“Aladino y la lámpara maravillosa”, “Las aventuras de Simbad, el marino” y “Alí Babá y los cuarenta ladrones” son algunos de los muchos relatos que incluye uno de los clásicos de la literatura más fascinantes de todos los tiempos, “Las mil y una noches”, recopilación medieval en lengua árabe de cuentos tradicionales del Oriente Medio.

 

 

Una conquista árabe en Europa

Cuando Antoine Galland regresó a su natal Francia, cargaba ya consigo la determinación de dar a conocer un libro asombroso: Las noches árabes. Cruzaba el Mediterráneo proveniente del lejano Medio Oriente, donde había servido como “anticuario del rey” entre los “hombres del desierto”, de quienes había obtenido el volumen.

Por primera vez el imaginario europeo se pondría en contacto con los árabes no sólo para señalarlos como responsables de las sangrientas y fallidas Cruzadas por la Tierra Prometida, sino que vislumbrarían con mayor profundidad su pensamiento a través de su rica tradición literaria, la cual abrevaba de los manantiales de las culturas india y, en menor medida, china. Había incluso puntos de encuentro con la Biblia, como cuando se habla de Suleyman ibn Daud (o Salomón, hijo de David). De ello, por supuesto, los europeos de la época no tenían el menor indicio, pues la obra que se les presentaría ya estaba bajo el influjo neto del mundo musulmán.

A lo largo del tiempo que destinó a verter aquella escritura al francés, Galland se iba haciendo consciente, sin duda, de que toda una nueva forma de entender a los “infieles” se abriría a los ojos de los europeos. No obstante, con un pudor propio de una época que se veía a sí misma en el pináculo de la civilización y el refinamiento, había suavizado o expurgado de su traducción las escenas que le habían parecido más violentas, subidas de tono o sexualizadas. Aun así, cuando aquellas narraciones vieron la luz a partir de 1705, embrujaron la imaginación de los lectores galos con sus oasis embriagantes, poblados por descomunales y desaforados demonios; jarrones y tapices ricamente decorados; abundantes piedras preciosas que arrojaban su hechicera luz, y aquellas lámparas de aceite habitadas por genios que concedían deseos sin conocer límites ni imposibilidades...

 

No tan infantiles

Con el paso del tiempo, la versión de Galland, que sólo reunía una parte del material conocido, comenzó a sufrir los embates de una crítica cada vez más especializada, que señalaron con cierto desdén aquella “infantilización” del texto y la suavización de algunas expresiones más rudas. Con nuevas ediciones por parte de eruditos ingleses, como las de John Payne, el libro adquirió una dimensión menos pueril y acogió los adulterios y los hechos de sangre, pasando por alto esa censura social moralizante del siglo XIX. En las impresiones de estos nuevos investigadores no se ocultaron los asesinatos, los infanticidios ni los encuentros zoofílicos, como en el cuento de la mujer que vivía y sostenía relaciones con un enorme oso.

No se debe pretender, con esto, que la literatura árabe era una literatura de perversiones. Antes bien, se debe tener en cuenta que para entonces ya eran conocidas las recopilaciones de cuentos folclóricos hechas por Charles Perrault (m. 1703), en las que los hechos de sangre se daban con la misma naturalidad en relatos como “La Cenicienta”, donde las hermanas se cortaban el talón para hacer caber sus pies en las zapatillas, o “Barba Azul”, aquel asesino que guardaba los cadáveres de sus esposas en una habitación prohibida.

La obra de Galland se ha mantenido como la “clásica”, al menos en Francia, a pesar de que John Payne señaló inconsistencias tales como la historia de “Aladino y la lámpara maravillosa”, de la que se carecía de otras fuentes aparte del propio Galland. El escritor argentino Jorge Luis Borges ha justificado este hecho de la siguiente manera: “Se trata acaso de una feliz invención de Galland. Aceptada esa conjetura, Galland sería el último eslabón de una larga dinastía de narradores”.

 

Una voz cautivadora

El mito popular nos plantea a Sherezada como una mujer de gran entendimiento, conocimiento y discreción que, a pesar de las advertencias de su padre, asume la grave y peligrosa tarea de desposarse con Schahriar, un hombre misógino y mentalmente alterado, pero que también es el sultán que rige aquel pueblo. Éste, desengañado por la infidelidad de su primera esposa, ha adquirido la nefasta costumbre de casarse todos los días con una virgen y mandarla asesinar tras la noche de bodas, para así evitar que por algún descuido cualquiera de ellas pueda también cometer la vileza de engañarlo con otro hombre de menor valía.

Mediante un ingenioso procedimiento (explotado hasta la saciedad por las series televisivas de la actualidad), Sherezada narra con gran elocuencia y encanto cada noche una historia prodigiosa que, ante la proximidad del día, tiene que dejar incompleta, por lo que el sultán queda picado en su curiosidad. No sólo eso; en ocasiones, los personajes de sus historias se ponen a contar nuevas historias que derivan en otras historias. La imagen más socorrida para describir este método es la de las matrioshkas, muñecas rusas que contienen dentro de sí a otra muñeca más pequeña, la cual, a su vez, alberga a otra muñeca… y así sucesivamente.

Durante largas noches en el palacio, casi infinitas (el numeral “mil y uno” alude a una cantidad vasta, casi imposible), la joven va apaciguando el furor del sultán con historias en las que se halla “el regocijo de la desesperación, la alegría y la risa de una pausa”, como señala el célebre ensayista inglés William Hazlitt, sin que por ello deje de estar rodeada por la amenaza de la muerte.

La voz con que narra sus historias, tanto si son piadosas y edificantes como si no, es el hilo que ella desenrolla para transitar viva la laberíntica noche… que podría ser la última. Su vida depende, pues, de su capacidad para evocar con gracia e interés las historias de los tres mercaderes y el efrit (quienes al contar la historia de los animales que los acompañan, salvan la vida de un hombre que iba a ser asesinado por ese “demonio”); de Alí Baba y los cuarenta ladrones (que prefiguraron la existencia de las contraseñas con el célebre “ábrete, sésamo”, que permitía ingresar a una cueva llena de tesoros); de Simbad el Marino y sus siete viajes increíbles a tierras donde habitan aves gigantes que custodian piedras preciosas o monstruos de un solo ojo (Simbad tiene en común con el Ulises de la Ilíada no sólo compartir un enemigo parecido, sino que también deja ciego al gigante con una lanza ardiente).

Finalmente, el sultán llega por sí mismo al convencimiento de que sería una completa imprudencia asesinar a Sherezada, al tiempo que se arrepiente de su locura y sus crímenes. Sin duda, un final apenas feliz para una mujer que con sabiduría y conocimiento detuvo una masacre.

 


* Escritor de ficción narrativa y autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016) y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

© Voy vengo 2016 Todos los derechos reservados - Política de Privacidad