¿Cómo reaccionas cuando alguien a tu alrededor hace algo indebido o comete un acto ilícito? ¿Intervienes y te involucras para evitar que los responsables se salgan con la suya? ¿O volteas la mirada a otra parte y finges que no sucede nada para evitar un problema o que el malhechor se ensañe contigo? En psicología social existe un fenómeno, conocido como Bystander, o espectador, que permite analizar este comportamiento.

 

Un hombre de mediana edad está formado en la fila del metro y observa delante de él a un carterista en acción. El ladrón sustrae la cartera de la mujer que está delante de él y se aleja sin que ella lo note. Nuestro protagonista se da cuenta claramente de que también otras personas en la fila han presenciado lo ocurrido. ¿Qué hace al respecto? La respuesta es: nada. Después de todo, nadie más en la fila reaccionó, así que, ¿por qué habría de hacerlo él? Lamentable, ¿verdad?

Ahora imagina que tú eres quien observa al ladrón en acción. ¿Qué habrías hecho? ¿Habrías actuado o te habrías quedado como un observador pasivo? La verdad es que, de haber estado en esa situación, lo más probable es que tampoco hubieras hecho nada.

Tal vez te preguntes: ¿acaso nuestra sociedad está viviendo en absoluta indiferencia y total falta de empatía? ¿La gente sólo se preocupa de sus asuntos sin importarle nada los demás?

La respuesta a estas preguntas no es sencilla. No es que la gente del metro no quisiera darse cuenta de lo que hacía el carterista, o que no haya tenido tiempo para ayudar, o que simplemente no haya querido involucrarse. La realidad es que si la estación del metro hubiera estado desierta habría sido más probable que alguien ayudara a la mujer robada, pero silenciosamente los extraños en el metro formaron un grupo con la regla de “no ayudar”.

Aunque es estresante ver este tipo de situaciones donde la gente está sufriendo o pasando un mal momento y nadie hace nada para ayudar, es importante reconocer que aquí entran en juego dos reglas en conflicto: una que dice que debemos ayudar y la otra que dice “haz lo que hacen los demás”. Así, tenemos a un grupo de extraños que inconscientemente ejercen presión para no intervenir.

Lo que pasó en este caso es que el hombre fue influido por la apatía de los demás en la fila: fue víctima de la presión social fuerte y sutil que le impidió moverse para actuar, aunque él sabía que debía hacerlo.

Ahora imagina que una de las personas de la fila decide “rebelarse y desobedecer” la silenciosa regla y va tras el carterista. De repente, más gente se le uniría en la persecución del ladrón y se formaría un nuevo grupo que tiene por regla “ayudar”.

La famosa “regla de oro” nos enseña a hacer a otros lo que nos gustaría que nos hicieran a nosotros, y promueve un sentido de comunidad en el que se supone que todos debemos ayudar a otros si queremos que los demás nos ayuden a nosotros. Sin embargo, esta regla frecuentemente es cuestionada porque ante diversas situaciones la gente que está necesitada no encuentra el apoyo que requiere, ya que los demás pasan de largo con indiferencia. Esta situación es conocida como efecto Bystander o efecto espectador.

En psicología, el efecto espectador (también conocido como síndrome Genovese) es el nombre que se le da al fenómeno mediante el cual la probabilidad de que una persona que necesita ayuda realmente llegue a recibirla es menor mientras más gente o espectadores haya presentes en ese momento.

El nombre de efecto espectador surgió a raíz de un asesinato que se produjo en 1964 en Estados Unidos. Una mujer llamada Kitty Genovese regresaba a su departamento ubicado en un condominio de vecinos de clase media. Fue atacada y asesinada con 17 puñaladas durante media hora. Kitty pidió auxilio, y aunque según los reportes de la policía al menos 38 personas tuvieron conocimiento de lo que le pasaba a Kitty o escucharon sus gritos, nadie acudió a ayudarla. Cuando la policía preguntó a los vecinos por qué nadie la había llamado, la respuesta fue que pensaron que algún otro vecino lo habría hecho. Este suceso conmocionó a la gente y se publicaron extensos editoriales que aseguraban que Estados Unidos se había convertido en una sociedad fría y sin compasión.

En 1968 los sociólogos John Darley y Bibb Latané, preocupados por el incremento en el número de crímenes que se producían ante testigos que no hacían nada para impedirlos, realizaron diversos experimentos sociales y llegaron a la conclusión de que cuando hay más personas presentes en una situación estresante los observadores asumen que otro intervendrá y todos se abstienen de hacerlo. Si una persona que está sola se enfrenta a un problema se sentirá culpable si no actúa. Pero si hay otros presentes, la responsabilidad se reparte, pues se asume que serán los demás los que intervendrán para ayudar.

Es probable que, haciendo memoria, todos hayamos sido espectadores pasivos ante una situación estresante, aunque no necesariamente frente a un crimen tan trágico como el de Kitty. ¿Cuántas veces la apatía te ha impedido recoger la basura tirada a la entrada de tu edificio, avisar que hay una fuga de agua en el condominio o ayudar al conductor que se quedó varado en la carretera con una llanta ponchada, porque esperas que sea otro quien tome la iniciativa?

Pareciera que, al fundirnos en la masa, evitamos mostrar sentimientos de empatía y altruismo, que posiblemente sí mostraríamos si nos encontráramos solos ante una emergencia. Sin embargo, no todo está perdido. Ahora que conocemos cómo funciona el efecto espectador estaremos más preparados para actuar y romper el efecto tanto para nosotros como para los demás que sólo están observando sin actuar. Es necesario estar más atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor y comenzar a involucrarnos con los demás. Dejar de pensar que lo que les sucede a los demás no tiene que ver con nosotros es el primer paso para romper la influencia ejercida por los otros. Obligando a los demás a interpretar que se trata de una situación que requiere ayuda los estaremos ayudando a superar el pensamiento absurdo de que “si nada hace nada, no hace falta hacer nada”. Es importante aceptar que forma parte de nuestra naturaleza el hecho de sentirnos presionados por el grupo, pero también considerar que podemos convertirnos en los “héroes” que rompan con el hecho de ser simples espectadores, haciendo que todos a nuestro alrededor se pongan a ayudar.

 


 

* Maestra en psicología clínica por la Universidad Iberoamericana.

 

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