Al momento de escribir estas líneas están en curso dos eventos que tienen al país en vilo. El primero de ellos es el futuro de la Selección Mexicana en la Copa Mundial de Futbol de Rusia. Aunque la importancia de este evento es relativamente baja —al fin y al cabo sólo se trata de un deporte—, el desempeño del Tri tiene un gran eco en el ánimo popular: puede llevarnos de la desesperanza, el enojo y el malinchismo —cuando se pierde un partido— a la euforia y al despertar del sentimiento nacionalista —cuando se obtiene una victoria—, al optimismo de creer en las posibilidades que nuestro país tiene a nivel mundial, a la confianza de que México puede hacer realidad esa vocación a la que está llamado: convertirse en una potencia por el talento, la capacidad de trabajo y la bondad de nuestra gente, la riqueza natural de nuestro territorio y el aprecio del que gozan nuestras tradiciones y nuestra cultura en todo el mundo. Para muestra de esa confianza, el botón de la victoria sobre la poderosa Alemania, selección que a pesar de ser una de las grandes favoritas en el arranque del Mundial, sufrió y sucumbió frente a los guerreros aztecas.

El segundo acontecimiento tiene una trascendencia infinitamente superior, ya que de él dependerá el rumbo que tomará nuestro país en los próximos años en materia económica, política y social; me refiero a la elección de presidente de la República y la renovación del Congreso de la Unión. Para este momento seguramente ya se habrán definido los resultados de la votación, y aunque es posible que surjan algunos conflictos poselectorales, impugnaciones y enojos porque nuestro candidato no haya triunfado o porque haya ganado uno que no queríamos que lo hiciera, el camino que nos queda por recorrer está clarísimo: dar la vuelta a la página del proceso electoral, sumarnos todos al proyecto llamado “México” y comenzar a construir la historia de un país que espera ir más allá del “quinto partido”, dejando atrás la inseguridad y la violencia, la corrupción, el rezago educativo, la falta de oportunidades y la pobreza en que vive más de la mitad de nuestra población. En este “Mundial” todos jugamos un papel decisivo, en principio, cumpliendo el rol que tenemos asignado en la familia, en el trabajo y en la sociedad, pero también como ciudadanos activos que vigilan, denuncian, proponen y suman sus capacidades para hacer que nuestro país sea un “campeón”. Y lo mejor de todo es que aquí los resultados no dependen de lo que hagan nuestros rivales, sino de nuestro propio desempeño, de que mejoremos nuestras propias marcas, de que todos nos pongamos la camiseta verde y nos unamos en este proyecto común. Te invito a que no te quedes “en la banca”. ¡Sí se puede!

 

Cordialmente,

 

Luis Arturo Pelayo

Director Editorial

 

 

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