tras una ardua lucha en la que tener mejor artillería decidió el triunfo de los mexicanos, el 13 de julio de 1854 los filibusteros se rindieron. El general Yáñez envió a los prisioneros a San Blas, en el otrora cantón de Colima, reteniendo en Sonora sólo a los heridos que no podían moverse (entre ellos Pigné) y al conde Raousset, quien enfrentaría un juicio por ser el jefe de los invasores y por comandar por segunda ocasión una expedición de filibusteros (fue fusilado el 12 de agosto).

A partir de entonces su conocimiento del idioma español convirtió a Vigneaux en el mediador entre los prisioneros y sus captores, ocupando así un liderazgo que compartió con otro hombre apellidado Guillot. De San Blas, los prisioneros fueron llevados a Tepic y de allí a Guadalajara, pues el presidente de la República, Antonio López de Santa Anna, ordenó que se les condujera hasta la capital del país, donde se decidiría su suerte. En todo este trayecto Vigneaux demostró ser un buen líder, ya que no sólo disfrutaba de prerrogativas, sino que cumplía con responsabilidades. Una de ellas fue redactar un documento que se envió a la legación de Francia en la Ciudad de México para que intercediera en favor de los prisioneros ante el gobierno central. Otras eran de índole más práctica, como organizar colectas entre sus camaradas para la creación de un fondo común (ya que los prisioneros debían pagarse ellos mismos su sustento), obtener cabalgaduras, adelantarse en el camino para conseguir alojamiento, alimentos y otras provisiones (entre las que el tabaco y las tortillas eran las más requeridas).

En Guadalajara, mediante el apoyo de unos comerciantes franceses, quienes pagaron la fianza fijada por el gobernador de Jalisco, el joven Ernest fue puesto en libertad y hospedado en la casa de sus compatriotas. Después de cuatro meses de penoso cautiverio, Vigneaux obtuvo así una libertad que, si bien condicionada, le permitió disfrutar de mejor manera su entorno, así como ser más acucioso en su registro. Ya sin la compañía de sus camaradas de armas (que fueron llevados a Veracruz para embarcarlos fuera del país, pues Santa Anna los había amnistiado), en enero de 1855, Vigneaux partió hacia México, una ciudad que estaba empecinado en conocer. Contrató a un joven zacatecano de 20 años llamado Miguel para servirle de guía y sirviente en esta etapa del viaje que hacía en relativa libertad, pues también debía abandonar el país. Su itinerario lo llevó por varias ciudades y pueblos de Guanajuato, Querétaro y el Estado de México hasta las inmediaciones de la capital, donde en el cerro del Tepeyac obtuvo una magnifica vista del Valle de México. No obstante el supuesto peligro de que se descubriera su identidad, Vigneaux se atrevió a recorrer la ciudad, lo que le permitió consignar en su libro brillantes descripciones de sus principales sitios y sus habitantes. Tras vender su caballo y decir adiós a Miguel, el 14 de febrero emprendió en una diligencia el camino que, pasando por Puebla, Texmelucan, Ayotla, Perote y Jalapa, lo llevaría hasta Veracruz. El 22 de febrero de 1855 abordó allí el buque de vapor Orizaba con destino a Nueva Orleáns.

Hay varias ediciones mexicanas del libro de Vigneaux, de las cuales la más asequible es la de la colección Sep 80, con el título Viaje a México. Al final de ésta, el filibustero-prisionero-viajero nos dice: “Muy luego se elevó el ancla: y no sin pesar vi borrarse poco a poco en una vaporosa lontananza las costas de México; mientras que la alta cima del Citlaltépetl fue visible en el horizonte, mi mirada permaneció fija en ella y mi pensamiento volaba hacia esa bella tierra azteca, a la que deseaba con toda mi alma la paz y la prosperidad en la independencia”.

 


 

* Egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia como antropólogo, con especialidad en lingüística y especialmente dedicado a la investigación sobre la historia de México.

 

 

 

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