Uno de los escritores más importantes de la literatura mundial es el novelista ruso Lev Tolstoi, cuyas obras “La guerra y la paz” y “Ana Karenina” están incluidas entre los clásicos que todos debemos conocer. En esta ocasión te invitamos a adentrarte en la primera de ellas, donde se narran las vicisitudes de numerosos personajes de todo tipo a lo largo de cincuenta años de la historia rusa, desde las guerras napoleónicas hasta más allá de mediados del siglo XIX.

 

 

La elección de una historia

Abordar el tema de la guerra resultó una constante en la obra de Lev Tolstoi. Fue determinante para su formación espiritual el hecho de que, cuando contaba con 36 años de edad, fuera testigo de primera mano de la derrota de su país en Sebastopol (1854) durante la Guerra de Crimea. El cruel espectáculo de la batalla de asedio, entre las trincheras sucias, los cañones dañados, los heridos y los muertos que dejaban a su paso los batallones enemigos que infestaban las colinas de aquella ciudad portuaria, impresionó profundamente su alma y sembró en él la convicción de un pacifismo que sería su impronta durante sus años de vejez.

El desánimo ante el resultado final en Crimea hirió profundamente al pueblo ruso y quizá por eso, 10 años más tarde, Tolstoi le daría forma a una obra que exploraría la vida durante una guerra que sí ganaron. El escritor se sentía confiado de aquel paso y asumía el reto que significaba, pues no sólo se sentía con las fuerzas suficientes para emprenderlo, sino que la vida, en general, le sonreía: se había unido en matrimonio con Sofía Behrs y ambos se retiraron a vivir a Yasnaia Poliana, la casa paterna donde Tolstoi nació, espaciosa y tranquila. Entre la aristocracia rusa, sin embargo, poseer 1,214 hectáreas de tierra, 330 siervos y una renta mensual de 4,000 rublos equivalía casi a rozar la miseria.

Eligió a los principales personajes de su drama amoroso entre la nobleza, y como teatro temporal de su narración, la invasión napoleónica de 1812.

 

Viaje a la guerra

Habían pasado 50 años y el pueblo ruso aún sentía fresco el orgullo por su hazaña. A principios del siglo, el ejército que comandaba Napoleón era el más poderoso de Europa. Más de medio millón de soldados integraban la mayor fuerza bélica que el mundo había conocido hasta entonces. Se le conocía como la Gran Armada y sus soldados eran valientes y organizados. El trabajo de movilización y logística de un ejército de esas características era formidable, sobre todo cuando en la Europa de aquellos años pocas ciudades poseían una población que superara los 100,000 habitantes.

Con maestría narrativa, Tolstoi fue llevando a sus lectores a acompañar a los dos generales en oposición: Napoleón y Kutuzov. Número tras número, durante cuatro años de entregas mensuales en El Mensajero Ruso, los lectores de aquella obra se asomaron por completo al escenario de una guerra en la que habían resultado triunfadores gracias a una táctica radical de atracción y de evitar enfrentamientos, al tiempo que evacuaban ciudades y sacrificaban sus edificios prendiéndoles fuego para prevenir que los invasores pudieran abastecerse de suministros.

La intención era clara. Para toda una generación de compatriotas suyos, Tolstoi recreó, con la evidencia de una investigación profunda y de una inteligencia penetrante, las penalidades de la victoria contra Francia. Es la voz que les recuerda que Rusia es y ha sido grande, y que incluso sabe traspasar los límites de la autodestrucción para no ceder ante el enemigo.

 

Disección de la paz

Y en medio del retumbar del tambor marcial francés y de las botas que avanzaban rumbo a Moscú se desarrolla otra historia: la del pueblo ruso en todas sus variedades, la del campesino y el rey, la del comerciante y el aristócrata. La crítica de la época se sorprendió tanto de este tratamiento narrativo tan abarcador, que durante mucho tiempo no supo quién era en realidad el protagonista de la historia. Hoy, a posteriori, podemos nombrar al menos a tres grandes personajes: el soñador Pierre, hijo natural del conde Bezukhoy, “amable, emotivo, débil de voluntad, pero lleno de humanos deseos”; el príncipe Andrei Bolkonsky, ayudante del general Kutuzov y herido en Austerlitz, y Natasha Rostov, joven aristócrata a quien su tierno corazón enfrenta con el engañoso amor que la guía por diferentes senderos. Tras ellos aparece una galería de personajes, de los más pequeños a los más notables, como los calculadores hermanos Kuragin y los Rostov; el aldeano filósofo Platón Karatayev; el poeta soldado Feodor Denisov, o el calculador Borenka.

Todo este escenario, que pasa de los rigores bélicos a la inquietud de una ciudad que aguarda, esta simetría donde asoma Napoleón, sus generales y sus soldados desfallecientes ante el invierno, y luego vuelve la mirada al interior de una casa que despide al hijo que se dirige al frente, sirve a Tolstoi para reflexionar acerca de las grandes ideas filosóficas de la humanidad. Se las plantea a sus lectores rusos, quienes las reciben con muestras de escepticismo, pero también de gratitud. En el personaje de Pierre, por ejemplo, se muestran las distintas evoluciones de un espíritu que, frente a un matrimonio fallido y los horrores de la guerra y de la muerte, se pregunta por el lugar del hombre en el mundo y sobre cómo asumir su responsabilidad tras sus años de disipación. En Natasha Rostova deja entrever que la naturaleza del amor puede ser mutable, que este sentimiento puede doblegarse ante las ilusiones que fabulan las palabras bellas, y que, aunque doloroso, se puede olvidar. Y en Napoleón, que la realidad política del mundo puede ser sólo una inevitable sucesión de hechos que (aunque podemos entender desde afuera) nos cercan y nos obligan a seguir sus extraños caminos.

 

Actualidad de Tolstoi

La guerra y la paz es el registro informado y realista de toda una época y de una voz moral que busca darle sentido. En cierta forma Tolstoi reinventó Rusia para los rusos y dejó una huella filosófica en sus lectores. En estos tiempos, a más de 150 años de distancia, muchos críticos sin la suficiente experiencia tienden a considerar que su lectura termina por defraudarlos. Le exigen erróneamente que la historia haya sido escrita como ahora: con la rapidez de quien pasa en una pantalla.

No, Tolstoi es habitante de otra época, una época que a través de sus líneas nos invita a habitar por completo. Quien se adentra a la lectura de La guerra y la paz debe saber que mirará, vibrante, cercano, el pasado, y ese lector entenderá que las grandes preguntas siguen formulándose y respondiéndose de acuerdo con las particulares circunstancias personales e históricas.

 


* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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