Nos encontramos en El Tajín, en el año 1080 d.C., durante la disputa de un juego de pelota. Pero no se trata sólo de un juego, sino en algo mucho más grande: el ritual por el que el Sol, venciendo a la Luna, dará lugar al amanecer. ¿Cómo fue? ¿Quiénes "jugaban"? ¿Cuál era el premio por vencer o el castigo por sufrir la derrota? Retrocedamos cerca de 1,000 años en el tiempo para revivir ese momento místico.

El prisionero maya comprendió de inmediato que ahí, en aquella lejana ciudad de El Tajín, estaba destinado a formar parte de la siempre impredecible ceremonia que hacía funcionar el cosmos: el milenario juego de pelota. Él mismo, en su Chichén Itzá, había visto realizarse también aquel rito que, con ayuda de las “serpientes rojas”, es decir, la sangre de los cautivos, ayudaba a los dioses a preservar el tiempo y la vida, el día y la noche, y el girar cronométrico de las estrellas; también allá se consumían los hongos y las flores amarillas de amapola que abrían en sus mentes las puertas de lo ultraterreno hacia el espacio que regían los gemelos Hunahpú y Xbalanqué: los hermanos que tras su sacrificio en un juego de pelota similar se habrían convertido en el Sol y la Luna.

Mientras caminaba entre la multitud que lo señalaba, comprobó que aunque los dos templos de la pelota de los “tajines” conservaban el mismo trazo en forma de I mayúscula, eran de menores proporciones que el de su ciudad natal. Se dio cuenta, con ello, que no porque el “estadio” tuviera la misma forma, sería el mismo juego.

  • No obstante las cientos de canchas de diverso tamaño halladas en toda Mesoamérica, e incluso en el norte, hay más dudas que certezas acerca del juego de pelota: se ignora si las reglas más conocidas, como tocar la pelota de hule sólo con hombro, cadera y rodillas, aplicaban para todo tipo de cancha u ocasión. Hasta el momento se han registrado siete tipos distintos de juego.
  • El edificio de juego de pelota de Chichén Itzá mide 168 por 70 metros, y el mayor de El Tajín, 60 por 10 metros.
  • Cantona, en el estado de Puebla, es el sitio con mayor número de canchas: 24.

 

Una emboscada

Aquel maya recordó que había partido con buenos augurios de Chichén Itzá, acompañado por 20 comerciantes. Como planeaban bordear la costa del Golfo hacia el poniente, se habían dirigido hacia el viejo puerto de Xcambó, en el norte de la península de Yucatán, que había conocido mejores épocas y que entonces comenzaba su lento ocaso. Una vez en el mar, tomaron rumbo a Xamanhá, que en aquel tiempo era una isla apenas habitada por una veintena de chozas (pasarían dos siglos antes de que allí se levantaran modestos edificios rituales, y otros dos siglos más antes de convertirse, durante la Colonia, en Ciudad del Carmen). Sin embargo, la inestabilidad fronteriza de la región había hecho que llegaran en mal momento y de ello no fueron conscientes sino hasta que habían caído en una emboscada de un grupo de guerreros tajines. Algunos de sus compañeros alcanzaron a huir, pero otros fueron sometidos por los cabellos, amarrados y embarcados casi de inmediato hacia El Tajín. El camino a través del impetuoso mar fue agotador. Cuando cruzaron frente a la desembocadura del enorme río Coatzacoalcos, sus captores soltaron grandes gritos que ellos no comprendieron, pero que decían en su lengua: “Allá en el fondo del río vivieron nuestros abuelos, los de las cabezas gigantes”. Después de todo, se dice que los primeros habitantes tajines habían sido una rama de los olmecas, quienes construyeron sus principales ciudades río arriba.

Avanzaron luego por la costa frente al enorme macizo volcánico de los Tuxtlas y, más tarde, recelosos de las nubes negras que surgían del horizonte, los guerreros tajines decidieron desembarcar en Cempoala y continuar el resto del camino a pie. Aquello fue terrible, y los prisioneros fenecieron de cansancio, sed y hambre en aquel trayecto de pantanos y ríos. De todos los que habían salido de Chichén Itzá, sólo unos pocos entraron vivos a la gran ciudad que dominaba, enorme, la Pirámide de los Nichos.

  • A pesar de carecer de restos de las barcas usadas tanto por los mayas como por los totonacos, los investigadores tienen la certeza de que el Golfo de México era recorrido por diferentes tipos de naves, tanto para pesca como para viajes más largos. Se asegura que los mayas, incluso, pudieron haber alcanzado la isla de Cuba.
  • La Pirámide de los Nichos es una de las estructuras más representativas de El Tajín. Tiene 365 nichos que simbolizan los días del año.

 

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El juego del Sol y la Luna

Les habían dado a los otros prisioneros rodilleras, hombreras, coderas y el “yugo”, ese cinturón de cuero que reforzaba su cintura contra los golpes de la pesada pelota. También les habían dado una promesa: “Si ganan serán dioses; si mueren, su alimento”. Parados frente a la cancha, escucharon un sonido agudo, penetrante, y voltearon hacia quienes con flautas y ocarinas de barro con forma de animales y personas llamaban a los dioses protectores de la música. Y entre danzas que jamás habían visto, donde revoloteaban los penachos de plumas de quetzal de los participantes, los jugadores de los dos equipos se enfrascaron en el duro juego.

Era de noche. Por lo tanto, a la pelota le había sido prendido fuego y el prisionero maya sentía su ardor cada vez que tenía que evitar que cayera al pasillo de la cancha. Él suponía que, debido a la lumbre, jugaba del lado de Xbalanqué, quien había terminado convirtiéndose en el Sol. Al cabo de un rato la llama se apagó y fue el turno de los jugadores tajines, quienes durante un buen rato porfiaron en hacer entrar la pelota, apagada como la Luna, por los aros. Tanto los de un bando como los del otro se sabían acompañados por los dioses, y en ellos depositaban su fe para evitar que sus contrincantes consiguieran su propósito. El juego no cesaría sino hasta que uno de los equipos consiguiera hacer pasar la pelota por el aro del “marcador” y con ello darle la victoria a su dios protector.

 

82 2017 Mayo El sacrificio

Un prisionero maya, agotado, pero con el orgullo intacto, buscó con mayor ímpetu el aro. La bola de hule rebotaba en los bordes, cada vez más cerca, hasta que finalmente, con un hábil movimiento de hombro, lo consiguió: la pelota traspasó el círculo y la gente, los músicos, los danzantes, todos detuvieron sus movimientos tras el hecho. En la cima de las pirámides desde donde se podía contemplar el juego, los sacerdotes comenzaron sus plegarias al dios de la serpiente emplumada. “Ganó el Sol, mañana amanecerá”, sentenció uno de ellos.

Entre varios hombres sujetaron al prisionero maya por las extremidades. Él supo que estaba a punto de dejar para siempre el reino de los vivos y alcanzar el de los dioses. Así se cumplía el buen augurio con el que había partido de su ciudad. Y los sacerdotes, con la precisa habilidad que otorga el conocimiento, liberaron de su cuerpo a las serpientes rojas, las serpientes de vida.

  • Uno de los bajorrelieves de Chichén Itzá, justo en el juego de pelota, muestra cómo del cuerpo descabezado de un sacrificado brotan seis serpientes, símbolo de la sangre que nutre la tierra. En otro, perteneciente a El Tajín, se observa al Dios de la Muerte descender del cielo para alimentarse con el aliento final de otra víctima.


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

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