“Don Quijote de la Mancha”, la novela más destacada de la literatura española y una de las principales de la literatura universal, escrita por Miguel de Cervantes Saavedra a comienzos de 1605, tuvo una segunda parte publicada en 1615, sólo un año después de que apareciera una versión apócrifa de las aventuras del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, hecho que no sólo despertó la ira de Cervantes, sino que también acicateó su genio creativo.

 

 

El libro falso

El escándalo llegó a Miguel de Cervantes primero a través de rumores; después fue palpable en la forma de un libro que, tembloroso de rabia, sujetó entre las manos. En la portada de ese volumen, con grandes letras negras, se leía: Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y debajo, el nombre del autor: un tal Alonso Fernández de Avellaneda, natural de Tordesillas. Qué espanto y estupor le causó ver allí ese nombre en lugar del suyo propio, como si de pronto la locura de su don Quijote lo estuviera haciendo vivir en otra dimensión, donde los disparates fueran las cosas ciertas, y las falsas percepciones, la realidad. El mundo al revés.

¿Quién habría sido el maldito que bajo nombre falso se había tomado la libertad de adjudicarse la continuación por escrito de las sorprendentes aventuras del andante caballero, el personaje que había roto de risa a media España casi desde el momento en que salió de las imprentas? Precisamente ese éxito era el que había impulsado a Cervantes a darle continuidad a la obra, antes que a otras suyas que él mismo consideraba mejores. Llevaba ya casi cinco años metido en la escritura de la segunda parte... ¡y de buenas a primeras aparecía este desconocido a darles fin por su propia cuenta! Hasta se decía que el libro del Quijote espurio se distribuía en sitios como Barcelona y Madrid.

Sin embargo, el enojo alcanzó proporciones mayúsculas cuando comenzó a leer en el prólogo que el tal por cual Avellaneda lo ofendía a él, ¡a él!, a quien había dado forma y sentido al personaje del que ese tramposo se aprovechaba para vender sus fraudulentos ejemplares. El impostor intentaba sobajarlo por el hecho de ser manco y enemistarlo aún más con Lope de Vega, además de que lo tildaba de inútil a causa de su edad… Acababa de cumplir 67 años y no creía en absoluto que aquello significara estar viejo.

 

Tramando una venganza

Revuelto por la ira, se apresuró a leer la obra falsa, y ya sea por la trama, por el lenguaje, por los spoilers de lo que llevaba compuesto, comenzó a pensar en que quizá él mismo conocía al autor. Sin duda, parecía tratarse de la pluma de aquel aragonés llamado…

Pero no dijo el nombre. Si algo habría de hacer hubiese sido evitar nombrar a sus enemigos. El desprecio que sintió por ellos lo obligó a reservarse su identidad, pero no a pasar por alto su acción. Además, una idea comenzó a tomar forma en su cabeza. Una idea atrevida, juguetona, novedosa: integrar en su propio relato (ya adelantado) la aparición de aquel libro bastardo. Aquel recurso le serviría para burlarse de la historia falsa (claramente inferior a su estilo, a pesar de la imitación de formas) y reclamar para sí todo el derecho de ser el padre de aquel personaje.

Si hasta hacía poco tiempo Cervantes había escrito su libro con cierta lentitud, ahora se veía comprometido a echar a cabalgar a su caballero de la triste figura lo más pronto posible. La provocación y las ofensas del texto de Avellaneda resultaron un revulsivo creativo. No sólo dio término a su obra en un plazo más breve, sino que contestó cada uno de los insultos.

“Lo que no he podido dejar de sentir —decía en el prólogo de la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha— es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimación de los que saben dónde se cobraron”, remataba, aludiendo a sus hechos de soldado, luchando en Lepanto para frenar la expansión otomana en el Mediterráneo y con ella también la religión musulmana.

           

Nace un clásico

A principios de 1615 terminó su manuscrito y fue impreso en Madrid, en el taller de Juan de la Cuesta. La noticia de su publicación corrió por toda España. De alguna manera, el éxito del Quijote confirmó que la modernidad había llegado. Se había cumplido poco más de un siglo del descubrimiento del Nuevo Mundo y aquello había dejado atrás la época de la Tierra plana y mucho de lo que hasta entonces se tenía por seguro. Una nueva conciencia se abría paso en ese siglo XVII. El personaje del caballero andante había entrado en la colectividad no sólo española, sino también europea, dándole una patada de burla al pasado (representado por los libros de caballerías) y, al mismo tiempo, reafirmando la necesidad de mantener ideales, así parecieran demasiado nobles para ejercerse, en un mundo que era muy zafio y vulgar, terriblemente injusto, al que se debía oponer.

Pronto el éxito de esta segunda parte sepultó en el olvido el libro espurio. En el “duelo de Quijotes” Cervantes había triunfado; sin embargo, se daba cuenta de que quizá aquel reto enviado desde el anonimato había sido el aliciente que esperaba para cerrar el círculo de las aventuras de aquel caballero: la célebre pelea contra gigantes que resultaron molinos de viento; el combate contra ejércitos que resultaron ovejas; la penitencia celebrada en paños menores en la Selva Negra en honor de su Dulcinea del Toboso; la revisión y el expurgamiento a que fue sometida su biblioteca personal por parte del barbero y el cura; todas esas aventuras quedaban complementadas con las nuevas de la cueva de Montesinos y el gobierno de Sancho Panza en la ínsula Barataria, el desprecio al libro espurio, el viaje a Barcelona… hasta alcanzar el final de su vida y la cordura. Un final que no dejaba la menor oportunidad para que ningún vivales continuara las aventuras de su caballero. Y con esa seguridad dejó Cervantes el mundo en 1616, un año después de publicada su Segunda parte.

Durante siglos y hasta la actualidad, la obra cervantina ha cosechado lectores que beben de la sabiduría quijotesca y ríen de sus desventuras. El idealismo de su actuación ha hecho reflexionar a quienes se asoman a sus renglones, y en más de una ocasión ha inspirado a actuar a más de uno, aunque parezca que dicha acción no tiene mayor sentido que el del bien por sí mismo. Quizá a ese afán de trascender el fracaso se refería el poeta León Felipe cuando escribía: “Por la manchega llanura / se vuelve a ver la figura / de don Quijote pasar [...] Hazme un sitio en tu montura / y llévame a tu lugar; / hazme un sitio en tu montura, / caballero derrotado, / hazme un sitio en tu montura, / que yo también voy cargado / de amargura / y no puedo batallar”.

  


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

 

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