A lo largo de 2018 te llevaremos por un viaje fascinante a través de los clásicos de la literatura que no puedes perderte. Comenzamos el recorrido con la narración sumeria en verso sobre las peripecias del rey Gilgamesh, que constituye la obra épica más antigua que se conoce.

 

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Un “nuevo” diluvio más viejo

En 1872 George Smith puso a Londres de cabeza con la lectura pública de lo que había descifrado. Frente al auditorio lleno de la Sociedad de Arqueología Bíblica, aquel joven estudioso y autodidacta de las culturas asirias fue revelando la historia de Ut-Napishtim, a quien en un sueño los dioses le advirtieron de una inundación, por lo que construyó una enorme barca con compartimentos en su interior, donde guardó animales, a su familia y a diversos artesanos. Al cabo de seis días, la inundación cesó y la barca chocó contra la cima de una montaña. Entonces se enviaron aves para comprobar si la tierra ya era habitable nuevamente.

Lo que George Smith relataba era el texto del Diluvio Universal recién descifrado de la escritura angulosa que estaba impresa sobre unas tablillas de barro encontradas en Medio Oriente. Era la narración babilónica de la aventura que en el texto del Antiguo Testamento le adjudican a Noé.

Ante el revuelo que aquellos descubrimientos sobre la antigüedad del mito del diluvio generó entre la sociedad, Edwin Arnold, editor en jefe de The Telegraph, decidió contribuir con 1,000 libras esterlinas a los gastos que George Smith solicitaba para continuar con sus investigaciones en la lejana ciudad abandonada de Nínive.

 

La biblioteca de Nínive

Arsubanipal fue un rey que entendió el poder que adquiría por poseer una biblioteca. La tradición bibliotecaria entre gobernantes no era nueva, pero él mismo se veía como un rey que “se daba cuenta mejor que los anteriores” de la importancia y el poder que se ganaba al concentrar el conocimiento en sus manos. Su avidez por acaparar ese conocimiento lo hizo escribir órdenes directas a subordinados para que confiscaran las tablillas que encontraran en cualquier lugar de su reino y que éstas fueran depositadas en su palacio.

La cantidad de tablillas con historias, conjuros, tratados de matemáticas y astronomía ascendía a más de 22,000. Cuando George Smith llegó al palacio la mayoría de esas tablillas ya habían sido catalogadas por exploradores anteriores y justamente de ellas había sacado él la historia del diluvio. Sin embargo, aún encontraría otros cientos entre las que ese mito encajaba con mayor precisión.

Tras largos análisis, llegó a la conclusión de que aquel pasaje correspondía a una historia mayor de un hombre llamado Gilgamesh y de su viaje en busca de la inmortalidad, tras el fallecimiento de su amigo Enkidu.

 

La epopeya de Gilgamesh

Algunos aspectos, como la Lista Real Sumeria, señalan que Gilgamesh pudo haber tenido una existencia cierta. Según los especialistas, este hombre pudo haber vivido unos 4,700 años antes del día de hoy. Su epopeya, aunque mezclada con elementos fantásticos propios de la deformación que el paso del tiempo ejerce en la mayoría de las historias, puede, por lo tanto, haber tenido un fundamento verídico.

El relato, sin embargo, nos lo presenta descomunal, con fuerza sobrehumana, inigualable. Es por eso que los dioses le envían un antagonista: Enkidu, para que le oponga resistencia. Lanzado al mundo en estado salvaje, y por lo tanto en paz con la naturaleza y los animales, este personaje aterroriza, no obstante, a los “civilizados”. Un cazador que ha tenido un encuentro con él, acude a pedir consejo y ayuda del propio Gilgamesh. La forma que el rey aconseja para “domesticar” a aquel ser salvaje es poniendo a su disposición a una mujer. Tras de que Enkidu “conoce” a la mujer durante siete días, la naturaleza, los animales con los que antes podía estar en total familiaridad, se le vuelven ajenos, y viceversa. Es la mujer quien sosiega al salvaje, y despúes de darle “una bebida fuerte”, éste se adapta a la civilización.

Al poco tiempo, ocurre un encuentro entre Enkidu y Gilgamesh en el mercado, donde este último resulta triunfador y ambos, finalmente, se establecen como amigos. Pero esa amistad no duraría mucho. Debido a que Gilgamesh se opone a contraer matrimonio con la diosa Ishtar, ésta consigue que un toro sea enviado hacia la tierra del rey. Entre él y Enkidu consiguen matar al toro, pero tras hacerlo les es enviada una maldición desde los cielos. Enkidu enferma y muere.

 

A la búsqueda de la inmortalidad

El rey parte en busca del longevo Ut-Napishtim atravesando la cordillera de Masu que era custodiada por hombres escorpiones. Poco antes de llegar con éste encuentra a una cervecera, que le explica la razón de la vida.

“Gilgamesh, ¿a dónde vagas tú? La vida que persigues no hallarás. Cuando los dioses crearon la humanidad, la muerte para la humanidad apartaron, reteniendo la vida en las propias manos. Tú, Gilgamesh, llena tu vientre, goza de día y de noche. Cada día celebra una fiesta regocijada, ¡día y noche danza tú y juega! Procura que tus vestidos sean flamantes, tu cabeza lava; báñate en agua. Atiende al pequeño que toma tu mano. ¡Que tu esposa se deleite en tu seno, pues ésa es la tarea de la humanidad!”

Por fin, tras un viaje acompañado por un barquero, llega con Ut-Napishtim, quien le relata cómo el dios Enlil quiso destruir a la humanidad mediante un diluvio, pero no lo consiguió, hecho que los demás dioses le reclaman. Aquí la idea de diluvio es más coherente que en relación con su contraparte bíblica, que pone a un mismo dios como sujeto castigador, sujeto que salva y sujeto que se arrepiente de haber llevado a cabo aquel exterminio.

Ut-Napishtim ayuda a que Gilgamesh salga de su reino y se lleve consigo una planta que “lo mantendrá joven”, pero en un descuido ésta es comida por una serpiente y Gilgamesh pierde su última oportunidad de convertirse en inmortal.

 

La inmortalidad conseguida

Sin embargo, el deseo de Gilgamesh perduró más allá de la desaparición de éste. Dos mil años después los escribas aún continuaban copiando fielmente aquella epopeya, para dejarla a resguardo en la biblioteca del rey Asurbanipal.

Tras la devastación de Nínive por parte de Nabopolasar aquella historia permaneció en silencio durante cerca de 2,600 años bajo la protección de las arenas del desierto, hasta que George Smith la exhumó y, con paciencia, dotó nuevamente de sentido a aquellos caracteres. De manera lamentable, este investigador moriría pocos años después, en su segunda visita a Nínive, de una disentería.

Hoy la búsqueda de inmortalidad de Gilgamesh parece haber encontrado por fin una subsistencia inimaginable para los antiguos. Cualquiera que la busque puede encontrarla disponible a unos clics de distancia. Aquellos caracteres cuneiformes son bits que fluyen en muchos idiomas por todo internet.

 


* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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